¿Qué está pasando?
Antes de que Jeremías naciera, Dios lo escogió para ser su representante y portavoz ante el pueblo desobediente de Judá (Jeremías 1:4-5). Y Jeremías acaba de recorrer la ciudad de Jerusalén, predicando y profetizando su destrucción inminente por su infidelidad a Dios y por la práctica continua del sacrificio de niños. En respuesta a su denuncia pública de Judá y de sus líderes, uno de los principales sacerdotes del templo, Pasur, arresta a Jeremías, ordena que lo golpeen y lo deja en el cepo toda la noche (Jeremías 20:1-2). Al día siguiente, Jeremías revela que Dios le ha dado a Pasur un nombre nuevo: «Terror por todas partes». Su nuevo nombre es su futuro. Pasur no ha escuchado al Dios a quien afirma servir. Ha usado su plataforma para hablar mentiras en el nombre de Dios y desacreditar a Jeremías, el profeta que Dios ha escogido como su representante. Así que, por su participación en el sufrimiento de Jeremías, Pasur morirá pronto (Jeremías 20:3-6).
Pero, perturbado por la noche que pasó en el cepo, Jeremías acusa a Dios de haberle mentido (Jeremías 20:7). Cuando Dios lo comisionó como su profeta, lo hizo su representante y puso sus palabras en su boca, Dios dijo que lo protegería (Jeremías 1:18). Sin embargo, mientras ha entregado fielmente el mensaje de Dios, solo ha experimentado vergüenza pública, burlas y tortura (Jeremías 20:8). Cada vez que abre la boca, quienes lo rodean lo persiguen sin descanso. Y si intenta callar, las palabras de Dios comienzan a devorarlo vivo, y siente como si sus huesos estuvieran en llamas (Jeremías 20:9-10). Pero, a pesar de todo esto, Jeremías todavía cree que Dios es un guerrero fuerte que pelea a favor de los inocentes y los justos (Jeremías 20:11-12). Así que decide adorar al Dios que rescata a los débiles y necesitados como él (Jeremías 10:13).
Pero, justo después de animarse a adorar, Jeremías desea no haber nacido nunca. A la luz del sufrimiento que el llamado de Dios ha impuesto sobre su vida, dice que si Dios lo escogió antes de que naciera, su cumpleaños no es motivo de celebración (Jeremías 20:14). Desea que Dios mate al hombre que no lo mató en el vientre de su madre. Jeremías cree que haber nacido muerto habría sido mejor que la vida de vergüenza, dolor y amargura que ha resultado de ser el profeta escogido de Dios (Jeremías 20:15-18).
¿Dónde está el evangelio?
La honestidad brutal de Jeremías puede ser difícil de escuchar. Pero los gritos de agonía y las oraciones desesperadas de Jeremías le hacen a Dios las preguntas que todos nos hacemos, aunque no nos atrevamos a decirlas en voz alta. Si Dios es bueno, ¿por qué sufrimos? Si Dios ha prometido protegernos, ¿por qué no lo hace? ¿Por qué Dios dice una cosa y hace otra? ¿Es Dios un mentiroso? ¿Acaso estamos engañados?
Las respuestas a estas preguntas se revelan en el profeta final de Dios: Jesús. Jesús no solo fue el representante comisionado de Dios en la Tierra, sino el Hijo de Dios (Hebreos 1:1-3). Igual que Jeremías, fue perseguido, calumniado, ridiculizado, golpeado e incluso condenado a muerte por los principales sacerdotes del templo. Jesús conoce la agonía de Jeremías y ha orado incluso nuestras oraciones crudas. Así como Jeremías cuestionó a Dios desde el cepo de madera, Jesús le preguntó a Dios desde la cruz por qué lo había abandonado, siendo él su único Hijo (Mateo 27:46). Jesús conoce el dolor de nuestras oraciones que parecen quedar sin respuesta.
Pero la respuesta de Dios a la oración de Jesús llegó tres días después. Dios levantó a Jesús de entre los muertos (Romanos 8:11). Como representante de Dios, él encarna la respuesta de Dios a nuestras preguntas crudas, nuestros pensamientos oscuros y nuestras oraciones difíciles. Y la respuesta de Dios es la resurrección. Todo el que lleve sus preguntas y sufrimientos a Dios recibirá como respuesta vida de entre los muertos. Dios no es un mentiroso. No estamos engañados. Él ha escuchado nuestras oraciones. Nuestros enemigos, incluso la muerte misma, serán derrotados. Dios ha entrado en nuestro sufrimiento, y promete que seremos resucitados con él (Romanos 6:5)
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que escucha nuestras oraciones. Y que veas a Jesús como aquel cuya muerte y resurrección son nuestra respuesta.


