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devocional

Malaquías 2:17-4:6

El sol de justicia

En Malaquías 2:17-4:6 vemos que Dios envía a Juan el Bautista como su mensajero para preparar el camino de Jesús, quien toma sobre sí toda corrupción y todo mal para que podamos experimentar la calidez del amor sanador de Dios.

¿Qué está pasando?

En una época de prolongada agitación política y angustia nacional, Israel duda de que Dios sea justo y duda de que valga la pena obedecerlo. Pero, por medio de Malaquías, Dios advierte a sus sacerdotes que pronto juzgará a todos aquellos que, según su afirmación, él ha perdonado injustamente. Y anima a su pueblo mostrándole que vale la pena obedecer a Dios.

Dios dice que está cansado de la crítica que sus sacerdotes hacen de su justicia. Ellos afirman que, como el mal continúa en este mundo, Dios debe aprobarlo (Malaquías 2:17). Y si Dios aprueba el mal, no tiene sentido hacer justicia en su nombre. Pero, en respuesta, Dios dice que pronto enviará a un mensajero para juzgar a Israel por todo mal y toda crueldad que los sacerdotes no han condenado (Malaquías 3:4-5). Y la tribu sacerdotal de Leví será juzgada ella misma por su corrupción e injusticia (Malaquías 3:1-3). Si los sacerdotes quieren un Dios de justicia, eso es precisamente lo que recibirán.

Pero, siguiendo el ejemplo de sus líderes, el pueblo de Israel cuestiona la fidelidad de Dios a sus propias leyes. Dios había prometido que, si cada ciudadano de Israel entregaba el diez por ciento de sus ingresos para sostener el funcionamiento de su templo, él los bendeciría (Éxodo 23:25; Malaquías 3:6-7). Pero, durante un tiempo de relativa pobreza, el pueblo de Dios dejó de dar. En su forma de pensar, si Dios no cumplía su parte del trato, ¿por qué habrían de cumplir ellos la suya? (Malaquías 3:8-9). Es comprensible que creyeran que ese diez por ciento se aprovecharía mejor cubriendo sus propias necesidades. Pero para Dios esto es un robo. Dios es el dueño de todo lo que ellos tienen. En lugar de robarle, deberían ponerlo a prueba. Él hará que sus vidas sean mejores con el 90 por ciento de sus ingresos de lo que ellos podrían lograr con el 100; tanto que otras naciones no podrán negar la bendición de Dios sobre Israel (Malaquías 3:10-12).

Como punto culminante, Dios dice que la crítica que sus sacerdotes hacen de su justicia es traición. Cuando le preguntan de qué manera, Dios responde que es porque ellos creen que obedecer a Dios no sirve de nada, ya que algunas personas orgullosas y malvadas prosperan (Malaquías 3:13-14). Argumentan que, si Dios se niega a juzgar el mal, bien podría llamarse bueno al mal (Malaquías 3:15). De manera rebelde, usan la aparente injusticia de Dios a sus ojos como excusa para su propia crueldad. Pero Dios dice que esta lógica torcida es nada menos que traición contra el reino de Dios y contra sus normas de justicia. 

Pero no todos en Israel son corruptos. Algunos son fieles, y Dios promete protegerlos (Malaquías 3:16-18). Pronto él vendrá como un sol ardiente. Toda corrupción, todo mal y toda injusticia, junto con quienes los practican, se convertirán en cenizas (Malaquías 4:1). Pero para los fieles, ese sol será como un día de primavera lleno de sanidad después de un invierno largo y amargo (Malaquías 4:2-3). Los fieles deben estar atentos a un mensajero que viene. Como el profeta Elías, él condenará la corrupción desbordante de Israel. Y, una vez que llegue ese mensajero, el sol de Dios no tardará en aparecer (Malaquías 4:4-5).

¿Dónde está el evangelio?

El mensajero de la profecía de Malaquías es Juan el Bautista. Antes incluso de que Juan el Bautista naciera, un ángel se lo anunció así a su padre (Lucas 1:17). Es bien conocido que Juan vestía túnicas de pelo de camello, igual que Elías (2 Reyes 1:8; Mateo 3:4). Y, como Elías, Juan fue conocido por sus ataques feroces contra los líderes religiosos corruptos de su tiempo (Mateo 3:7-8). Juan era el mensajero de Malaquías, y él es quien prepara el camino para que el sol ardiente de Dios juzgue el mal y restaure a los fieles.

Antes, en Malaquías, se nos dice que Dios purificaría el sacerdocio de Leví de su corrupción y lo restauraría a su propósito original: dar vida y paz al pueblo de Dios mediante la ofrenda de sacrificios (Malaquías 2:4-5). Juan el Bautista es de la tribu de Leví. Y él representa la prometida restauración del sacerdocio de Dios. 

Cuando Juan vio a Jesús, anunció que Jesús era el Cordero de Dios ofrecido en sacrificio, que vino a quitar el pecado del mundo (Juan 1:29). Luego Juan bautiza a Jesús. En cierto sentido, Juan sacrifica a Jesús. Sumergirse bajo el agua es un símbolo de la muerte, lo cual significa que Juan cumple el propósito del sacerdocio de los levitas. Él ofreció el sacrificio final para dar vida y paz a todos los que confían en él. Esto hace de Juan el último sacerdote levítico. Preparó el camino para que todo pecado y todo mal fueran juzgados en el Hijo de Dios, y les mostró a los fieles quién los restauraría (Hebreos 10:11-14). Y, como Jesús no ofreció solamente un pequeño porcentaje, sino todo lo que él es, podemos estar seguros de que nunca habrá nada que pueda apartarnos de experimentar el 100 por ciento del amor, la justicia y la protección de Dios.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y veas al Dios que envía mensajeros. Y que veas a Jesús como el ardiente Hijo de Dios, aquel cuyo camino preparó Juan el Bautista. 

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