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devocional

Salmo 103

Alaba, alma mía, al SEÑOR

En el Salmo 103 vemos que el acto supremo de compasión de Dios se demostró cuando Dios envió a Jesús para perdonar a personas indignas como nosotros.

¿Qué está pasando?

En el Salmo 103, el salmista, el rey David, ordena tanto a su alma como a la nación que dirige que celebren la compasión de Dios hacia ellos. David se dirige primero a su alma (Salmo 103:1). Se recuerda a sí mismo todas las formas en que Dios ha sido compasivo con él (Salmo 103:2). Dios no solo ha perdonado sus pecados, ha sanado sus enfermedades y lo ha rescatado de una muerte segura, sino que además lo ha colmado de amor, ha satisfecho todos sus deseos y le ha dado fuerzas cuando se sentía débil (Salmo 103:3-5). Dios ha sido constantemente compasivo con David, así que él se dice a sí mismo que alabe al guardián y proveedor de su alma. 

Luego David se dirige a su nación. Como nación, han experimentado y disfrutado la compasión de Dios a lo largo de su historia. La compasión de Dios lo movió a liberarlos de la esclavitud en Egipto (Salmo 103:6-7). Cuando el pueblo de Dios respondió a esa compasión con rebeldía y odio, Dios no los trató como su rebeldía merecía. Al contrario, les dijo que él es un Dios lento para la ira y que abundará en compasión hacia ellos (Salmo 103:8-10). Perdonó a sus antepasados por su rebeldía y borró por completo sus pecados del mapa (Salmo 103:11-12). Como un padre paciente, el amor compasivo de Dios trató con ternura a sus hijos desobedientes (Salmo 103:14-16). Después David declara que la compasión de Dios se extenderá eternamente hacia el futuro de su pueblo. Puesto que Dios vive para siempre, así también debe ser su amor por su pueblo (Salmo 103:17-19). Entonces David termina su canto ordenando a los ángeles que se unan a su nación para celebrar a su Dios infinitamente compasivo (Salmo 103:20-22).

¿Dónde está el evangelio?

Como David, deberíamos recordarnos a nosotros mismos y a quienes nos rodean la asombrosa compasión de Dios. Una manera de hacerlo es recordar todas las formas en que Dios nos ha protegido y provisto en su amor. Pero el acto supremo de compasión de Dios se demostró cuando Dios envió a Jesús para perdonar a personas indignas como nosotros.

Cuando miramos a Jesús, vemos la compasión de Dios hacia su pueblo. El ministerio terrenal de Jesús se caracterizó por perdonar pecados, sanar enfermedades y resucitar muertos (Mateo 4:23; 9:20-25). Pero, igual que sus antepasados, la gente de los días de Jesús odió y se rebeló contra sus muestras de compasión y perdón. Sin embargo, Jesús era tan lento para la ira que se negó a defenderse y permitió que lo torturaran y lo mataran. Abundando en compasión, incluso le pidió a Dios que perdonara a sus verdugos mientras clavaban sus manos y sus pies en una cruz (Lucas 23:34). Pero en su muerte, Jesús hacía más que simplemente ser lento para la ira. Jesús moría como merecían los rebeldes, para que rebeldes como nosotros pudiéramos vivir como si nuestros pecados hubieran sido borrados del mapa. Luego Jesús resucitó de entre los muertos para mostrar que la compasión de Dios se extiende más allá de la tumba. Y como Jesús ahora vive para siempre, la compasión amorosa de Dios hacia su pueblo tampoco tiene fin (1 Juan 5:11-13).

Todos hemos hecho cosas que nos han descalificado para el amor de Dios. Pero aun así podemos cantar el Salmo 103 a nuestras almas porque, en Jesús, Dios no nos trata como nuestros pecados merecen. Gracias a Jesús, somos hijos de Dios que hemos sido sumergidos en la compasión y el amor sin fin de nuestro Padre paciente (1 Juan 3:1). 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que no nos trata como nuestros pecados merecen. Y que veas a Jesús como aquel que murió y resucitó para mostrar que la compasión amorosa de Dios nunca se agota para sus hijos.

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