¿Qué está pasando?
Dios le prometió a Abraham una familia tan numerosa como las estrellas, por medio de la cual serían bendecidas todas las naciones (Génesis 12:2-3; 15:5). Pero esa familia se ha fracturado. Los hermanos vendieron a José por plata y la partieron en dos. Ahora el hambre se ha vuelto tan severa que amenaza a todas las naciones que ellos debían bendecir (Génesis 41:57). Los hijos que destrozaron la familia deben ir a buscar pan precisamente al hermano que traicionaron, aunque no lo saben. La pregunta es si este hogar roto puede ser restaurado y si la promesa a las naciones llegará a cumplirse.
Impulsados por el hambre, los hijos de Jacob llegan a Egipto y se inclinan ante su gobernante, sin reconocer que es José (Génesis 42:3-8). Él, en cambio, sí los reconoce y comienza a ponerlos a prueba: los acusa de espías, retiene a uno de ellos como rehén, les devuelve la plata en secreto y, finalmente, esconde su propia copa en el costal de Benjamín, de modo que el menor queda expuesto a la esclavitud (Génesis 44:2). Estas pruebas no son crueldad; son un espejo, destinado a revelar si siguen siendo los mismos hombres que una vez vendieron a un hermano como esclavo para salvarse a sí mismos.
Ya no lo son. Cuando están a punto de apresar a Benjamín, Judá da un paso al frente. Es el mismo que en su momento propuso vender a José por plata (Génesis 37:26-27). Ahora se ofrece a sí mismo como esclavo en lugar de su hermano, para que Benjamín quede libre y su padre no muera de tristeza (Génesis 44:33). El hombre que antes vendió a un hermano para salvarse ahora se entrega a la esclavitud para salvar a otro. El reflejo codicioso y egoísta se ha transformado por completo en amor abnegado. Y es esto —la disposición de Judá a entregarse por su hermano— lo que hace que la historia dé un giro decisivo.
José ya no puede contenerse. Se da a conocer y llora y, en lugar de la venganza que sus hermanos merecen, les ofrece perdón: «Lo que ustedes pensaron para mal, Dios lo dispuso para bien, para salvar muchas vidas» (Génesis 45:5-7; 50:20). Esta es la clave de toda la historia de José y de la forma en que Dios obra siempre. La traición, la cisterna, la esclavitud, la cárcel: Dios encauzó cada uno de esos males hacia la vida, hasta que el hermano desechado se convirtió en el que salva a todos. La familia fracturada se reconcilia, y la promesa, que pendía de un hilo, se mantiene firme. Y los graneros abiertos de José alimentan no solo a los suyos, sino a todas las naciones: el primer anticipo de la bendición de Abraham llegando al mundo.
¿Dónde está el evangelio?
La historia de José apunta a Jesús, y se necesitaron dos hermanos para contarla. Jesús es el verdadero José: traicionado y vendido por plata, entregado a la muerte por los suyos, pero levantado por Dios de la tumba al trono del Cielo (Mateo 26:15; Hechos 2:23; Filipenses 2:9). Y Él es también el verdadero Judá, quien, siendo de la propia línea real de Judá, se ofrece en lugar de Sus hermanos para que queden libres. Es el Señor exaltado que perdona y el hermano abnegado que nos muestra cómo hacerlo: perdona entregándose a Sí mismo.
Porque es a la vez José y Judá, sana la fractura que comenzaron estos hermanos. Ellos dividieron la familia y, más tarde, partieron a Israel en dos naciones: la de José en el norte y la de Judá en el sur. Mucho después, los profetas de Israel anhelaron el día en que las dos naciones hermanas volvieran a ser una sola (Ezequiel 37:19). En Jesús llega ese día. El Rey de la línea de Judá y el hermano exaltado de la historia de José son una misma persona, y en Él la familia dividida de Dios vuelve a reunirse en una sola.
Y ahora, como aquellos hermanos, debemos presentarnos ante aquel a quien traicionamos. Deberíamos temblar, pero desde Su trono Jesús no utiliza Su poder para condenar al mundo, sino para salvarlo (Juan 3:17). Lo que nosotros pensamos para mal, y lo que todos los poderes de la muerte tramaron con malicia, Dios lo ha encauzado hacia la salvación del mundo. El hermano que desechamos se ha convertido en aquel que nos alimenta, nos perdona y nos lleva a casa, a una familia que jamás volverá a romperse.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te dé ojos para ver al Dios que encauza todo mal hacia la vida y cumple Su promesa aun cuando pende de un hilo. Y que puedas ver a Jesús como el Hijo exaltado que perdona a quienes lo traicionaron, se entrega por Sus hermanos y reúne en una sola a Su familia fracturada.

