¿Qué está pasando?
Esta es una oración de confianza y seguridad en Dios. David sabe que Dios lo protegerá (Salmo 16:1). Sabe que todo lo bueno en su vida ya ha venido de él, y confía en que también será así en el futuro (Salmo 16:2).
Por eso David se niega a presentar ofrendas a otros dioses (Salmo 16:4b). Advierte a su pueblo que todo el que vaya tras otros dioses solo aumentará su dolor (16:4a). Pero si permanecen fieles al SEÑOR, Dios los preservará en su tierra y velará por ellos (Salmo 16:6).
La confianza de David está puesta solo en el único Dios verdadero. Cuenta con Dios como un hijo cuenta con una herencia: Dios es su porción (Salmo 16:5). Dios mismo es el regalo y la herencia de David (Salmo 16:8). Dios instruye, guía y dirige a David en lo más profundo de su ser (Salmo 16:7). Esta realidad lo llena de alegría y se regocija con todo su ser (Salmo 16:9a).
Todo el cuerpo de David está en las manos de Dios (Salmo 16:9b). De manera asombrosa, dice que Dios no lo abandonará al Seol, el sepulcro (Salmo 16:10a). Dios lo salvará de la muerte y de la corrupción, y le revelará la senda de la vida (16:10b-11a). Cuando David confía solo en Dios, sabe que Dios mismo será su herencia. A la derecha de Dios encontrará plenitud de alegría y dicha eterna (16:11b).
¿Dónde está el evangelio?
Este salmo es muy importante por tres razones.
Primero, el Apóstol Pedro cita este salmo en su primer mensaje del evangelio (Hechos 2:25). Dios permitió que David viera proféticamente lo que le sucedería a uno de sus descendientes: Jesús (Hechos 2:30-31a). Jesús “no fue abandonado en el sepulcro ni su cuerpo sufrió corrupción” (Hechos 2:31b).
Jesús ahora está sentado a la derecha de Dios (Hechos 2:33a) y ha dado a todos los que creen en él una nueva herencia: a sí mismo en la persona del Espíritu Santo (Hechos 2:33b).
Y esa es la segunda razón por la que necesitamos este salmo. Nos promete que compartiremos la eternidad con Dios mismo (Apocalipsis 21:3). El Cielo no es simplemente un lugar, sino una experiencia de la presencia de Dios. Gracias a Jesús encontraremos plenitud de alegría y dicha eterna a la derecha de Dios. Cuando confiamos en Jesús, todo lo que Dios es llega a ser nuestro (Efesios 1:3).
Tercero y último, necesitamos oraciones de confianza y seguridad como esta. Cuando empieces a sentirte indefenso, o a preguntarte qué te dará la alegría, la dicha y la satisfacción definitivas, haz esta oración. Confía en que Jesús, el Hijo de David, ha sido rescatado del sepulcro, se te ha dado a sí mismo en el Espíritu Santo, y volverá para llevarte consigo.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios cuya presencia es la mayor alegría y dicha que podríamos heredar jamás. Y que veas a Jesús como aquel que venció el sepulcro para darnos el mayor regalo de todos: su propia persona.

