Hace 1600 años los cristianos comenzaron a llamar «Semana Santa» a los últimos días de la vida de Jesús. El Martes Santo recuerda el día en que Jesús maldice una higuera y esta se seca hasta la raíz.
Israel, y en particular sus sacerdotes y su templo, eran el plan que Dios había dispuesto para extender su amor y su bendición a todas las naciones. Pero los sacerdotes de la época de Jesús hacían imposible que los extranjeros adoraran a Dios (Mateo 21:13). La fe de la élite religiosa se había apartado de su propósito original y ahora era una religión muerta. Ayer recordamos cómo Jesús, con un látigo en la mano, confrontó al sistema religioso establecido de Israel.
Igual que Jesús, los profetas de la Biblia hebrea muchas veces hablaron contra los sacerdotes de Israel y su liderazgo del templo. Muchos, como el profeta Miqueas, los describieron como árboles enfermos que de lejos parecían sanos, pero de cerca estaban podridos y no daban fruto (Miqueas 7:1-7). Así que a la mañana siguiente, cuando Jesús ve una higuera sin fruto, la maldice y esta se seca (Mateo 21:19). Es un símbolo profético para sus discípulos: el liderazgo actual del templo de Israel ha olvidado su propósito. Está corrompido, está muerto y debe ser destruido.
Los discípulos no captan el simbolismo y solo preguntan cómo se secó la higuera tan rápido. Jesús les responde: «Les aseguro que, si tienen fe y no dudan, no solo podrán hacer lo que se hizo con la higuera, sino que también podrán decirle a este monte: “¡Quítate de ahí y tírate al mar!”, y así sucederá» (Mateo 21:21).
Pero Jesús no está explicando cómo los discípulos pueden ir a maldecir su propia higuera o lanzar sus problemas al océano. Les está diciendo cómo caerá el sistema religioso establecido de Israel. Cuando los discípulos oren con fe, el monte sobre el que está construido el templo se derrumbará. Por medio de la fe de los discípulos, el liderazgo corrupto de Israel caerá. Jesús ha venido a limpiar el templo de su religión muerta, y espera que sus discípulos compartan esa responsabilidad. Ellos son parte de su rebelión contra el statu quo religioso corrupto.
En los versículos que siguen al pasaje de hoy, los líderes religiosos cuestionan con qué derecho Jesús afirma el fin de su sistema del templo (Mateo 21:23). Jesús responde una y otra vez con historias y parábolas que dejan al descubierto su corrupción (Mateo 21:33-46). Y luego, como los profetas antes de él, Jesús predice la destrucción del templo de Israel a manos de un ejército invasor (Mateo 24:1-2). Los líderes religiosos de Israel no pueden soportarlo más y siguen tramando cómo matar a Jesús (Mateo 26:3-4).
El Martes Santo es buena noticia porque Jesús anuncia el fin de un orden religioso corrupto y el amanecer de un nuevo pueblo de Dios global. Y más que eso, nos invita a unirnos a él tanto para maldecir la religión muerta como para crear una Iglesia nueva e indestructible. Y Jesús dice que la manera en que tanto peleamos como edificamos es por medio de la oración.
Cuando le pidamos a Dios, con fe, que derribe la religión muerta, él lo hará. Y cuando le pidamos que edifique en su lugar una Iglesia global que no pueda ser destruida, también lo hará. Y Dios garantiza que estas oraciones serán respondidas en la muerte y resurrección de Jesús. Porque Jesús muere, sabemos que toda religión muerta algún día será juzgada por sus fracasos. Pero porque Jesús resucitó de entre los muertos, sabemos que en su lugar Jesús está levantando un templo nuevo, llamado la Iglesia, que nunca podrá ser destruido, ni siquiera por la muerte.
Así que oro para que en este Martes Santo aceptes que Jesús está creando un nuevo orden religioso en nosotros. Y que por fe podamos unirnos a Jesús para derribar los sistemas religiosos corruptos y edificar en su lugar una Iglesia que la muerte, la corrupción o las intrigas de los hombres jamás destruirán.


