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devocional

Isaías 54-55

La invitación

En Isaías 54-55 vemos que Jesús trae vida a los estériles e invita a todos los que tienen sed a beber gratuitamente del agua de vida.

¿Qué está pasando?

Israel debía llenar el mundo de justicia y de luz, trayendo el reino de Dios a la tierra como el jardín del Edén. Pero, en cambio, el pecado de Israel trajo esterilidad, exilio y vergüenza. Ahora Isaías le habla a Israel como a una mujer estéril; una esposa que no ha dado la vida que estaba destinada a dar a luz (Isaías 54:1). Pero Dios, su esposo, le dice que cante de alegría porque tendrá más hijos de los que jamás imaginó. La familia que ella dará a luz no estará limitada por sus fracasos pasados ni por sus antiguas fronteras. Se extenderán con fuerza, difundiendo la justicia y la bondad de Dios por toda la tierra (Isaías 54:2-3).

Los hijos de Israel llevarán la imagen de Dios por todo el mundo porque Dios es su esposo (Isaías 54:5). Él es el Dios de toda la tierra, y su amor es más fuerte que los fracasos de ella (Isaías 54:6). Su disciplina en el exilio fue breve, pero su compasión es eterna (Isaías 54:6-8). Así como una vez limpió el mundo con un diluvio y luego juró no destruirlo nunca más, así ahora promete no abandonar jamás a su pueblo (Isaías 54:9-10). Así como Dios le prometió protección a Noé después del diluvio, así también su pueblo estará eternamente seguro (Isaías 54:11-17).

Israel está recibiendo una gracia que no merece. Aunque es estéril, dará vida. Y ahora Dios dice que, aunque está en la ruina, recibirá un banquete. Como en el jardín del Edén, Israel es invitada a una tierra fértil llena de una cosecha que no tiene que comprar (Isaías 55:1-2). Dios mismo los introducirá en este nuevo reino-jardín. Y esto es así porque Dios ya les ha prometido este reino. Antes del exilio, prometió que un hijo de David, su rey escogido, llevaría a su pueblo a este reino eterno (Isaías 55:3; 2 Samuel 7:16). Incluso en el exilio, esa promesa sigue en pie. Pueden volver sin precio ni condiciones, simplemente porque Dios lo prometió.

Semejante misericordia sin condiciones parece imposible que algún rey o dios se la conceda a un pueblo tan rebelde. Pero Dios no es como nosotros ni como cualquier otro líder (Isaías 55:8-9). Su gracia no encaja en las categorías humanas de equidad. No podemos ganarnos su generosidad, como tampoco la tierra puede ganarse la lluvia que le da vida. Pero Dios la derrama porque él es bueno (Isaías 55:10-11). Dios creará un pueblo floreciente que llenará y bendecirá toda la tierra como el jardín del Edén (Isaías 55:12-13).

¿Dónde está el evangelio?

Jesús es el Esposo que restaura a su novia. 

Cuando Jesús vino, se llamó a sí mismo el novio (Marcos 2:19). Igual que Dios con Israel, Jesús buscó al marginado, al enfermo y al pecador. Vino a los que no podían producir vida en el mundo por sí mismos. Estos son los que Jesús invita a venir a él. Por su unión con Jesús mediante el Espíritu Santo, él daría a luz vida a través de las personas más estériles de la tierra (Juan 15:5; Romanos 8:11). De esta manera, Jesús está formando una nueva familia: una que abarca toda la tierra, llena de hijos que llevan su imagen y traen su reino a las naciones (Romanos 8:14-17).

Jesús no solo trae vida a los moralmente estériles, sino que trae su riqueza a los pobres en espíritu (Mateo 5:3). Invita a quienes no tienen riqueza ni mérito propio a venir y sentarse para siempre al banquete de la mesa real de su reino. Escuchamos esta invitación en la última página de la Biblia. En Apocalipsis, Jesús está al final de la historia y repite la invitación de Dios en Isaías: «¡Ven! El que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de vida» (Apocalipsis 22:17). Este es el reino-jardín eterno para el cual fuimos hechos. Jesús ha preparado un banquete que nadie puede pagar y, aun así, lo ofrece gratuitamente. 

El amor de Jesús rompe todas las categorías de la equidad humana. Podemos mirar el sufrimiento de nuestro mundo y las dificultades de nuestra vida y pensar que la esterilidad y la pobreza durarán para siempre. Incluso podemos pensar que nuestro pasado es tan malvado que el juicio de Dios sobre él nunca terminará. Pero, como el diluvio de Noé y el exilio de Israel, el castigo es breve. Lo que dura para siempre es la bondad y la misericordia de Dios. No merecemos ser fecundos ni participar del banquete. Pero esa fue la invitación y la promesa de Dios en el jardín. Y él nos invita a entrar en ella porque sus caminos no son nuestros caminos (Romanos 11:33). 

Jesús ha hecho todo para asegurar nuestro lugar en su familia. No tenemos que ganarnos su amor ni comprar nuestra entrada a su reino. Solo tenemos que venir.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios cuyo amor dura mucho más que su ira. Y que veas a Jesús como el Siervo que convierte la esterilidad en fecundidad e invita a todos los que tienen sed a beber gratuitamente del agua de vida.

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