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devocional

1 Crónicas 18-20

Victoria por medio de Dios

En 1 Crónicas 18-20 vemos que Jesús ha derrotado a nuestros enemigos más antiguos —Satanás, el pecado y la muerte—, no ganando una guerra en un campo de batalla, sino muriendo y resucitando de entre los muertos.

¿Qué está pasando?

Dios acaba de prometerle a David que estará con él mientras somete a todos los enemigos de Israel, y que le concederá a Israel paz de todos sus opresores (1 Crónicas 17:8-12). Y ahora Dios cumple sus promesas. David gana varias batallas estratégicas contra los enemigos más antiguos de Israel: Filistea, Moab, Aram y Edom (1 Crónicas 18:1-8). En cada una de estas victorias, David obtiene enormes cantidades de tributo y botín. David lo dona todo al fondo para la construcción del templo (1 Crónicas 18:6-13). A medida que se difunde la noticia de las conquistas de David, reyes comienzan a jurarle lealtad sin siquiera haber ido a la guerra contra él (1 Crónicas 18:9-10). Con Dios a su lado, David da paz a su pueblo, hace justicia en su favor y nombra a varios altos funcionarios del Estado para gobernar junto a él (1 Crónicas 18:14-17). 

Incluso cuando David es atacado por sorpresa por lo que parece ser un mal espiritual, Dios mantiene su promesa de victoria. Muere un antiguo aliado, cuyo nombre resulta siniestro: “Serpiente”. En señal de condolencia, David envía una caravana de regalos a la nación en duelo, pero el hijo de la Serpiente malinterpreta el gesto y acusa a David de espionaje (1 Crónicas 19:1-4). Como represalia, humilla a los enviados de David y luego se alía con la nación de Aram para borrar a David del mapa (1 Crónicas 19:6-7). Sin otra alternativa, David envía a sus generales Joab y Abisay a enfrentarlos en batalla. De inmediato quedan rodeados. Pero con la ayuda de Dios, Israel destroza la alianza de sus enemigos y hace retroceder a las fuerzas de la coalición (1 Crónicas 19:8-19). A la primavera siguiente, David derrota a las fuerzas restantes del hijo de la Serpiente, se pone la corona de este sobre su propia cabeza y regresa victorioso a Jerusalén (1 Crónicas 20:1-3). 

Dios también cumple su promesa de conceder victoria y paz cuando David pelea contra los filisteos. A lo largo de las Escrituras, los filisteos fueron la prueba decisiva para medir la idoneidad de los reyes de Israel. Fue frente al guerrero filisteo Goliat que David demostró que era el rey escogido por Dios (1 Samuel 16-17). Y los filisteos también dejaron al descubierto la indignidad del primer rey de Israel, Saúl (1 Crónicas 10:1-14). Pero Dios está con David y él consigue la victoria sobre estos enemigos; uno de los soldados de David incluso derrota en batalla al hermano de Goliat (1 Crónicas 20:4-8). Fiel a su promesa, Dios está con David y él somete a todos los enemigos de Israel. 

¿Dónde está el evangelio?

Ya en el jardín del Edén, Dios le prometió a Eva que uno de sus hijos aplastaría a la Serpiente. Y estas historias de victoria en Crónicas nos muestran a David, hijo de Eva, aplastando al hijo de un hombre llamado Serpiente. Esta victoria es simbólica. Dios no solo está cumpliendo las promesas que le hizo a David; también está comenzando a cumplir sus promesas más antiguas a toda la humanidad. La victoria de David establece un patrón. Pronto, otro de los hijos de Eva ocupará el trono como el rey definitivo del mundo y aplastará a la Serpiente, no de manera simbólica, sino plena y definitiva.

Ese rey es Jesús, el hijo de David. Tal como Dios le prometió a su antepasado David, Jesús vino a someter a todos nuestros enemigos y a poner en libertad a los oprimidos (Mateo 3:2; Juan 18:36; Lucas 4:18-19). Como su padre, Jesús salió a la batalla contra nuestros enemigos más antiguos —los enemigos que son Satanás, el pecado y la muerte— y los derrotó a todos; no ganando una guerra en un campo de batalla, sino muriendo y resucitando de entre los muertos (Colosenses 2:15; 1 Corintios 15:26). No hay gobierno, ni castigo, ni fuerza espiritual que pueda dañar al Rey Jesús ni matar definitivamente a sus ciudadanos. Jesús, el hijo de David, cumple todas las promesas de Dios de derrotar a nuestros enemigos y darnos paz de nuestros opresores para siempre. 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que promete la victoria. Y que veas a Jesús como el vencedor eterno sobre nuestros enemigos más poderosos: la muerte, el pecado y la Serpiente. 

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