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devocional

Semana Santa

Viernes Santo

El Viernes Santo recuerda el día en que Jesús fue condenado por Pilato, crucificado en una cruz y sepultado en una tumba.

Hace 1600 años los cristianos comenzaron a llamar «Semana Santa» a los últimos días de la vida de Jesús. El Viernes Santo recuerda el día en que Jesús fue condenado por Pilato, crucificado en una cruz y sepultado en una tumba.

El sistema judicial judío ha declarado a Jesús culpable de blasfemia y digno de muerte (Marcos 14:63-64). Pero Roma tenía otros criterios sobre qué merecía la pena de muerte, y solo ella podía ejecutar a los criminales (Juan 18:31). Así que los jefes de los sacerdotes arrastran a Jesús ante Pilato y afirman que evade impuestos y que es un insurrecto que se hace llamar «rey de los judíos» (Lucas 23:1-2). Jesús nunca dijo esto, pero tampoco niega el título. Simplemente añade que su Reino no es un reino terrenal (Juan 18:36-37). Pero Pilato ve claramente que los líderes religiosos están inventando delitos para parecer amigos de Roma, mientras obligan a Pilato a hacer su trabajo sucio. Para dejar al descubierto su hipocresía, Pilato les dice que soltará a uno de dos hombres: al inocente Jesús o a un verdadero insurrecto y amenaza para Roma (Marcos 15:7-10). Su elección revelará sus verdaderas intenciones. Como era de esperar, escogen que se libere al rebelde. A los líderes religiosos no les importa Roma; solo quieren ver a Jesús muerto.

Cuando se les pregunta qué debe hacerse con Jesús, convencen a una multitud cada vez más grande de que grite: «¡Crucifícalo!» (Marcos 15:13). Jesús es azotado de inmediato y llevado por una tropa de soldados para ser torturado. Burlándose de su afirmación de realeza, lo visten con un manto de color púrpura, le encajan una corona de espinas en la cabeza y se inclinan en son de burla ante este rey. Luego clavan su sentencia en la parte superior de una cruz antes de atravesarle con clavos las muñecas y los tobillos contra los maderos: «Este es Jesús, el rey de los judíos» (Marcos 15:26). La cruz es levantada en su lugar y durante horas Jesús cuelga, sangra y sufre.

Antes de morir, Jesús le pide a Dios que perdone a quienes lo atormentan. Y le promete a un hombre culpable, crucificado a su lado, que lo verá pronto en el Cielo. Entonces Jesús muere. Pero en ese mismo instante, la cortina del templo judío se rasga en dos (Marcos 15:38). Simbólicamente, esa cortina impedía el acceso a la presencia de Dios. Pero una vez al año el sumo sacerdote entraba detrás de esa cortina y rociaba un poco de sangre sobre una caja llamada el propiciatorio. Y en respuesta, Dios mostraba misericordia y perdonaba los pecados del sumo sacerdote y del pueblo de Dios, sin importar lo malo que hubieran hecho.

El profeta Isaías predijo que un día Dios enviaría a alguien que sería rechazado por los líderes de Israel, condenado por sus propios compatriotas y abandonado por sus seguidores más cercanos. Esa persona fue Jesús. Isaías, pensando en los muchos pecados y fracasos de Israel, dice que Jesús «…fue traspasado por nuestras rebeliones, molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados» (Isaías 53:5).

Como un buen rey, Jesús asumió la responsabilidad por los fracasos de sus súbditos. Fue traspasado, molido, castigado y sacrificado por los pecados, los fracasos y las crueldades de sus ciudadanos culpables. Y como Jesús estuvo dispuesto a ser su sacrificio, ya no hay una cortina entre los culpables y la misericordia de Dios. Ya nada impide a nadie el acceso a la presencia de Dios.

El Viernes Santo es buena noticia porque la muerte de Jesús anuncia que hay perdón para todos los pecados. Su sangre descorre la cortina de la misericordia de Dios, y ahora todas las personas pueden ser perdonadas y salvadas de una muerte que, de otro modo, sería merecida.

Así que oro para que en este Viernes Santo aceptes la muerte de Jesús en tu lugar. Solo por medio de él tendrás acceso a la misericordia de Dios, y solo por su sangre escapamos de la muerte que merecemos.

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