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devocional

Salmo 41

¡Ten compasión de mí, oh SEÑOR!

En el Salmo 41 vemos que, si somos traicionados, débiles, enfermos o pecadores, somos precisamente el tipo de personas que Dios se deleita en salvar.

¿Qué está pasando?

El libro de los Salmos está dividido en cinco libros más pequeños, y este salmo es el último del primero de ellos. El Salmo 41 comienza con la misma palabra que el Salmo 1: Dichoso. De hecho, cuatro de los cinco salmos que concluyen cada libro del Salterio hablan de ser «dichoso».

Estos detalles que los conectan nos dicen, como lectores, que los Salmos en su conjunto —y no solo como poemas individuales— tienen algo que enseñarnos sobre una vida bendecida por Dios. Hay plenitud, paz y estabilidad para todo aquel que ama hacer lo que Dios ha mandado (Salmo 1:1-2).

El Salmo 41 señala que la vida dichosa no se alcanza al margen del cuidado por los débiles (Salmo 41:1). Pero, tal como están las cosas, David no se siente dichoso. Está postrado por la enfermedad y rodeado de enemigos que solo esperan que muera (Salmo 41:3, 5). En este salmo, David es el débil que necesita la bendición y la sanidad de Dios. 

David también dice que ha pecado (Salmo 41:4). La vida de David confirma lo que enseña el Salmo 1. A medida que David se aparta de la Palabra y de los mandamientos de Dios, se marchita, y sus enemigos amenazan con llevárselo como el viento para que nunca vuelva (Salmo 1:4; 41:8). David teme que un amigo cercano —alguien con quien ha compartido el pan— le dé el golpe final (Salmo 41:9).

Pero David sabe que recibirá más ayuda del Dios a quien le hizo mal que del amigo a quien alimentó (Salmo 41:10). David sabe que, aunque Dios lo esté disciplinando ahora, todavía lo ama. Después de todo, ¡su enemigo aún no ha triunfado (Salmo 41:11)! David ha pecado, pero como todavía honra al SEÑOR, confía en que Dios lo hará florecer de nuevo en su presencia (Salmo 41:12).

La liberación que David anticipa lo lleva a prorrumpir en alabanza y a cerrar el primer libro de los Salmos con estas palabras: «Bendito sea el SEÑOR, el Dios de Israel, desde siempre y para siempre. Amén y amén» (Salmo 41:13).

¿Dónde está el evangelio?

Uno de los discursos más conocidos de Jesús es el Sermón del Monte. En él describe a las personas que serán dichosas y experimentarán el Reino edénico de Dios (Mateo 5:3). Es la versión de Jesús del Salmo 1, pues describe cómo es estar plantado junto al río de la Palabra de Dios. Los que tienen hambre de bondad y de justicia, los que aman la misericordia y trabajan por la paz, quedarán satisfechos cuando vean a Dios y hereden un mundo en paz (Mateo 5:6, 9). 

Pero estas personas no son reyes con poder; se parecen más a David en su lecho de muerte. Son pobres en espíritu, están de luto, son débiles y están rodeadas de enemigos (Mateo 5:5). Igual que en el Salmo 41, Jesús dice que la victoria no les pertenece a los fuertes, sino a los débiles que confían en Dios. 

Jesús demuestra que su propia enseñanza es verdadera. La noche en que es arrestado, Jesús cita el Salmo 41 al compartir un último trozo de pan con su amigo cercano Judas, quien después lo traiciona (Salmo 41:9; Juan 13:18).  Y, de manera semejante a David, Jesús sufre a causa del pecado, aunque no del suyo propio. El profeta Isaías dice que el sufrimiento de Jesús fue por nuestros pecados y que sus llagas fueron por nuestras enfermedades (Isaías 53:5). Solo cuando Jesús murió bajo el peso de nuestro pecado y nuestra enfermedad, resucitó de entre los muertos. Como David esperaba, la integridad de Jesús significa que ahora vive para siempre en la presencia de Dios (Salmo 41:12). La muerte y la resurrección de Jesús confirman lo que enseña su Sermón del Monte: la victoria les pertenece a los débiles que confían en Dios.

Y lo mismo es cierto para nosotros. Si somos traicionados, débiles, enfermos o pecadores, somos precisamente el tipo de personas que Dios se deleita en salvar. Cuando confiamos en Dios y en sus palabras, dejamos de marchitarnos. Jesús nos planta en su presencia como un buen jardinero planta un árbol junto a ríos de agua (Salmo 1:3).

Todo el que ama a Jesús y hace lo que él manda prosperará. Hay plenitud, paz y estabilidad para todo aquel que ama a Jesús y sigue sus mandamientos (Salmo 1:1-2). Tal como Jesús les promete a sus discípulos, su presencia estará con nosotros siempre, incluso hasta el fin (Mateo 28:20). 

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que rescata a los débiles. Y que veas a Jesús como aquel que se hace débil para que nosotros seamos dichosos.

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