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Gálatas 5-6

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En Gálatas 5-6 vemos que los logros religiosos, la pureza de conducta o las insignias de identidad étnica o cultural no sirven para incluir ni excluir a nadie de la familia de Dios, porque Jesús nos ha hecho una clase de familia totalmente nueva al llenarnos de su Espíritu.

¿Qué está pasando?

El Apóstol Pablo acaba de establecer que la circuncisión nunca fue el medio por el cual el pueblo de Dios llega a formar parte de la familia de Dios (Gálatas 3:19, 24). La familia de Dios fue creada por medio de la fe en un hijo venidero de Abraham que algún día unificaría y bendeciría al mundo. La circuncisión no era un examen de ciudadanía, sino una profecía grabada a cuchillo en el cuerpo de cada varón judío: que el hijo de Abraham, Jesús, haría que todos los pueblos formaran parte de la familia de Dios.

Pero un grupo de maestros insiste en que la circuncisión y otras marcas de identidad judía que se encuentran en las leyes de la Biblia hebrea siguen siendo necesarias para ser parte de la familia de Dios. Sin embargo, el Apóstol Pablo dice que exigir insignias de identidad judía es una forma de esclavitud (Gálatas 5:1). Exigir un solo requisito legal hebreo en realidad obliga a la humanidad a obedecer las 613 leyes registradas en la Biblia (Gálatas 5:2-4). Ningún judío ha logrado hacerlo jamás; es esclavitud a una norma imposible, sin mencionar que es un rechazo total de la esperanza de Abraham de que su hijo Jesús uniría al mundo en la familia de Dios.

No es por insignias de identidad judía, sino por la fe, que alguien llega a ser parte de la familia de Dios (Gálatas 5:5-6). Al exigir la circuncisión, estos maestros se separan de Jesús tal como han separado el prepucio de su cuerpo. Así que Pablo dice que, como símbolo de su separación de Dios, bien podrían llegar hasta el final y cortárselo todo (Gálatas 5:12).

Pero el hecho de que la ley no haya hecho a los gálatas parte de la familia de Dios no significa que no la cumplirán. De hecho, gracias al Espíritu Santo, la familia de Dios por fin es libre para amar a Dios y amarse unos a otros, tal como la ley hebrea siempre quiso (Gálatas 5:13-14). Antes, los gálatas estaban esclavizados a sus deseos pecaminosos, egoístas y autodestructivos, incapaces de amar de verdad a Dios o a quienes los rodeaban (Gálatas 5:19-21). Pero ahora el Espíritu Santo los ha llenado de la libertad para negar esos deseos por el bien de los demás (Gálatas 5:16-17). Mientras la ley hebrea restringía la conducta de las personas, en Jesús no hay leyes que limiten el poder del Espíritu Santo. El pueblo de Dios puede ofrecer amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio a Dios y unos a otros sin medida (Gálatas 5:22-25).

Y el hecho de que el pueblo de Dios sea libre de la ley no significa que no tendrá que rendir cuentas por sus acciones. Pablo llama a la libertad de amar a los demás la «ley de Jesús» (Gálatas 6:2). Esta ley exige una vida de amor sacrificial que no se separa de los pecados ni de las cargas de los demás, sino que ayuda a llevarlas (Gálatas 6:3-5). Negarse a amar a los demás de esta manera es abusar del amor que Dios mostró a su pueblo en la cruz, y atrae el juicio (Gálatas 6:7-8). En Jesús rendimos cuentas a una nueva norma en la que no somos libres para hacer lo que queramos, sino que hemos sido liberados para amar sin límites (Gálatas 6:9-10).

¿Dónde está el evangelio?

Para el Apóstol Pablo, no podemos ser a la vez esclavos de un conjunto de leyes y libres para amar a Dios y a los demás. Pablo insiste en que hemos sido liberados de la necesidad de las leyes judías porque Jesús nos ha hecho parte de la familia de Dios por su vida y su muerte. Pero los rivales de Pablo temían, igual que algunos hoy, que sin sostener la necesidad de ciertas leyes no tendrían manera de frenar los deseos de las personas ni de llamar a nadie a rendir cuentas.

Pero en la cruz, Jesús crucificó y dio muerte a esta antigua manera de entender tanto la ley como el mundo (Gálatas 6:14). Jesús nos ha hecho una clase de familia totalmente nueva al llenarnos de su Espíritu. Este cambio es tan radical que Pablo dice que somos «nuevas creaciones»: total y definitivamente libres para amar a Dios y amar a los demás sin necesidad de una tabla de leyes esculpida en piedra (Gálatas 6:15). La ley de Dios vive en nosotros porque Jesús vive en todos los que confían en su vida, su muerte y su resurrección. Los logros religiosos, la pureza de conducta o las insignias de identidad étnica o cultural no sirven para incluir ni excluir a nadie de la familia de Dios. Lo que cuenta es que Jesús, por sí solo, nos ha hecho nuevos miembros de su familia.

No importa lo que te hayan dicho: no existe ninguna norma que debamos cumplir antes de que Dios nos acepte. Eso significa que podemos enorgullecernos, no de las leyes religiosas que hemos guardado, sino de Jesús. Él nos hizo miembros de la familia de Dios. Su Espíritu nos libera para amar a Dios y a los demás sin límites. Y su muerte y resurrección significan que viviremos para siempre en el amor de Dios sin límites.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que nos ha hecho su familia. Y que veas a Jesús como aquel que nos libera de la esclavitud a la ley y nos invita a vivir según el Espíritu.

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