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devocional

Salmo 61

Déjame habitar con Dios para siempre

En el Salmo 61 vemos que Jesús es el rey que Dios le prometió a David. Al reinar en el trono de David, nos da acceso eterno a Dios.

¿Qué está pasando?

David está a punto de desfallecer. Se encuentra lejos del templo de Dios en Jerusalén y le pide a Dios que lo lleve a una roca alta que lo eleve más cerca de Dios (Salmo 61:1-2). Confía en que Dios vendrá a rescatarlo, porque Dios ha sido un refugio en el pasado. Dios fue como una fortaleza para él frente a sus enemigos. Se escondió en Dios como en una torre fuerte ante los ejércitos que avanzaban (Salmo 61:3). David anhela habitar con Dios para siempre (Salmo 61:4). David quiere estar cubierto por el amor de Dios. Como un polluelo bajo las alas de su madre, ora para que Dios sea todo lo que pueda ver, oír y sentir (Salmo 61:4). 

David jura permanecer cerca de la presencia de Dios con la esperanza de recibir lo que Dios le ha jurado (Salmo 61:5). Dios prometió que un hijo de David reinaría eternamente en Jerusalén (2 Samuel 7:16). Parece que David entiende que, mientras un hijo de David esté sentado en el trono, la presencia de Dios seguirá habitando en la tierra y estará cerca de todo el pueblo de Dios (Salmo 61:6). Por eso David espera desesperadamente el día en que su hijo, el Rey eterno de Dios, reine en amor y fidelidad (Salmo 61:7). 

¿Dónde está el evangelio?

A pesar de la oración de David, ninguno de sus hijos pudo vivir lo suficiente ni lo bastante bien como para asegurar la presencia de Dios para su pueblo. No lograron mantener unido su reino, y al final el pueblo de Dios quedó esparcido entre naciones extranjeras, lejos de la presencia de Dios. Sin un rey que gobernara y con el trono de David vacío, la cercanía con Dios no era posible. Pero Dios no olvidó su promesa a David. Envió a un rey que llevaría a todas las personas a la roca alta de su presencia y reinaría sobre ellas en amor para siempre. Ese rey es Jesús.

Jesús es el descendiente que hoy ocupa el trono de David, cuyos días nunca terminan y cuyo reinado es eterno (Apocalipsis 11:15). Jesús es el Rey que nos da acceso eterno a Dios. Como una roca que levanta a su pueblo y lo acerca a Dios, el reinado de Jesús afirma al pueblo de Dios en la presencia de Dios (1 Pedro 2:4, 9).

Mientras vivió, Jesús anheló reunir al pueblo de Dios bajo sus alas, donde pudieran disfrutar por sí mismos de la cercanía de Dios (Mateo 23:37). Así como David anhelaba estar cerca de Dios, Dios también anhela estar cerca de su pueblo. Y porque Jesús está entronizado para siempre, Dios nunca más se separará de su pueblo (Mateo 28:20). Si te sientes lejos de Dios y con el corazón desfallecido como David, ven a Jesús. Él es la roca que te levanta. Él es el Rey que acerca la presencia de Dios. Y tú eres ahora el templo en el que él anhela vivir para siempre.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que levanta a su pueblo hacia sí mismo. Y que puedas ver a Jesús como la roca y el Rey eterno que trae la presencia de Dios para habitar en nosotros.

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