¿Qué está pasando?
Durante 40 años, Jeremías ha profetizado que Dios algún día enviaría a Babilonia para invadir Judá y llevar al exilio a sus habitantes por no haber escuchado ni obedecido a Dios. Pero la última profecía de Jeremías se le entrega al rey de Babilonia justo antes de que Babilonia sitie a Judá. En ella, Jeremías anuncia la destrucción de Babilonia por haber abusado del papel que le correspondía en el exilio de Judá (Jeremías 51:59-64). La última profecía de Jeremías no habla del castigo merecido de Judá, sino de la derrota del enemigo de Judá y de la restauración definitiva de Judá.
Jeremías predice la ruina de Babilonia y cómo Dios vengará la violencia que Babilonia infligió con placer contra Judá (Jeremías 50:1-13). Y por su arrogancia, toda su civilización quedará en ruinas y humillada (Jeremías 50:31-32). Aunque durante décadas fue un depredador, cazando y conquistando a los débiles, Dios levantará una nación aún más grande para convertir a Babilonia en presa (Jeremías 51:34-35). Y cada ídolo al que Babilonia ha orado y en el que ha confiado será expuesto como lo que realmente es: masas de metal sin vida (Jeremías 51:17-19). Por todo lo malo que Babilonia ha infligido e infligirá al pueblo de Dios, Jeremías promete que Dios los hará rendir cuentas, destruirá a los culpables y liberará a su pueblo (Jeremías 51:24). Babilonia pronto será juzgada por su gran maldad. Pronto, el pueblo de Dios regresará a su tierra.
El capítulo final de Jeremías no es una profecía en absoluto. Más bien, describe con detalles espantosos la caída de Judá en manos de Babilonia y cómo todas las advertencias que Jeremías pronunció durante 40 años se cumplieron. El rey de Judá es capturado y sus hijos son asesinados. Los habitantes de Judá primero son sometidos al hambre y luego llevados al exilio. Tanto la capital de Judá como el templo de Dios son incendiados hasta los cimientos (Jeremías 52:1-17). Cada metal precioso y cada objeto sagrado es pesado, registrado y añadido al tesoro de Babilonia (Jeremías 52:18-23). Finalmente, los que no son llevados al exilio quedan como mendigos o son ejecutados (Jeremías 52:24-30).
El último capítulo de Jeremías relata la caída de Judá con extremo detalle porque eso significa que hay esperanza. Si Jeremías tuvo razón acerca de la caída de Judá, entonces también debe tener razón acerca de la caída de Babilonia. Si Judá ha sido juzgada, Babilonia caerá tal como Dios lo dijo. Como señal de que Dios hará esto, Jeremías nos cuenta que un príncipe de la familia real exiliada de Judá ahora se sienta a la mesa del rey de Babilonia (Jeremías 52:31-34). La familia real de Dios sigue viva, Judá no está muerta y un nuevo rey se ha levantado en el exilio. Jeremías termina con la esperanza de que, si todas las profecías de ruina de Dios se han cumplido, también se cumplirán sus promesas de restauración para Judá y de derrota para sus enemigos.
¿Dónde está el evangelio?
Las profecías de Jeremías no solo se cumplieron en su tiempo; también establecieron el patrón de cómo Dios trata el mal y el orgullo en cada época. La esperanza futura de que Babilonia caería se fundamentaba en el hecho de que la destrucción y el exilio anunciados para Judá se cumplieron. Una vez que el juicio hizo su obra, siguió la restauración. De la misma manera, nuestra esperanza de que el mal, la violencia y la opresión no tendrán la última palabra se fundamenta en lo que Dios ya hizo mediante la muerte y la resurrección de Jesús.
Jesús no venció los poderes de este mundo escapando de la muerte, sino entrando plenamente en ella (Filipenses 2:6-8). Fue entregado a la autoridad violenta del mundo, sufrió en manos del imperio y fue exiliado a la tumba. Sin embargo, la muerte no pudo retenerlo (Hechos 2:24). Dios resucitó a Jesús de entre los muertos, vindicándolo públicamente y revelando que los poderes que lo crucificaron habían quedado expuestos y derrotados (Colosenses 2:15). La resurrección declara que el exilio no es el final y que la muerte no es el gobernante final (1 Corintios 15:54-57).
El libro de Apocalipsis cuenta esta misma historia usando el patrón de Jeremías. Una de sus primeras imágenes es la de un Cordero sacrificado que está de pie, vivo, sobre un trono (Apocalipsis 5:6). Como el rey de Judá que fue levantado en el exilio para sentarse a la mesa de Babilonia, Jesús es resucitado de la muerte y entronizado en el Cielo. Sus heridas no son señales de castigo, sino testimonio de que lo peor que el mundo pudo hacer ya ha sido vencido (Apocalipsis 5:9). Y así como Babilonia cayó después del exilio de Judá, Apocalipsis retrata al sistema violento del mundo como “Babilonia”, destinada a derrumbarse bajo su propio orgullo e injusticia (Apocalipsis 18:1-8).
La historia no termina con destrucción. Dios vuelve a habitar con su pueblo, establece un Reino eterno y renueva toda la Tierra (Apocalipsis 21:1-5). La esperanza que Jeremías sostuvo —que el juicio daría paso a la restauración— encuentra su expresión más plena en Jesús. Su resurrección es a la vez prueba y promesa de que Dios terminará lo que ha comenzado: se acabará con el mal, el orgullo caerá y la vida será restaurada.
Así que, como los primeros lectores de Jeremías, esperamos. Esperamos el día en que toda violencia e injusticia sean finalmente deshechas. Y mientras esperamos, levantamos la mirada a Jesús —resucitado de entre los muertos, sentado en el trono de Dios— como señal viva de que el exilio no vence, la muerte no gobierna y la vida de resurrección viene para el mundo entero.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que saca vida del exilio. Y que puedas ver a Jesús como el Rey resucitado, cuya resurrección promete que la muerte, la injusticia y la pérdida no tendrán la última palabra.


