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devocional

Isaías 24-27

El juicio del Rey

En Isaías 24-27 vemos que Jesús tomó sobre sí nuestro juicio para purificar a su pueblo y restaurarlo a su propósito.

¿Qué está pasando?

Isaías profetiza que Dios, como un rey imparcial, juzgará a toda la humanidad. Sean esclavos o amos, compradores o comerciantes, prestamistas o deudores, cada uno será juzgado por las leyes de su Reino eterno, y él eliminará el mal del mundo (Isaías 24:2-3). Al examinarlos, Dios descubre que los seres humanos han quebrantado sus leyes, han contaminado la tierra y se han violentado unos a otros (Isaías 24:5). Así que Dios sentencia a la humanidad y la entrega al mal y a la desolación que ella misma ha desatado sobre la tierra, hasta que solo quedan unos pocos sobrevivientes (Isaías 24:1, 3-6). En una visión, Isaías ve este juicio como una gran sequía que marchita todos los viñedos de la tierra. Sin vino que les alegre el ánimo, el mundo queda sin canciones y ahogado en tristeza (Isaías 24:7-9). Estallan disturbios en las ciudades y, en medio del caos, todo queda reducido a cenizas (Isaías 24:10-13). Algunos intentan escapar, pero los que huyen de la ciudad mueren de hambre en el desierto que ellos mismos contaminaron (Isaías 24:17-20). Bajo el gobierno imparcial de Dios, los seres humanos son entregados a su propio mal y poco a poco se destruyen a sí mismos (Isaías 24:21-23).

Sin embargo, la destrucción no es el propósito del juicio de Dios. Por eso, en la visión de Isaías, desde los escombros de los imperios soberbios, los que han confiado en Dios y han obedecido sus leyes comienzan a cantar (Isaías 24:14-16). Ahora que el mal ha sido purificado del mundo, ellos pueden heredar la tierra. Mediante su juicio real, Dios ha humillado a los imperios opresores, ha desarmado a los caudillos violentos y ha creado un mundo seguro para los pobres, los necesitados y los despojados (Isaías 25:1-5, 10-12; 26:5-6). Después de años de sequía y disturbios, Dios puede bendecir a su pueblo y ofrecer un banquete milagroso de manjares suculentos y vinos deliciosos en su nuevo Reino (Isaías 25:6). En el Reino de Dios ya no hay más lágrimas. En el Reino de Dios, la muerte es devorada por la vida. En el Reino de Dios no queda mal alguno por juzgar, y toda culpa no es más que un recuerdo que se desvanece (Isaías 25:6-9). El Reino de Dios es tan seguro que todas las puertas fortificadas quedan abiertas de par en par. Y los inocentes dispersos por todo el mundo dejan atrás sus antiguos países y juran lealtad al Dios de Israel (Isaías 26:1-9).

Sin embargo, Isaías sabe que este Reino todavía no ha llegado, y que su patria está llena de maldad y necesita purificación. Así que Isaías le ruega a Dios que salve pronto a los pocos fieles, quitando de en medio a los líderes de Judá y purificando su mal desde dentro de Judá cuanto antes (Isaías 26:10-15). Como una mujer embarazada que da a luz un niño muerto, el pueblo de Dios grita y se retuerce buscando liberación, pero sus esfuerzos solo producen muerte (Isaías 26:16-18). Judá no puede salvarse a sí misma. Sin embargo, Isaías sabe que Dios, su Rey eterno, puede resucitar a los muertos (Isaías 26:19-27:1). Dios quiere purificar el mal de Judá mediante el juicio y el exilio, y luego entregar la tierra a quienes lo obedezcan y confíen en él (Isaías 27:2-6). Pero Isaías también sabe que, para que la culpa y el mal de Judá sean quitados, Judá quedará prácticamente destruida (Isaías 27:7-8). Sin embargo, los que confíen en su Dios y esperen con paciencia la resurrección de su muerte nacional heredarán el Reino eterno de Dios (Isaías 27:9-13).

¿Dónde está el evangelio?

Dios sigue siendo un Rey imparcial, y la humanidad no ha cambiado mucho. Desde que Isaías escribió su profecía, la humanidad ha seguido quebrantando las leyes del Reino eterno de Dios, contaminando la tierra y violentándose unos a otros. Isaías nos ha advertido que la justicia viene. Dios ha sentenciado a la humanidad y nos ha entregado al mal y a la desolación que hemos desatado sobre la tierra (Romanos 1:24-32). Pon las noticias y podrás ver los disturbios. Ningún mal ni orgullo escapará de la justicia perfecta de Dios. No podemos salvarnos a nosotros mismos. Nuestra única esperanza en un mundo lleno de maldad es confiar en que Dios es el Rey que puede purificar el mal de nuestro mundo, levantar a su pueblo de las ruinas y llevarlo a su Reino eterno.

Por eso Dios nos envió a Jesús. Jesús vino a purificar el mundo, a levantar a su pueblo y a llevarnos al Reino de Dios. Cuando los líderes impíos de Judá fueron llevados al exilio, se llevaron consigo el mal de Judá y purificaron al pueblo de Dios. De la misma manera, cuando el Rey Jesús fue llevado fuera de su capital, Jerusalén, y lo mataron, se llevó el mal de su pueblo. Purificó a sus ciudadanos (1 Pedro 2:24). Isaías también profetizó que, desde las ruinas de la Judá malvada, Dios resucitaría a su nación a favor de los fieles. Así que Dios resucitó de entre los muertos a Jesús, el fiel. Ahora todos los que confían en él y lo obedecen fielmente pueden ser unidos a su vida de resurrección y entrar en el Reino eterno que él está edificando (Gálatas 2:20). Y en este mismo momento, Jesús está preparando un gran banquete eterno para su pueblo (Apocalipsis 19:6-9). El Reino que devora la muerte y concede vida eterna ya ha llegado (1 Corintios 15:54-55). ¡Así que confía en él! Jesús te ha purificado, te resucitará y hay un banquete esperándote.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que destruirá la muerte. Y que puedas ver a Jesús como aquel que ha asegurado nuestra resurrección. 

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