¿Qué está pasando?
Jeremías es el profeta de Dios para la nación agonizante de Judá. Cuando Judá se convirtió por primera vez en reino, Dios prometió que siempre daría profetas a su pueblo para guiarlo. Estos profetas tendrían las palabras de Dios en su boca, y dirigirían y guiarían al pueblo de Dios (Deuteronomio 18:14-18). Jeremías es uno de los últimos profetas de Judá y aconsejó a los últimos reyes de Judá. Durante más de 40 años, Jeremías tiene un mensaje claro. Judá ha insultado, desobedecido y rechazado gravemente a su Dios y, como resultado, debe esperar el juicio de Dios en forma de exilio nacional. En lugar de aferrarse a su postura e intentar proteger lo que quedaba de su nación, Judá debe entregar su reino y volverse esclava del país de Babilonia (Jeremías 1:1-3).
Como ocurre con la mayoría de los profetas en la Biblia, Dios se acerca a Jeremías y lo comisiona para esta tarea. Dios le dice que, antes de que naciera, lo eligió para entregar estos oráculos de destrucción a Judá y a todas las naciones soberbias del mundo (Jeremías 1:4-5). Jeremías siente miedo y no se cree apto para la tarea (Jeremías 1:6). Dios dice que él le dará todas las aptitudes que necesita. Estará con Jeremías y lo protegerá de quienes odien su mensaje, y pondrá sus palabras en la boca de Jeremías (Jeremías 1:7-9). Cuando Jeremías diga que una nación será arrancada, derribada, destruida o derrocada, así sucederá. Y cuando profetice que los reinos serán reconstruidos y plantados de nuevo, eso también se cumplirá (Jeremías 1:10). Desde este momento en adelante, Jeremías es el vocero comisionado de Dios, y las naciones se levantarán o caerán según su respuesta a las palabras de Dios en la boca de Jeremías.
Luego Jeremías ve dos visiones. La primera es una rama de almendro, y su propósito es consolar a Jeremías. En hebreo, las palabras «almendro» y «vigilar» son muy parecidas. La imagen de una rama de almendro es la promesa de que Dios está vigilando a Jeremías para asegurar que todo lo que él diga se cumpla (Jeremías 1:11-12). La segunda visión es una olla gigante que hierve sobre un mapa del mundo y derrama su contenido sobre las naciones del sur. Es una imagen mental del mensaje verbal de Jeremías. Una fuerza del norte viene como una inundación para arrasar con Judá y su capital, Jerusalén, por haber insultado, desobedecido y rechazado a su Dios (Jeremías 1:13-16).
Entonces Dios se dirige a Jeremías y le dice que se prepare, porque la misión de su vida está por comenzar (Jeremías 1:17). Dios le dice a Jeremías que estará bajo amenaza constante. Su mensaje de rendición será visto como traición. Será llevado a juicio. Casi todos odiarán sus profecías. Pero mientras Jerusalén arde, Jeremías será una ciudad fortificada. Ninguna arma ni conspiración contra él tendrá éxito, porque Dios estará con él siempre (Jeremías 1:18-19).
¿Dónde está el evangelio?
Jeremías es el profeta escogido por Dios. Recibió el mandato de convencer a Judá de que aceptara el exilio que merecía. Pero Jeremías también fue comisionado para señalar más allá de la muerte nacional de Judá, hacia el día en que Dios reconstruiría y plantaría de nuevo a su pueblo y su reino (Jeremías 1:10). Tristemente, Jeremías murió antes de poder ver a Judá restaurada. El pueblo de Dios esperó casi 400 años antes de que Dios enviara a su último profeta, Jesús, para dar inicio a la restauración anunciada por Jeremías.
Como Jeremías, Jesús fue el profeta comisionado por Dios para anunciar exilio y restauración. Las palabras de Dios estaban en la boca de Jesús (Juan 12:49). Pero, más que Jeremías, se nos dice que Jesús era las palabras de Dios hechas carne. Todo lo que Jesús decía se cumplía (Juan 1:14). Como Jeremías, él profetizó que, antes de que su pueblo fuera restaurado, primero necesitaba arrepentirse de su desobediencia y de su rechazo a Dios aceptando la muerte (Mateo 10:38-39). El pueblo de Dios debe dejar de aferrarse a su postura y morir a su desobediencia para poder ser liberado, reconstruido y restaurado.
Esto era así porque el reino de Dios estaba llegando en Jesús. A lo largo de su vida, Jesús profetizó repetidamente su muerte, prometiendo que por medio de ella el pueblo de Dios entraría en una era de restauración y recibiría un reino eterno (Marcos 8:31-35; Juan 11:25). Jesús murió voluntariamente en una cruz, recibiendo en su cuerpo toda la rebelión y la brutalidad que su pueblo le infligió. Pero aun en la tumba, Dios vigilaba a su profeta, y tres días después lo restauró a la vida. Jesús fue derribado y levantado para que todo el que se arrepienta y acepte la muerte y el exilio de Jesús pueda entrar para siempre en el Reino reconstruido y resucitado de Dios (Mateo 16:24).
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para que veas al Dios que destruye y también reconstruye. Y que veas a Jesús como aquel que murió y resucitó para que nosotros muramos y resucitemos con él.


