¿Qué está pasando?
Este pasaje es sumamente importante porque Dios le da a Abram una nueva señal de su promesa (17:4). Así como el arcoíris fue señal de la promesa que le hizo a Noé y al mundo, esta nueva señal sería para Abram y para la nación que saldría de su descendencia. Dios le manda a Abram y a los de su casa que se circunciden (17:11). Puede parecer una señal extraña, incluso arbitraria, pero en realidad no podría ser más apropiada.
Todo el libro de Génesis, hasta aquí, ha girado en torno a un descendiente de Eva que aplastaría a la serpiente y desharía el reinado de la muerte. Hemos aprendido que ese descendiente vendría por medio de Abram, ya que es a través de él que Dios bendeciría a todas las naciones (12:3). La circuncisión llegó a ser un recordatorio constante de que ese hijo prometido vendría por la línea familiar de Abraham.
Pero la circuncisión no solo servía para distinguir a los descendientes de Abraham: también era un recordatorio de que la vida y la bendición no vendrían por el poder humano ni por la reproducción natural por sí solos. Abraham y Sara eran demasiado ancianos para tener hijos. Esta señal en sus cuerpos simbolizaba que la vida que Dios prometió vendría únicamente por la intervención de Dios. La descendencia del pacto sería un milagro del Espíritu de Dios, no obra del esfuerzo humano.
Al renovar su pacto y dar esta señal, Dios también cambió los nombres de Abram y Saray (17:4). Ambos cambios de nombre señalan una nueva identidad y una nueva realidad. Abraham sería el padre bendecido de una multitud, y tenía la señal que lo comprobaba. Sara sería la princesa de una nación. Ya no sería estéril.
¿Dónde está el evangelio?
En última instancia, sabemos que el hijo definitivo de Abraham y Sara que bendice a todas las naciones es Jesús.
Y Jesús nos da una señal mejor que la circuncisión dada a Abraham. La nuestra es una circuncisión del corazón, hecha internamente por el Espíritu Santo (Romanos 2:28). Los verdaderos hijos de Abraham no son simplemente los que descienden de él por sangre, sino los que comparten la fe de Abraham y confían en Jesús (Romanos 2:29).
Que el Espíritu Santo transforme nuestro corazón es la nueva señal del pacto. Así como Abraham y Sara no podían producir vida por sí mismos, tampoco nosotros podemos producir la vida de Dios por nuestra cuenta. El Espíritu nos marca con una vida nueva que viene de arriba. Y así como la circuncisión de Abraham era una señal que garantizaba que Dios cumpliría sus promesas, así también la presencia del Espíritu en nosotros es la garantía de que todas las promesas de Jesús se cumplirán algún día (2 Corintios 1:22).
Los cristianos también reciben un nombre nuevo. De hecho, somos renombrados dos veces. El primer nombre se da cuando pones tu fe en Jesús: eres hecho una nueva creación (2 Corintios 5:17). En ese momento recibes muchísimos nombres nuevos: esposa de Cristo (2 Corintios 11:2), hijo adoptivo o hija adoptiva (Romanos 8:16), amado de Dios (Romanos 1:7).
El segundo nombre que todo cristiano recibirá está aún por venir. Apocalipsis promete que Jesús dará un nombre nuevo a todo el que persevere hasta el fin (Apocalipsis 2:17). Nadie sabe cuál es ni cuál será ese nombre. Puede ser que Jesús le dé a cada uno de nosotros un nombre privado con el que solo él nos llame: un nombre dulce e íntimo entre nosotros y nuestro Salvador. Ese es un nombre que vale la pena esperar con anhelo.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te muestre al Dios fiel que trae vida donde es imposible que la haya. Y que puedas ver a Jesús como el Hijo prometido y definitivo de Abraham, quien te da su Espíritu como señal de un nuevo pacto y de un nombre nuevo.

