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devocional

Isaías 56-57

La esperanza del excluido

En Isaías 56-57 vemos que Jesús mismo se convirtió en un excluido para llevar a los excluidos a la familia eterna de Dios.

¿Qué está pasando?

El profeta Isaías le dice a Israel que el corazón de Dios siempre se extiende hacia el excluido. Allá en los comienzos de Israel, cuando era la nación más pequeña y menos calificada, Dios la llevó a una tierra donde podía acercarse a él en su templo (Deuteronomio 12:4-7). Al atraer a esta nación tan improbable, Dios llevaría a todas las naciones hacia sí mismo. Pero Israel se rebeló y se apartó de Dios. En lugar de llevar a las naciones al templo de Dios, Israel abrazó los ídolos de las naciones. Así que Dios desterró a Israel entre las naciones que debía atraer. Isaías les recuerda a su pueblo, ahora excluido, que el corazón de Dios por los excluidos no ha cambiado (Isaías 56:1). En su amor, él busca a los extranjeros, a los eunucos, a los que mueren en el destierro e incluso al rebelde Israel para llevarlos hacia sí.

Primero, Isaías dice que Dios recibirá a los que parecen los más excluidos y menos calificados. Los extranjeros y los eunucos, que estaban excluidos de la adoración y de la vida de la comunidad, serían recibidos. Isaías dice que los extranjeros que obedezcan a Dios adorarán junto a los nativos del país en el templo de Dios (Isaías 56:3, 6-7). De igual manera, los eunucos que amen a Dios recibirán un nombre mejor que el de hijos o hijas. Aunque no puedan transmitir su nombre a sus hijos, Dios les dará un nombre eterno (Isaías 56:3-5). 

Es más, el corazón de Dios que ama a los excluidos alcanza incluso a los que son expulsados por la muerte misma. Aunque los extranjeros y los eunucos eran marginados en vida, nadie estaba más excluido que los muertos sepultados. Pero Dios usa la muerte en el destierro para proteger del mal venidero a los que le son fieles. Su muerte no es que Dios los expulse para siempre, sino que Dios recuesta a sus amados en un lecho de paz (Isaías 57:1-2). Ni siquiera la muerte puede separar a Dios de los excluidos que él ama. 

Por último, Isaías muestra que Israel misma es una excluida. Muestra cómo su rebelión la ha descalificado de la presencia de Dios (Isaías 56:9-12). Mientras los extranjeros se volvían a Dios dejando atrás a sus dioses, Israel rechazó a Dios y abrazó los ídolos (Isaías 57:8). No adoraron a Dios en su templo, sino que adoraron a dioses extranjeros en altares extranjeros (Isaías 57:4-6). Mientras los eunucos admitían con humildad que eran como árboles estériles, incapaces de dar fruto, los israelitas sacrificaban su fruto —sus propios hijos— a dioses falsos (Isaías 57:5). Por estos pecados atroces Dios ha enviado a Israel al destierro. Los excluidos han entrado, y los nativos han sido expulsados (Isaías 57:11-12). 

Pero ni el rebelde Israel queda fuera del alcance del corazón de Dios que ama a los excluidos. Isaías muestra que Dios busca a su pueblo descalificado incluso en el destierro. A pesar de su maldad y su rebelión, él promete sanarlos y restaurarlos (Isaías 57:13-14, 18-19). Para que Israel regrese, deben venir como excluidos. Deben venir como extranjeros, humillarse como los eunucos y poner su vida en las manos de Dios como los fieles (Isaías 57:15-16). Porque el Dios cuyo amor llega hasta la tumba más lejana podrá traer de vuelta a casa incluso a los que se han rebelado contra él.

¿Dónde está el evangelio?

Jesús es la máxima expresión del corazón de Dios que ama a los excluidos. Durante su ministerio terrenal, no solo vivió entre los excluidos: los buscó. Sanó a los enfermos, expulsó demonios y comió con recaudadores de impuestos y pecadores (Lucas 4:40-41; 5:30-32). Así como Isaías profetizó que Dios reuniría a los excluidos, Jesús recibió a aquellos que pensaban que no tenían lugar en la familia de Dios.

Jesús también confrontó a los que habían convertido la casa de Dios en un lugar de exclusión en vez de acogida. Cuando entró en el templo, expulsó a los que mantenían a los marginados a distancia. Y citando a Isaías, reveló su misión de restaurar el templo a su verdadero propósito: ser un lugar donde los extranjeros fueran recibidos por Dios (Marcos 11:17). E inmediatamente los ciegos, los cojos y los niños vinieron a él en el templo, haciendo del templo una casa llena de la adoración de aquellos que antes habían sido excluidos (Mateo 21:14-16).

Pero el amor de Jesús no se detuvo en recibir al excluido; él mismo se convirtió en el excluido por excelencia. Traicionado, acusado falsamente y abandonado por sus amigos, Jesús fue condenado como criminal, expulsado de la ciudad y crucificado en un árbol estéril (Marcos 14:44-50, 64; 15:22-24). Como los fieles muertos que Isaías describió, Jesús fue puesto en un sepulcro, aparentemente olvidado (Marcos 15:47). Pero ni en la muerte fue abandonado. Así como Isaías profetizó que Dios prometía levantar al excluido de la muerte, Jesús resucitó del sepulcro (Lucas 24:6-7, 26). Su resurrección venció el pecado, la muerte y toda barrera que separaba a la humanidad de Dios.

Jesús ofrece vida nueva, un nombre nuevo y un lugar permanente en la familia de Dios a todos los que han sido expulsados. Su amor se extiende por todo el mundo para levantar a los humildes y acercar al excluido (Efesios 2:13-14). No importa cuán lejos de Dios nos sintamos, su amor siempre se extiende hacia nosotros. Así que ven a Jesús como un excluido. Ven a aquel que te recibe cuando eres humilde, pequeño y necesitado (Santiago 4:9-10).

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que busca con amor al excluido. Y que puedas ver a Jesús como aquel que lleva a la gente humilde y excluida a la familia eterna de Dios.

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