¿Qué está pasando?
El cántico del Salmo 99 llama al pueblo de Dios a adorarlo como Rey santo. La palabra «santo» significa «separado de» o «único». Y el salmista quiere que adoremos el poder, la justicia y el perdón incomparables de Dios. Invita al pueblo de Dios a considerar cómo Dios es distinto, único y separado de todo otro ser en el universo.
Primero, el salmista celebra a Dios como un ser de poder único y santo. Dios es rey, pero su trono, a diferencia del de cualquier otro gobernante, está flanqueado por seres espirituales de fuego llamados querubines (Salmo 99:1). Y a diferencia de todos los demás reyes, su gobierno se extiende más allá de las fronteras de su pueblo en Israel y alcanza a todos los demás países de la Tierra (Salmo 99:2). Cada nación de la Tierra responde a su autoridad y se somete a él (Salmo 99:1). Dios es santo en su poder universal (Salmo 99:3).
Segundo, Dios es santo porque es justo. Usa su poder incomparable no para sacar ventaja, sino para hacer justicia en medio de su pueblo (Salmo 99:4). Dios castiga el mal y recompensa el bien. A diferencia de la mayoría, él nunca abusa de su poder absoluto. Porque Dios es santo en su justicia, siempre ha juzgado y siempre juzgará correctamente (Salmo 99:5).
Por último, el salmista alaba el perdón santo e incomparable de Dios. En su justicia santa, Dios sigue escuchando a su pueblo cuando le piden misericordia (Salmo 99:6). Incluso cuando el pueblo de Dios y sus líderes hacen lo malo y han desobedecido sus mandamientos, Dios perdona a su pueblo, a pesar de tener el derecho de castigarlo. Dios es santo de manera única porque su poder incomparable y su justicia absoluta no impiden su misericordia y su perdón (Salmo 99:7-8). Por estas tres razones —el perdón, la justicia y el poder santos y únicos de Dios—, el pueblo de Dios debe adorarlo (Salmo 99:9).
¿Dónde está el evangelio?
El Rey santo del Salmo 99 visitó a su pueblo en la persona de Jesús (Hebreos 1:3). En su vida, Jesús demostró toda la fuerza del poder santo de Dios (Colosenses 1:19). Cuando los enemigos de Jesús vinieron a arrestarlo, él reveló que tenía un ejército de ángeles a sus órdenes (Mateo 26:53). Luego, con solo pronunciar su nombre, quienes venían a apresarlo cayeron al suelo, sometidos a su autoridad (Juan 18:6). Jesús era el poder santo de Dios en carne y hueso.
Jesús también trajo la justicia santa de Dios a su pueblo. Abogó por las víctimas y humilló a los orgullosos (Juan 5:5-9; Lucas 14:1-6). Defendió a los pecadores frente a sus acusadores (Lucas 5:20; Juan 8:3-11). Liberó a los oprimidos, sanó a los enfermos y libertó a los que estaban en esclavitud espiritual. Honró a las mujeres y a los marginados, tocó a los excluidos y les dijo a los ávidos de poder que se hicieran como niños pequeños (Juan 4:7-26; Mateo 8:2-3; Mateo 18:1-4). Jesús veía y trataba a las personas como Dios lo hacía. Jesús era santo en su justicia.
Finalmente, Jesús demuestra el perdón santo de Dios. Durante su vida perdonó a los pecadores y les dijo a sus seguidores que perdonaran a quienes les hicieran mal (Mateo 6:12). Vino al mundo para morir por aquellos que le habían hecho mal a Dios. Incluso cuando los verdugos romanos clavaron clavos en sus manos y sus pies, Jesús no lanzó maldiciones contra quienes lo atormentaban. Oró para que fueran perdonados (Lucas 23:33-34). Mientras Jesús se asfixiaba en la cruz, un criminal junto a él le pidió misericordia, y Jesús la concedió gratuitamente (Lucas 23:41-43). Derramó su sangre y murió en agonía para traer perdón a todos los que lo piden (Mateo 26:28; 1 Juan 1:9). Nadie perdona como Jesús. Él es el Rey santo que es poderoso, justo y perdonador.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para que veas el poder, la justicia y el perdón santos de Dios. Y que veas a Jesús como aquel que merece toda tu adoración.

