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devocional

Ezequiel 18

Dios es justo

En Ezequiel 18 vemos que Dios es justo. Dios siempre está dispuesto a perdonar y ofrece vida nueva a todo aquel que esté dispuesto a arrepentirse y obedecer. Por eso envió a Jesús.

¿Qué está pasando?

En su primera invasión de Israel, Babilonia capturó y deportó a muchos de los ciudadanos más influyentes de Israel y los puso en campos de trabajo. Estos primeros exiliados creen que Dios los está castigando de forma indebida por los pecados que cometió la generación de sus padres. Pero Ezequiel dice que eso no es cierto (Ezequiel 18:1-2). Dios trata a cada generación conforme a sus acciones (Ezequiel 18:3-4). Sus vidas no están predeterminadas por los pecados de sus antepasados. Esta generación de israelitas vivirá o morirá según cómo ellos, como individuos, respondan a Dios. 

Ezequiel ilustra este principio con una parábola sobre un padre, un hijo y un nieto. Un padre obedece fielmente las leyes de Dios, y Dios lo recompensa con una vida larga (Ezequiel 18:5-9). Pero su hijo es un hombre violento que quebranta todas las leyes de Dios y encuentra una muerte prematura (Ezequiel 18:10-13). Ahora el nieto tiene que tomar una decisión. Ha tenido asiento en primera fila para observar las acciones y los destinos de su padre y de su abuelo. Ante tal evidencia, debería obedecer las leyes de Dios con la esperanza de recibir la bendición de Dios y una vida larga (Ezequiel 18:14-18). El punto de la parábola es sencillo: la generación actual de israelitas es el nieto, y deben decidir obedecer los mandamientos de Dios por sí mismos si quieren que su exilio termine.

Pero los exiliados desilusionados a quienes habla Ezequiel no están convencidos. Para ellos, su exilio es prueba empírica de que Dios castiga a personas inocentes por los pecados de otros (Ezequiel 18:19). Pero Ezequiel insiste aún más. No están atrapados por los pecados de sus antepasados, y su exilio no tiene que continuar. Dios los está llamando a obedecer, porque él perdona y recompensa conforme a las acciones de su pueblo (Ezequiel 18:20-24).

Pero, en el fondo, los oyentes de Ezequiel simplemente creen que Dios es caprichoso e injusto. Creen que, hagan lo que hagan, Dios los castigará (Ezequiel 18:25-29). Pero, otra vez, Ezequiel dice que nada podría estar más lejos de la verdad. Dios no se complace en la muerte de su pueblo (Ezequiel 18:30-32). Pero, para vivir, primero deben arrepentirse de su mal proceder a fin de obedecer a Dios por sí mismos.

¿Dónde está el evangelio?

Como los exiliados, muchos de nosotros quizá nos sintamos atrapados por patrones generacionales que están fuera de nuestro control. Puede que seamos dolorosamente conscientes de que estamos sufriendo las consecuencias de las decisiones que tomaron nuestros padres, y pensemos que Dios nos está castigando. Pero las palabras de Ezequiel deberían darnos esperanza. Dios es justo. Y Dios siempre está dispuesto a perdonar y ofrece vida nueva a todo aquel que esté dispuesto a arrepentirse y obedecer. Dios no se complace en la muerte de su pueblo. El deseo supremo de Dios es dar vida a su pueblo. Este deseo se muestra de manera culminante en la persona de Jesús. 

Como Ezequiel, Jesús llamó a quienes se sentían atrapados en patrones de desobediencia a arrepentirse y seguirlo para recibir vida nueva (Mateo 4:17). Mientras Jesús vivió, quienes estaban enredados en patrones crónicos de robo, adulterio e incluso posesión demoníaca hallaron perdón y vida nueva cuando vinieron a Jesús (Lucas 19:1-10; Juan 4:1-20; Marcos 9:17-29). Pero al encontrarse con un hombre que había nacido ciego, los seguidores más cercanos de Jesús le hicieron la misma pregunta que los antiguos israelitas le hicieron a Ezequiel. Querían saber si este hombre estaba sufriendo por causa de las acciones de sus padres (Juan 9:1-2). Como Ezequiel, Jesús niega que sea así. La ceguera de este hombre no era prueba de que Dios fuera caprichoso; al contrario, la ceguera de este hombre demostraría el deseo y el poder de Dios para restaurar y dar vida a su pueblo moribundo (Juan 9:3). Jesús le dice al hombre que vaya y se lave en un estanque cercano. Él obedece y, de inmediato, queda sano (Juan 9:4-7). En todos sus milagros, Jesús demuestra que Dios desea dar vida a todo su pueblo. 

No estás atrapado por tu pasado. Los pecados de tus padres no te definen. Dios no guarda rencores generacionales. Jesús ha venido a sanar las heridas del pasado y a darte vida nueva. Así que, a diferencia de los exiliados desilusionados de Israel, y como el hombre que nació ciego, obedece a Jesús y acepta el regalo de Dios de sanidad y vida nueva.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que no hace responsables a los hijos por los pecados de sus padres. Y que puedas ver a Jesús como aquel que da vida nueva a cada generación.

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