¿Qué está pasando?
El mundo tal como Judá lo conoce será destruido pronto por la ira ardiente de Dios contra el orgullo, la violencia y la idolatría de sus líderes. Los únicos que hallarán refugio ese día son los humildes (Sofonías 2:3). En los capítulos dos y tres, Sofonías presenta varias profecías que explican que el fuego purificador de Dios dejará desolados a los que ahora tienen el poder y dejará atrás un mundo sin orgullo ni maldad para que los humildes lo hereden.
Los centros económicos de Filistea, la nación rival, se derrumbarán y sus rutas comerciales caerán (Sofonías 2:4-5). Después del fuego purificador de Dios, la civilización filistea quedará convertida en pastizales (Sofonías 2:6). Y el pueblo de Judá vivirá como humildes pastores entre las ruinas de una potencia económica que antes fue orgullosa (Sofonías 2:7).
Las naciones de Moab y Amón han sido arrogantes con Judá, la han insultado y amenazado (Sofonías 2:8, 10). Confiadas en sus propios dioses, ven al Dios de Israel como débil. Pero el Dios de Israel destruirá a los dioses de Moab y Amón (Sofonías 2:11). Las tierras que esas deidades protegen, Dios las convertirá en fosas de azufre y sal (Sofonías 2:9a). Pero los humildes sobrevivientes que confían en Dios se apoderarán del botín de lo que no sea quemado (Sofonías 2:9b).
Asiria se jacta de que su capital, Nínive, es única en el mundo (Sofonías 2:15a). Pero todos los logros culturales y los placeres de esa ciudad se secarán bajo el calor del desierto (Sofonías 2:13). Y donde una cultura antes entregada a los excesos se desbordó sin freno, simples animales harán sus hogares (Sofonías 2:14).
Sofonías dice que Dios esperaba que su ira contra el mundo que Judá tan de cerca imitaba la llevara a apartarse de su orgullo, su violencia y su idolatría (Sofonías 3:6-7). Esperaba que su fuego purificador hiciera de Judá un reino al cual acudirían todos los humildes del mundo. Pero como no ha sido así, Dios le dice a la orgullosa Judá que espere su destrucción inevitable (Sofonías 3:8).
Como pueblo de Dios, ellos llevaban un llamado especial: reflejar la pureza moral, el amor y la generosidad de Dios ante un mundo que los observaba (Sofonías 3:5). En cambio, ellos observaron al mundo y reflejaron su opresión, su rebeldía y su impureza (Sofonías 3:1). Desobedientes, los gobernantes de Judá son leones y lobos, sus profetas son traicioneros y sus sacerdotes profanan lo santo (Sofonías 3:2-4). Judá será la última y la menor de las naciones que Dios purificará.
¿Dónde está el evangelio?
El propósito del fuego de Dios no es la aniquilación, sino la pureza. El fuego de Dios humilla a los orgullosos, pero levanta a los humildes. Dios esperaba que, cuando Judá viera su fuego en medio de las naciones, eso la llevara a apartarse de su orgullo y a convertirse en un reino donde acudirían los humildes. Dios espera lo mismo para nosotros por medio de Jesús.
Como Judá, Jesús llevaba un llamado especial: reflejar la pureza moral, el amor y la generosidad de Dios ante un mundo que lo observaba (Hebreos 1:3). ¡Y lo hizo a la perfección! Él fue la imagen de Dios hecha carne. Pero Jesús también experimentó la ira ardiente de Dios contra el orgullo de Judá. El Apóstol Pablo llega a decir que Jesús se hizo pecado por su pueblo (2 Corintios 5:21). Así como las faltas de los líderes de Judá atrajeron el fuego de Dios sobre ellos mismos y sobre el mundo, Jesús invitó el fuego purificador de Dios sobre sí mismo en lugar del mundo. Y tal como Sofonías esperaba, al otro lado del fuego de Dios, los humildes y los pobres heredan el Reino de Dios en la Tierra (Mateo 5:3, 5).
En los días de Judá, el fuego purificador de Dios dejó atrás un mundo para que lo heredaran humildes pastores, sobrevivientes heridos y animales salvajes. Y en Jesús, son humildes pastores los primeros en encontrarse con el Rey Jesús, que tiene su corte entre simples animales (Lucas 2:8-20). Y es a los pobres y oprimidos a quienes Jesús primero predicó su buena noticia (Lucas 4:18-19). La vida y la muerte de Jesús nos dicen que el fuego purificador de Dios ha puesto fin a una era de maldad y orgullo, y que los humildes por fin pueden heredar la Tierra.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos y veas al Dios que purifica el mundo como fuego. Y que veas a Jesús como aquel que fue juzgado para que los humildes pudieran heredar el mundo.


