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devocional

Jeremías 1

Un profeta de calamidad

En Jeremías 1 vemos que el pueblo de Dios esperó casi 400 años antes de que Dios enviara a su último profeta, Jesús, para dar inicio a la restauración anunciada por Jeremías.

¿Qué está pasando?

Jeremías es el profeta de Dios para la nación agonizante de Judá. Cuando Judá se convirtió por primera vez en reino, Dios prometió que siempre daría profetas a su pueblo para guiarlo. Estos profetas tendrían las palabras de Dios en su boca, y dirigirían y guiarían al pueblo de Dios (Deuteronomio 18:14-18). Jeremías es uno de los últimos profetas de Judá y aconsejó a los últimos reyes de Judá. Durante más de 40 años, Jeremías tiene un mensaje claro. Judá ha insultado, desobedecido y rechazado gravemente a su Dios y, como resultado, debe esperar el juicio de Dios en forma de exilio nacional. En lugar de aferrarse a su postura e intentar proteger lo que quedaba de su nación, Judá debe entregar su reino y volverse esclava del país de Babilonia (Jeremías 1:1-3).

Como ocurre con la mayoría de los profetas en la Biblia, Dios se acerca a Jeremías y lo comisiona para esta tarea. Dios le dice que, antes de que naciera, lo eligió para entregar estos oráculos de destrucción a Judá y a todas las naciones soberbias del mundo (Jeremías 1:4-5). Jeremías siente miedo y no se cree apto para la tarea (Jeremías 1:6). Dios dice que él le dará todas las aptitudes que necesita. Estará con Jeremías y lo protegerá de quienes odien su mensaje, y pondrá sus palabras en la boca de Jeremías (Jeremías 1:7-9). Cuando Jeremías diga que una nación será arrancada, derribada, destruida o derrocada, así sucederá. Y cuando profetice que los reinos serán reconstruidos y plantados de nuevo, eso también se cumplirá (Jeremías 1:10). Desde este momento en adelante, Jeremías es el vocero comisionado de Dios, y las naciones se levantarán o caerán según su respuesta a las palabras de Dios en la boca de Jeremías.

Luego Jeremías ve dos visiones. La primera es una rama de almendro, y su propósito es consolar a Jeremías. En hebreo, las palabras «almendro» y «vigilar» son muy parecidas. La imagen de una rama de almendro es la promesa de que Dios está vigilando a Jeremías para asegurar que todo lo que él diga se cumpla (Jeremías 1:11-12). La segunda visión es una olla gigante que hierve sobre un mapa del mundo y derrama su contenido sobre las naciones del sur. Es una imagen mental del mensaje verbal de Jeremías. Una fuerza del norte viene como una inundación para arrasar con Judá y su capital, Jerusalén, por haber insultado, desobedecido y rechazado a su Dios (Jeremías 1:13-16).

Entonces Dios se dirige a Jeremías y le dice que se prepare, porque la misión de su vida está por comenzar (Jeremías 1:17). Dios le dice a Jeremías que estará bajo amenaza constante. Su mensaje de rendición será visto como traición. Será llevado a juicio. Casi todos odiarán sus profecías. Pero mientras Jerusalén arde, Jeremías será una ciudad fortificada. Ninguna arma ni conspiración contra él tendrá éxito, porque Dios estará con él siempre (Jeremías 1:18-19).

¿Dónde está el evangelio?

Jeremías es el profeta escogido por Dios. Recibió el mandato de convencer a Judá de que aceptara el exilio que merecía. Pero Jeremías también fue comisionado para señalar más allá de la muerte nacional de Judá, hacia el día en que Dios reconstruiría y plantaría de nuevo a su pueblo y su reino (Jeremías 1:10). Tristemente, Jeremías murió antes de poder ver a Judá restaurada. El pueblo de Dios esperó casi 400 años antes de que Dios enviara a su último profeta, Jesús, para dar inicio a la restauración anunciada por Jeremías.

Como Jeremías, Jesús fue el profeta comisionado por Dios para anunciar exilio y restauración. Las palabras de Dios estaban en la boca de Jesús (Juan 12:49). Pero, más que Jeremías, se nos dice que Jesús era las palabras de Dios hechas carne. Todo lo que Jesús decía se cumplía (Juan 1:14). Como Jeremías, él profetizó que, antes de que su pueblo fuera restaurado, primero necesitaba arrepentirse de su desobediencia y de su rechazo a Dios aceptando la muerte (Mateo 10:38-39). El pueblo de Dios debe dejar de aferrarse a su postura y morir a su desobediencia para poder ser liberado, reconstruido y restaurado.

Esto era así porque el reino de Dios estaba llegando en Jesús. A lo largo de su vida, Jesús profetizó repetidamente su muerte, prometiendo que por medio de ella el pueblo de Dios entraría en una era de restauración y recibiría un reino eterno (Marcos 8:31-35; Juan 11:25). Jesús murió voluntariamente en una cruz, recibiendo en su cuerpo toda la rebelión y la brutalidad que su pueblo le infligió. Pero aun en la tumba, Dios vigilaba a su profeta, y tres días después lo restauró a la vida. Jesús fue derribado y levantado para que todo el que se arrepienta y acepte la muerte y el exilio de Jesús pueda entrar para siempre en el Reino reconstruido y resucitado de Dios (Mateo 16:24).

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para que veas al Dios que destruye y también reconstruye. Y que veas a Jesús como aquel que murió y resucitó para que nosotros muramos y resucitemos con él.

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