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devocional

Ezequiel 43:13-46:24

Instrucciones para el altar, los sacerdotes y los sacrificios de Dios

En Ezequiel 43:13-46:24 vemos que Jesús es el altar, el sacerdote y el sacrificio definitivo que purificaría y perdonaría a su pueblo.

¿Qué está pasando?

Los sacerdotes de Israel tenían la tarea de purificar al pueblo de Dios y obtener perdón para él. Pero bajo su liderazgo, Israel se contaminó de maldad, injusticia y violencia (Ezequiel 8-11). Sin embargo, Dios está en pleno proceso de mostrarle al profeta Ezequiel una visión de un templo nuevo y purificado, donde el perdón y la purificación pueden obtenerse una vez más. Ezequiel ya ha visto visiones del templo mismo (Ezequiel 40-43:12). Y ahora se le muestran instrucciones para el altar de Dios, seguidas de instrucciones para los sacerdotes de Dios. Los sacerdotes de Dios eran los responsables de ofrecer los sacrificios sobre el altar, y el altar era el lugar donde el pueblo de Dios podía ser limpiado de sus pecados pasados y recibir perdón. El hecho de que Ezequiel vea restaurados tanto el sacerdocio como el altar es una señal. A pesar de sus pecados pasados, Dios todavía desea purificar, perdonar y amar a su pueblo.

Incluso los detalles sobre el altar comunican el deseo de Dios de tener una relación renovada con su pueblo. Por ejemplo, el altar mide exactamente siete codos de alto. Es el mismo número de días de la creación y simboliza un nuevo comienzo en la relación de Dios con su pueblo (Ezequiel 44:13-17). Sin embargo, el altar necesita ser limpiado, igual que el pueblo. Así que a Ezequiel se le dan mandamientos detallados para una ceremonia especial de «descontaminación» (Ezequiel 44:18-27). Dios promete que, una vez purificado el altar, él estará de nuevo con su pueblo y su nueva relación podrá comenzar.

Luego Dios describe una purificación semejante de sus sacerdotes. Ezequiel le recuerda a Israel la injusticia, la violencia y la idolatría de las que eran culpables sus líderes religiosos (Ezequiel 44:5-8). Y Dios promete que purificará el sacerdocio. Solo sacerdotes justos, bondadosos y fieles servirán en su lugar santo (Ezequiel 44:15-16). Sorprendentemente, incluso aquellos que una vez fueron culpables de contaminar y ensuciar el templo de Dios pueden ser perdonados y servir de nuevo al templo y al pueblo de Dios (Ezequiel 44:9-14). Estas visiones son promesas de que Dios purificará el sacerdocio de la maldad y que pronto sus sacerdotes obedecerán sus mandamientos y guiarán al pueblo de Dios con perfecta justicia y equidad (Ezequiel 44:19-31; 45:9-12).

Ezequiel describe después el reparto de la tierra en la que estarán el templo y vivirán los sacerdotes y el rey de Israel (Ezequiel 45:1-7). En el pasado, los líderes religiosos y políticos de Israel robaban las propiedades de sus conciudadanos y de sus súbditos. Pero este nuevo reparto es la promesa de que esos deseos malvados serán limpiados del liderazgo de Israel. Ningún gobernante volverá jamás a defraudar ni a robar a los que están bajo su autoridad (Ezequiel 45:8). En cambio, los líderes de Israel estarán contentos con la tierra que Dios les ha dado y usarán su riqueza y su poder para celebrar fiestas y proveer sacrificios en honor de Dios (Ezequiel 45:9-46:18). Ezequiel menciona incluso las cocinas sagradas donde los sacerdotes de Dios prepararán comidas para servir al pueblo de Dios y no a sí mismos (Ezequiel 46:19-24). Esta sección de la visión de Ezequiel termina con la esperanza de que, una vez que Dios transforme el sacerdocio y el liderazgo de Israel, nada podrá impedir que Dios y su pueblo vivan para siempre en una relación de amor y perdón. 

¿Dónde está el evangelio?

Estas profecías sobre una relación restaurada con Dios fueron registradas cuando ya habían pasado 25 años de los 70 del exilio de Ezequiel en Babilonia. Ezequiel registra estas profecías porque, a pesar del castigo que el pueblo estaba sufriendo, Dios quiere perdonar y vivir con su pueblo en una tierra lavada y limpia de maldad. La profecía de Ezequiel se cumplió finalmente cuando Dios vivió entre su pueblo malvado en la persona de Jesús. Por amor, Jesús se convirtió en el altar, el sacerdote y el sacrificio que purificaría y perdonaría a su pueblo.

El libro de Hebreos nos dice que Jesús es nuestro altar (Hebreos 13:10). Él es el lugar donde el pecado se limpia, se asegura el perdón y nuestra relación con Dios tiene un nuevo comienzo. El libro de Hebreos también nos dice que Jesús es nuestro sacerdote perfecto (Hebreos 7:1-28). Su sacerdocio se caracteriza por la justicia, la paz y el poder de garantizar una relación eterna de amor con Dios. El sacrificio que Jesús, el sacerdote, ofrece no es un animal, sino su propio cuerpo (Hebreos 10:1-10). A lo largo de la historia de Israel, los sacrificios de animales nunca pudieron quitar de manera permanente la maldad y el pecado que afligían al pueblo de Dios y a sus líderes. Pero cuando Jesús ofreció su propio cuerpo, transformó y purificó a todo aquel que confía en su sacrificio hecho en su favor. El altar, el sacerdocio y los sacrificios que Ezequiel vio en su visión se hacen todos realidad en Jesús. 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que quiere vivir con su pueblo para siempre. Y que puedas ver a Jesús como aquel que es nuestro altar, sacerdote y sacrificio.

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