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devocional

Génesis 17-18:15

Circuncisión

En Génesis 17-18:15 vemos que Jesús cumple la señal de la circuncisión y nos da un nombre nuevo.

¿Qué está pasando?

En el jardín, la humanidad extendió la mano hacia el poder que le ofrecía la serpiente, empeñada en llegar a ser como Dios según sus propios términos. Desde entonces la dominó la muerte en lugar de la vida, y esa muerte no ha dejado de extenderse por el mundo. Pero Dios se propuso devolverle Su vida, y Su plan pasa por una familia. Él le prometió a Abraham un hijo; por medio de él, toda una nación; y a través de esa nación, bendición para el mundo entero. Sin embargo, Abraham y Sara son ancianos, y ella nunca ha podido tener descendencia. Si este hijo prometido llega a nacer, será porque Dios da vida donde no la hay. Ahora el Señor le da a Abraham una señal de Su promesa, y la señal que elige expresa exactamente eso.

Así como el arcoíris fue la señal de la promesa de Dios a Noé y al mundo entero, esta señal pertenecería a Abraham y a la nación que surgiría de él. Dios les ordena a Abraham y a todos los de su casa que se circunciden (Génesis 17:11). La señal queda inscrita en la carne, justo en el centro del poder reproductivo humano, y precisamente ahí está su sentido. La marca declara que la vida prometida no vendrá por esa capacidad. La descendencia será un don del Espíritu de Dios, no un logro de la fuerza humana.

Pero la señal significa aún más. La circuncisión es un corte, una pequeña muerte grabada en el cuerpo, de modo que la vida de la promesa llega a través de algo cortado y entregado. Toda la historia de Génesis ha venido avanzando hacia un descendiente de Eva que aplastaría a la serpiente y pondría fin al reinado de la muerte, y Dios ha prometido que este descendiente vendrá del linaje de Abraham, aquel en quien serán bendecidas todas las naciones (Génesis 12:3). La circuncisión se convierte en el recordatorio constante de que el hijo prometido procede de esta familia, y de que llega sólo como Dios trae toda vida: a través de la muerte transformada en vida.

Junto con la señal, Dios da nombres nuevos. Abram pasa a ser Abraham, padre de una multitud; Saray pasa a ser Sara, princesa de una nación (Génesis 17:5, 15). Los nombres no son un simple adorno: son la nueva realidad que crea la promesa de Dios. Sara, que ha sido estéril toda su vida, recibe el nombre de madre de naciones antes de haber dado a luz a un solo hijo. La palabra de Dios nombra lo que Su poder sin duda hará.

¿Dónde está el evangelio?

El Hijo definitivo de Abraham, por medio de quien todas las naciones son bendecidas, es Jesús.

Él da una señal mayor que la que recibió Abraham: no una circuncisión del cuerpo, sino del corazón, obrada interiormente por el Espíritu Santo (Romanos 2:28-29). Y cumple el significado más profundo de la señal. La circuncisión era un corte, una muerte y una vida grabadas en el cuerpo; en Cristo, ese corte llega a su plenitud. Cuando morimos con Jesús y tomamos Su cruz, Él arranca de nosotros el pecado, la rebelión y la muerte que han sembrado el caos en el mundo, y nos resucita a la vida ordenada de la nueva creación junto a Él (Colosenses 2:11-12).

Así es como la vida prometida llega a nosotros, de la misma manera que les llegó a Abraham y a Sara: no por nuestro propio poder, sino por el de Dios. Somos tan incapaces de producir en nosotros la vida divina como lo era Sara de concebir un hijo en un vientre estéril. El Espíritu trae esa vida de lo alto, y Su presencia en nosotros es la garantía de Dios de que se cumplirá cada promesa hecha en Jesús (2 Corintios 1:22).

Y así como Dios dio nombres nuevos a Abraham y a Sara, a nosotros nos da una nueva identidad en Cristo. Unidos a Jesús, somos hechos nuevas creaciones: ¡lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! (2 Corintios 5:17). Lo que jamás podríamos llegar a ser por nuestra propia fuerza, Dios lo pronuncia sobre nosotros y lo hace realidad por Su Espíritu: somos los hijos de la promesa, resucitados de la muerte a Su vida.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te muestre al Dios fiel que da vida donde ninguna es posible. Y que puedas ver a Jesús como el Hijo prometido y definitivo de Abraham, que arranca de ti la muerte, te resucita a la nueva creación y te da Su Espíritu como sello de cada promesa por venir.

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