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devocional

Génesis 46-50

Dios dispone el bien

En Génesis 46-50, vemos que Jesús sacó el mayor bien de nuestro mayor mal.

¿Qué está pasando?

El libro de Génesis se cierra mirando hacia atrás, a todo lo que Dios ha hecho, y hacia adelante, a lo que aún está por venir.

Desde el principio, Dios se propuso hacer de la humanidad su colaboradora para llenar el mundo de bendición y vida. Esa promesa fue desafiada por el pecado, la muerte y la serpiente. Pero Dios prometió a Abraham una familia tan numerosa como las estrellas, una tierra propia y bendición para todas las naciones (Génesis 12:1-3; 15:5). Sin embargo, esa promesa ha estado bajo amenaza constante. Sara era estéril. Ismael fue expulsado. Jacob estuvo a punto de ser asesinado por su hermano. José fue vendido como esclavo. Y ahora el hambre ha golpeado la tierra de Canaán, amenazando con borrar por completo a la familia.

Pero Dios ha estado obrando todo el tiempo. Levantó a José de la cisterna hasta la mano derecha del Faraón para que el mundo pudiera ser alimentado en medio del hambre (Génesis 41:57). Y ahora Dios hace bajar a Jacob y a todos sus hijos a Egipto, no como refugiados, sino como huéspedes de honor. En el camino, Dios tranquiliza a Jacob en una visión: «No tengas temor de ir a Egipto, porque allí haré de ti una gran nación» (Génesis 46:3). Lo que parecía la muerte de la familia escogida se convierte en el lugar de su crecimiento.

Antes de morir, Jacob reúne a sus doce hijos y pronuncia bendiciones sobre ellos (Génesis 49). Este es el punto culminante de Génesis: la promesa de Dios, llevada antes por un solo hijo y después por una sola familia, ahora se confía a toda una nación. Cada hijo llegará a ser una tribu, y por medio de ellos avanzarán los propósitos del pacto de Dios.

Y, sin embargo, el libro no termina con Jacob, sino con José. Después de todo lo que sus hermanos le hicieron, José los perdona. Ellos temen que por fin busque venganza, pero José declara la clave para interpretar todo el Génesis: «Es verdad que ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente» (Génesis 50:20).

Esta ha sido la historia desde el principio. El fracaso de Adán y Eva no pudo deshacer la promesa de Dios. El asesinato cometido por Caín no pudo detener la simiente. Babel no pudo dispersarla. Las faltas de Abraham, el favoritismo de Isaac, los engaños de Jacob, el pecado de Judá: nada de eso pudo quebrantar el pacto de Dios. Una y otra vez, lo que los seres humanos disponen para mal, Dios lo dispone para bien. Y lo hace para traer vida donde la muerte parecía segura, para preservar a un pueblo y para mantener viva la promesa.

¿Dónde está el evangelio?

Génesis termina fijando nuestros ojos en Jesús, la verdadera culminación de cada promesa.

Así como José fue traicionado por sus hermanos, así Jesús fue traicionado por su propio pueblo (Hechos 2:23). Así como José fue vendido y entregado a las naciones, así Jesús fue vendido por monedas de plata y entregado a Roma. Así como José fue levantado de la cisterna a la mano derecha del Faraón, así Jesús fue levantado de la tumba al trono del Cielo (Filipenses 2:9-11).

Pero José solo salvó a un remanente del hambre. Jesús salva al mundo de la muerte. José alimentó a las naciones con grano. Jesús alimenta a las naciones con el pan de vida: él mismo (Juan 6:35). José perdonó a sus hermanos culpables y los acogió en su provisión. Jesús perdona a la humanidad culpable y nos acoge en su familia eterna.

Génesis 50:20 es el latido del evangelio: lo que el mal dispone para muerte, Dios lo dispone para vida. En Jesús, esta verdad queda asegurada para siempre. Él es la simiente de la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15). Él es el verdadero hijo de Abraham que bendice a todas las naciones (Génesis 12:3). Él es el Israel fiel que confía y obedece donde los patriarcas fallaron. Y él es el hijo justo que saca vida de la muerte y bien del mal.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que, desde el mismísimo principio, saca el bien del mal. Y que puedas ver a Jesús como el Hijo prometido que cumple cada hilo del Génesis, transformando la muerte en vida y el mal en la salvación del mundo.

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