¿Qué está pasando?
El siguiente rey de Judá, Manasés, sube al trono, pero es un hombre orgulloso cuyo liderazgo condena a Judá a un exilio inevitable. Manasés rechaza tanto a Dios como sus mandamientos. Dentro del templo de Dios fabrica ídolos y sacrifica niños al dios Baal, a la diosa Aserá y al sol, la luna y las estrellas. Reemplaza a los sacerdotes de Dios con médiums y nigromantes (2 Crónicas 33:1-9). En respuesta, Dios envía al ejército asirio para arrancar a Manasés de su trono y encarcelarlo en Babilonia (2 Crónicas 33:10-11). Pero, mientras está en la prisión de Babilonia, Manasés se humilla y se arrepiente de todo su orgullo e idolatría. Misericordiosamente, Dios pone fin a su exilio y lo envía de regreso a su tierra. Restaurado al poder, Manasés derriba los santuarios y los ídolos que había construido en Jerusalén y adora a Dios hasta el día de su muerte, cuando entrega el trono a su hijo Amón (2 Crónicas 33:12-20).
Amón debió haber aprendido la lección de la vida de su padre: Judá será llevada al exilio y su única esperanza es echarse en los brazos de la misericordia de Dios. Pero él adora los ídolos asirios que hizo su padre y se niega a humillarse. Después de solo dos años en el poder, es asesinado y su hijo Josías, de ocho años, es hecho rey (2 Crónicas 33:21-24).
Josías confía humildemente solo en Dios. Destruye todos los ídolos y santuarios de Judá e Israel (2 Crónicas 34:1-7). Reemplaza a los médiums con los sacerdotes de Dios y ordena la restauración del templo de Dios (2 Crónicas 34:8-13). Mientras tanto, se descubre una copia perdida durante mucho tiempo de la ley de Dios y se le lee a Josías. Cuando Josías la escucha, queda desconsolado. A pesar de sus reformas, Judá ha desobedecido todos los mandamientos de Dios y no puede escapar del exilio que viene (2 Crónicas 34:14-21). La profetisa Huldá confirma los temores de Josías. Aunque Josías personalmente será librado, Judá queda condenada (2 Crónicas 34:22-28). Pero, aun cuando el exilio es inevitable, Josías reúne a sus ciudadanos y llama a todo Judá a comprometerse de nuevo con Dios y con sus leyes (2 Crónicas 34:29-33).
Para conmemorar esta nueva consagración a las leyes de Dios, Judá celebra la Pascua. Es la fiesta que define al pueblo de Dios. Fue después de la primera Pascua que Israel se convirtió en el Reino de Dios y aceptó sus leyes. Con una copia de esas leyes en sus manos, Josías se asegura de que se observe cada detalle de la Pascua (2 Crónicas 35:1-17). Cabe destacar que la Pascua de Josías marcó un momento de humildad y fidelidad nacional que no se había visto desde que Israel tuvo rey (2 Crónicas 35:18).
Trágicamente, los últimos momentos de Josías están marcados por el orgullo de sus antepasados. Dios le dijo al rey de Egipto que ayudara a Asiria en la batalla, pero Josías marcha a la batalla para impedir que los egipcios ayuden a una nación que él ve como una amenaza para Judá (2 Crónicas 35:20-22). De inmediato, una flecha perdida atraviesa su armadura y Josías muere por su orgullo (2 Crónicas 35:23-27).
¿Dónde está el evangelio?
Negarse a escuchar a Dios trae un exilio inevitable y, en última instancia, la muerte. Aun si nuestras vidas son como la de Josías y están marcadas por la obediencia, no escuchar a Dios traerá el juicio de Dios. Pero la historia de Manasés también nos muestra que, incluso después de que el pueblo de Dios ha sido infiel, y aun mientras está en el exilio, Dios está dispuesto a perdonar y a restaurar a su pueblo a su tierra.
En el libro de Romanos, la muerte, como el exilio, es la consecuencia inevitable de no escuchar los mandamientos de Dios (Romanos 3:10-18). Y el Apóstol Pablo señala lo mismo que el cronista: que nadie es inocente, ni siquiera aquellos que quieren escuchar los mandamientos de Dios. Pero si, como Manasés, nos humillamos delante de Dios arrepintiéndonos de nuestro orgullo e idolatría, Dios nos hará volver a su Reino (Santiago 4:10; 1 Juan 1:8-9). No es porque lo merezcamos, tal como Manasés no lo merecía. Pero Dios lo hace porque ama a su pueblo. Dios ama tanto a su pueblo que envió a Jesús para ser el Rey definitivo que puede poner fin a nuestro exilio y llevarnos de regreso a casa, a Dios.
A fin de cuentas, todos los reyes de Israel no lograron escuchar a Dios ni actuar con perfecta fidelidad. Esto condujo al exilio y a la muerte, tanto personal como nacional. Pero Jesús fue fiel y humilde sin fallar jamás. Se echó por completo en los brazos de la misericordia de Dios, incluso cuando Dios le dijo que entrara en el exilio de la muerte (Filipenses 2:8-9). Jesús es el rey perfecto que entra en nuestro exilio y en nuestra muerte, y nos saca de allí. Jesús es el Dios misericordioso que entra en la prisión de nuestro exilio y nos trae de regreso a nuestro hogar con él.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es misericordioso con su pueblo infiel. Y que puedas ver a Jesús como aquel que humildemente entró en nuestro exilio para llevarnos a Dios.

