¿Qué está pasando?
En el Salmo 102, un hombre que sufre (quizá el rey de Jerusalén después de que Babilonia la destruyó) le pide a Dios que lo restaure a él y a la ciudad en la que vive. El hombre le ruega a Dios que le salve la vida, la cual se desvanece como el humo (Salmo 102:1-3). La miseria lo ha llevado al borde de la muerte, y sus enemigos han aprovechado la ocasión para destruir su reputación (Salmo 102:8, 11). El dolor deteriora su salud y le carcome los huesos (Salmo 102:3-11). Su alimento, cuando se acuerda de comer, son cenizas y lágrimas (Salmo 102:9). Abrumado, lamenta que Jerusalén haya caído porque Dios lo ha permitido (Salmo 102:10). En justa ira por la corrupción y la maldad de su pueblo, Dios permitió que Babilonia la incendiara. Y cuando permanece despierto y solo por la noche, estos pensamientos lo atormentan (Salmo 102:6-7).
Pero el hombre también sabe que la destrucción de Jerusalén no puede ser la última acción de Dios hacia la capital de su pueblo. Él sabe que Dios ama a Jerusalén y que puede reconstruir la ciudad en ruinas (Salmo 102:13-16). Así que ora por su resurrección. Aunque su vida está siendo acortada, sabe que Dios puede reconstruir a su pueblo (Salmo 102:23-24). Le ruega a Dios que alimente a los hambrientos, que responda a sus clamores de auxilio, que libere a los prisioneros y que perdone a los condenados a muerte (Salmo 102:17-20). Si no lo hace por causa de su pueblo, que lo haga por el hecho de que, en su rescate, toda Jerusalén y el mundo entero no podrían menos que reconocer que Dios es el que resucita a su rey y reconstruye su reino (Salmo 102:21-22). El hombre sabe que si Dios existía antes de que el mundo comenzara y creó todo en la tierra, puede fácilmente responder a sus oraciones y levantar de sus ruinas al pueblo que ama (Salmo 102:25-26). El hombre sabe que si Dios es verdaderamente eterno, su amor y su poder no cambiarán. Así que, en la última línea del cántico, ora para que Dios actúe conforme a su carácter eterno y halle la manera de levantar a su pueblo de la muerte (Salmo 102:27-28).
¿Dónde está el evangelio?
Jesús es el hombre que sufre y el rey del Salmo 102. Como hombre, experimentó el hambre, la persecución y las dificultades, y estaba bien familiarizado con el sufrimiento (Mateo 2:13-15; 4:1-2; 8:20; Isaías 53:3). Y como descendiente de la línea real de Israel, era rey y heredero del trono de Jerusalén (Mateo 1:17; Lucas 2:4-5). Como el rey que sufre del Salmo 102, Jesús sabía que la resurrección solo podía venir después de la muerte (Lucas 24:7). Así que se entregó voluntariamente a sus enemigos, que buscaban destruir su cuerpo y su reputación (Marcos 14:56; 15:16-20). Jesús permitió de buena voluntad que su vida fuera acortada porque sabía que Dios podía reconstruirlo a él y a su reino al otro lado del sufrimiento. Después de tres días en el sepulcro, Jesús resucitó de entre los muertos. La resurrección de Jesús fue más que un acontecimiento milagroso e irrepetible; prefigura la resurrección del mundo entero (1 Corintios 15:20; Apocalipsis 21:5). Porque Jesús es también el Dios que hizo el mundo entero, el hecho de que él se levantara de la muerte es la garantía de que su mundo y su pueblo también serán resucitados y reconstruidos (Hebreos 1:10-11).
Hoy, hacia dondequiera que miremos, vemos que el mundo no es como Dios quiere que sea. La depresión, el dolor y los ejércitos aterrorizan tanto a las personas como a las ciudades. No importa dónde vivamos, vemos que el mundo necesita ser reconstruido por el poder de la resurrección de Jesús. Pero gracias a Jesús, nuestra experiencia del sufrimiento nunca será la última acción de Dios hacia el pueblo que ama: la resurrección lo será. Así que, como el salmista, nosotros también podemos clamar por el rescate y la restauración de Dios, y sabemos que él los concederá.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que resucita a su pueblo y a su reino. Y que puedas ver a Jesús como aquel cuya resurrección garantiza la resurrección y la restauración del mundo entero.

