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devocional

Isaías 38-39

Revertir la muerte

En Isaías 38-39 vemos que Jesús ha abierto los tesoros del Cielo al revertir la muerte por medio de su resurrección.

¿Qué está pasando?

Judá está a punto de experimentar una muerte nacional. Los ejércitos de Babilonia se acercan y pronto Judá será desterrada de su tierra. Estos son los últimos capítulos de Isaías que tratan sobre la expectativa de ese destierro venidero, y los capítulos siguientes abordarán la esperanza del regreso de ese destierro. Así que, para animar a su pueblo al borde de la muerte nacional, Dios muestra que puede levantarlo de entre los muertos y hacerlo volver después del destierro. 

Como representante de su pueblo, el rey Ezequías es llevado a las puertas de la muerte por medio de una enfermedad. Isaías le advirtió que su enfermedad era mortal y que se preparara para morir (Isaías 38:1). La enfermedad de Ezequías reflejaba la muerte inminente de su nación. Israel no se recuperaría, sino que bajaría a la tumba del destierro. Pero en su lecho de enfermo, Ezequías ora y recuerda la fidelidad de Dios (Isaías 38:2-3). Su oración frente a la muerte es una lección para su pueblo condenado al destierro. Deben recordar al Dios que es fiel a su pueblo. Dios responde la oración de Ezequías y le concede quince años más de vida. Es más, promete librar a Jerusalén de la amenaza actual de los ejércitos de Asiria (Isaías 38:4-6). 

Para demostrar que esto sucedería, Dios le da a Ezequías una señal. La luz de la presencia de Dios brilla desde el templo. Su gloria es tan resplandeciente que vence al sol y cambia la dirección de las sombras en el lugar. Es importante notar que la sombra retrocede sobre un altar idólatra, a veces llamado escalinata, que había sido erigido en el templo de Dios por un rey malvado anterior llamado Acaz (2 Reyes 16:11-16; Isaías 38:7-8, 22). En esta señal, Dios muestra dos verdades que contrastan entre sí. Primero, Dios muestra que ve su idolatría. Su luz deja al descubierto este altar pagano procedente de una nación extranjera. Por eso viene su muerte en el destierro. Pero, en segundo lugar, Dios muestra que vencerá a las naciones extranjeras que se los llevarán al destierro. Así como la sombra retrocedió sobre el altar, Dios muestra que revertirá la muerte segura del destierro cuando se manifieste en gloria y devuelva la vida a su nación. Una vez sanado, Ezequías va al templo y alaba al Dios que lo levantó de su lecho de muerte y que, por lo tanto, puede revertir la sombra de muerte que caerá sobre su pueblo en el destierro (Isaías 38:9-20).

La única esperanza de Israel al entrar en el destierro es un Dios que puede resucitar a un rey muerto. Pero esa reversión solo vendría después de una muerte nacional. Las sombras de esta muerte se ciernen sobre el palacio real cuando el recién recuperado Ezequías recibe a los embajadores de Babilonia. Lleva a los que pronto serán los captores de Israel en un recorrido por todos sus tesoros (Isaías 39:1-4). Cuando se van, Isaías le dice a Ezequías que todo lo que les mostró a los babilonios se convertirá en su botín (Isaías 39:5-6). Robarán todos los tesoros que los antepasados del rey habían acumulado y robarán a todos los descendientes que los hijos del rey puedan tener (Isaías 39:7). Toda su vida pasada y futura será cortada. La única esperanza de Ezequías y de su pueblo es el Dios que puede sacar vida de una muerte nacional, de una herencia robada y de un linaje arruinado.

¿Dónde está el evangelio?

Tal como Isaías lo anunció, la sombra de Babilonia consumió a la nación de Ezequías. El pueblo fue desterrado de su tierra, los tesoros del palacio fueron saqueados y el linaje real de Ezequías se desvaneció en el olvido. Pero con el paso de los años, el Dios que resucita a los muertos comenzó a revertir la sombra que se había tragado a su pueblo. Levantó líderes que hicieron volver a su pueblo a su tierra y gobernantes que devolvieron los tesoros que habían sido saqueados (Esdras 2:1-2,68; 6:4-5). Y, en última instancia, Dios levantó el linaje arruinado de Ezequías cuando envió el mayor tesoro de todos.  El más grande hijo de los antepasados de Ezequías y de todos sus descendientes nació en la persona de Jesús. Jesús vino para ser el rey de su pueblo, quien viviría la más grande reversión de todas: resucitar de la muerte misma.

Durante toda su vida, Jesús vivió bajo la sombra de su propio destierro inminente a la muerte. Les dijo a sus discípulos que, como rey que representaba al pueblo de Dios, moriría y luego resucitaría (Mateo 16:21). Pero Jesús no solo representaba a Israel como hijo del rey Ezequías; también era el Hijo de Dios, y representaba a todas las personas. En Jesús, la gloria de Dios se manifestó a su pueblo para dejar al descubierto su idolatría, sanar su enfermedad y salvarlo del destierro. Más resplandeciente que la luz que brilló desde el templo en los días de Ezequías, Jesús es la luz que vino a llevar a cabo una reversión mayor. La muerte y resurrección de Jesús comenzarían a retirar la sombra de muerte que se cierne sobre toda la humanidad.

Cuando hombres malvados capturaron a Jesús para matarlo, saquearon un tesoro más precioso que cualquier cosa que Babilonia hubiera podido tomar del templo de Jerusalén. Llenaron sus manos con la joya de la corona del Cielo: Jesús, el Hijo de Dios. Cortaron el linaje de Jesús con la muerte, asegurándose de que ningún descendiente volviera a surgir jamás. Pero la tumba no podía saquear para siempre el tesoro del Cielo. El Dios que revierte la muerte hizo retroceder la sombra sobre el sepulcro de Jesús. ¡Dios levantó a Jesús para que viva para siempre (Hechos 3:15; Romanos 6:9)! En la resurrección de Jesús, Dios devolvió a su pueblo el tesoro del Cielo. Así como los tesoros robados del templo fueron traídos de vuelta después del destierro, la vida robada de Jesús es traída de vuelta a nuestros corazones en su resurrección. Jesús es el rey eterno que inauguró un nuevo reino donde los descendientes viven para siempre, para nunca más ser cortados por la muerte. Y aun hoy, él está sacando a las personas del destierro de la muerte para llevarlas a su reino, donde ninguna sombra volverá a amenazarlas jamás.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que revierte el curso de la muerte. Y que puedas ver a Jesús como aquel que abrió los tesoros del Cielo para dar a su pueblo vida de resurrección.

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