¿Qué está pasando?
Desde el principio, el plan de Dios ha sido edificar una ciudad donde su presencia llene la Tierra y todas las naciones vivan en paz bajo su gobierno. Isaías vio esta visión por primera vez en los capítulos iniciales de su profecía. Vio el monte Sión levantado por encima de todos los demás montes como la casa de Dios. Vio a las naciones fluir hacia él como un río, deseosas de aprender los caminos de Dios, dejando a un lado sus armas para convertirlas en herramientas de paz (Isaías 2:1-5). Este fue siempre el propósito de Israel: ser un faro de la justicia y la bondad de Dios, atrayendo a todos los pueblos a su presencia.
Pero Israel abandonó los caminos de Dios. En lugar de atraer a las naciones a la luz de Dios, se unió a ellas en su oscuridad. Así que Dios lo desterró a la oscuridad de las naciones. Y sin Israel como faro, tanto el pueblo de Dios como el mundo quedarían en la oscuridad.
Pero Isaías ve que Dios mismo será la luz de Israel. Él los sacará de la oscuridad hacia su luz y, por medio de ellos, atraerá al mundo entero hacia sí (Isaías 60:1-2). Dios mismo edificará una ciudad nueva en medio de su pueblo. Reyes extranjeros traerán sus tesoros a esta ciudad, la riqueza de las naciones fluirá hacia ella, y todo lo que estaba en ruinas será reedificado en gloria (Isaías 60:3-7, 10-11). Los desterrados, aparentemente abandonados, serán llevados de vuelta a casa como hijos e hijas en procesiones reales (Isaías 60:4, 8-9). Y cuando lleguen, no encontrarán una ciudad quebrantada y devastada por la guerra, sino calles gobernadas por la paz, murallas edificadas de salvación y puertas que nunca necesitan cerrarse (Isaías 60:17-18).
En el centro de esta transformación hay un siervo lleno del Espíritu. Él viene proclamando «el año del favor del SEÑOR» (Isaías 61:1-2). Este es el Año del Jubileo, un año que Dios estableció en el que los esclavos quedaban libres y la tierra volvía a sus dueños originales (Levítico 25:8-55). Y así como el Jubileo restauraba lo perdido, este siervo devolvería lo que se había perdido en el destierro. Cambiará las cenizas por belleza, el luto por gozo y la desesperación por alabanza (Isaías 61:3).
Pero Dios no solo restaurará a su pueblo por medio de su Siervo, sino que lo elevará. Todo será mejorado. El oro y la plata reemplazarán al bronce y al hierro, la paz y la alabanza reemplazarán a la violencia y la ruina, y la luz eterna de Dios reemplazará al sol y a la luna (Isaías 60:17-20). Incluso el nombre de Israel y su pacto matrimonial con Dios cambiarán. En lugar de ser llamada «Abandonada» o «Desolada», será llamada «Buscada» y «Pueblo santo» (Isaías 62:12). Y a diferencia de un pacto matrimonial que termina con la muerte, la unión de Israel con Dios será un pacto eterno. Él se regocijará por ellos como un novio se regocija por su novia, y juntos se deleitarán en su nuevo hogar (Isaías 62:4-5).
No hay oscuridad, ni destierro, ni ruina de Israel que impida que Dios edifique su nueva ciudad de luz, se despose con su pueblo y atraiga a todas las naciones hacia sí.
¿Dónde está el evangelio?
Una noche, la luz de la ciudad de Dios irrumpió en la oscuridad. Esta luz no venía del sol ni de la luna, sino del Cielo mismo, mientras ejércitos de ángeles anunciaban que Dios había venido a la Tierra como un niño (Lucas 2:8-14). Con el nacimiento de Jesús, el fundamento de la ciudad que Isaías describió fue puesto en un pesebre. Una luz celestial atrajo a reyes extranjeros de tierras lejanas, quienes trajeron sus tesoros y su adoración a aquel que rescataría a todas las naciones de la oscuridad (Mateo 2:1-11).
Cuando Jesús creció, se puso de pie en una sinagoga y leyó las palabras del Siervo lleno del Espíritu. Les dijo a sus oyentes que con su venida había comenzado el Jubileo de la nueva ciudad de Dios (Lucas 4:16-21). Jesús, el Siervo, liberaría a los cautivos, no solo del destierro, sino del pecado y de la muerte. Restauraría a su pueblo no a una tierra, sino a un hogar eterno con Dios (Juan 14:2-3). Y Jesús no solo anuncia esta buena noticia: la cumple. En su muerte, resurrección y ascensión, Jesús demostró que nada, ni siquiera la muerte, puede impedirle edificar esta ciudad (Mateo 28:18; Hechos 13:32-33). Ningún destierro ni muerte lo apartará de su pueblo (Romanos 8:38-39).
Por medio del Espíritu que llenó a Jesús, esta nueva ciudad de luz está irrumpiendo en nuestro mundo y transformando naciones. Gente de toda tribu, lengua y cultura está viniendo a Jesús, trayendo sus dones, su adoración y su lealtad (Apocalipsis 5:9-10). Por medio del Espíritu, Jesús está unido a su pueblo en un pacto matrimonial eterno que ni la muerte puede terminar (Romanos 8:1-11; 1 Corintios 3:16, 6:17). Y cuando Jesús regrese, veremos a nuestro Novio cara a cara (Apocalipsis 22:4). Él será nuestra luz eterna y ya no habrá noche (Apocalipsis 21:23). Nos llevará a su nueva ciudad, donde las puertas nunca se cierran (Apocalipsis 21:25-26). Nos recibirá en su banquete de bodas y se deleitará en nosotros para siempre (Apocalipsis 19:7-9).
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que trae luz a nuestra oscuridad y Jubileo a un pueblo desterrado. Y que puedas ver a Jesús como el Siervo que reunirá a gente de todas las naciones para disfrutar de su luz y su amor para siempre.

