¿Qué está pasando?
El pueblo de Dios está reconstruyendo su templo 70 años después de que fue destruido. Pero, por la presión externa y también por la falta de compromiso interno, el pueblo de Dios se detuvo después de construir solamente un altar (Hageo 1:2). En cambio, dieron prioridad a construir casas lujosas para ellos mismos (Hageo 1:4). Pensaban que la mejor manera de reconstruir su nación era atender primero sus necesidades inmediatas antes que reconstruir el templo de Dios.
Pero el profeta Hageo les dice que evalúen con honestidad la calidad de vida que tienen en su nación. Les señala que trabajan mucho y ganan poco. Siembran muchas semillas, pero comen poco fruto. Comen a diario, pero cada vez quedan menos satisfechos. Beben, pero nunca quedan saciados; se visten, pero nunca están abrigados (Hageo 1:5-6). Lejos de conservar su vida, el pueblo de Dios se hunde bajo el peso de rendimientos que no dejan de disminuir.
Hageo dice que esto ocurre porque no han reconstruido el templo (Hageo 1:9). El templo era el símbolo del tratado del pacto que habían firmado con Dios. Dios prometió que su presencia estaría en su templo si el pueblo de Dios obedecía sus leyes. Y desde su presencia en el templo fluirían vida, abundancia, grano, vino y fertilidad en su tierra (Deuteronomio 28:1-14). Pero negarse a obedecer las leyes de Dios significaba el retiro de la presencia de Dios que da vida (Deuteronomio 28:15-24). El punto de Hageo es claro: la tierra está en ruinas porque el templo está en ruinas (Hageo 1:10-11).
Al darse cuenta de su error, el pueblo escucha las palabras de Hageo y confía en que el Señor proveerá para sus necesidades (Hageo 1:12). Después de ese momento de fe, pero antes de que comiencen a reconstruir, Hageo dice que la presencia de Dios que da vida está con ellos una vez más (Hageo 1:13). Entonces el Espíritu de Dios los capacita con las habilidades necesarias cuando empiezan a reconstruir apenas unos días después (Hageo 1:14-15).
Pero, al cabo de un mes, el avance parece insignificante y el pueblo se desanima. Este nuevo templo no es tan hermoso como el que fue destruido tantos años atrás (Hageo 2:3). Pero Dios dice que sigan trabajando, porque él está con ellos (Hageo 2:4). Toda la plata y todo el oro del mundo son suyos. Y pronto hará que toda la riqueza que fue destruida o robada del templo sea devuelta (Hageo 2:7-8). El pueblo de Dios no necesita desanimarse. La presencia de Dios que da vida está con ellos. Y Dios se encargará de que el templo que están construyendo sea más glorioso que cualquier otro anterior (Hageo 2:9).
¿Dónde está el evangelio?
Poco después de esta profecía, el oro y la plata robados del templo fueron devueltos (Esdras 6:4-12). Y en los días de Jesús, el rey Herodes añadió aún más oro y hermosura al templo, y podría decirse que lo hizo más bello que su predecesor. Pero reconstruir el templo no mejoró la calidad de vida del pueblo de Dios. La presencia prometida de Dios que da vida todavía no había llegado.
Llegó cuando Jesús nació. Jesús era la presencia de Dios entre su pueblo (Juan 1:14). Y los beneficios del pacto que dan vida lo seguían a dondequiera que iba. Mejor que cualquier templo construido con piedra, Jesús era el templo vivo de Dios que se acercaba a su pueblo (Juan 2:19-21).
Pero, así como las piedras pueden convertirse en escombros, los cuerpos pueden morir. Pero, para demostrar que la muerte no significaría separación de la presencia de Dios que da vida, Jesús murió. Permitió que su templo quedara en ruinas por un tiempo (Mateo 12:40). Pero luego Dios lo levantó de entre los muertos. Jesús es un templo que no puede ser destruido, lo cual significa que la presencia de Dios que da vida no puede ser arrebatada.
Aun si no logramos obedecer la ley de Dios, eso no significa que Dios quitará de nosotros su presencia que da vida. Si Jesús es nuestro templo, y si Dios es quien lo reconstruyó de su tumba, no podemos perder su presencia por nuestros fracasos. Tal como Dios prometió estar con su pueblo antes de que comenzaran a reconstruir, Dios promete estar con nosotros sobre la base de nuestra confianza solo en él. Dios no necesita que trabajemos para él. Él está dispuesto a darnos gratuitamente su presencia que da vida y todo lo que necesitamos (Hechos 17:24-25).
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios cuya presencia está llena de vida. Y que puedas ver a Jesús como aquel que es nuestro templo.

