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devocional

1 Crónicas 17

Dios edifica una casa

En 1 Crónicas 17 vemos que Jesús, el Hijo que fue prometido a David, nos acerca a Dios para siempre, a pesar de nuestros errores, nuestros pecados y nuestros fracasos en seguir sus mandamientos.

¿Qué está pasando?

El rey David acaba de terminar de construir su palacio real en su capital recién establecida, Jerusalén. David también ha colocado el arca de Dios, el objeto santo desde donde Dios habla y guía a David, en la capital. Pero David no está satisfecho. El tabernáculo, el lugar santo comisionado por Moisés donde Israel ofrecía sacrificios, no es más que una tienda de campaña. David quiere trasladar la tienda de Dios a Jerusalén y construirle a Dios una casa magnífica que esté a la altura del palacio y de la ciudad que Dios ya le ha dado a David (1 Crónicas 17:1-2).

Pero Dios le dice a David que nunca le ha pedido a ninguno de los líderes anteriores de Israel un edificio más impresionante. Siempre se ha contentado con andar con su pueblo en su tienda (1 Crónicas 17:3-6). Sin embargo, en respuesta al buen deseo de David de edificarle una casa a Dios, Dios dice que él le edificará una casa a David: una dinastía por medio de la cual todo el pueblo de Dios conocerá provisión y paz perfectas (1 Crónicas 17:7-10). Dios promete que uno de sus hijos construirá el templo que David ha pedido edificar. Dios promete que el hijo de David será su Hijo y que establecerá su reino para siempre (1 Crónicas 17:11-15). El deseo de David de hacer algo grande para Dios queda ampliamente superado por lo que Dios quiere hacer por él.

Abrumado de gratitud, David se acerca al arca de Dios. Es la primera vez que se acerca tanto a la presencia de Dios desde que manejó el arca indebidamente y uno de sus hombres murió (1 Crónicas 17:16-17; 13:10-12). Alaba a Dios porque no se parece a ningún otro dios del que haya oído hablar. Ningún otro dios ha decidido rescatar a un pueblo esclavizado y hacerlo el centro de un Reino eterno (1 Crónicas 17:18-22). A la luz de sus errores del pasado, David admite que ha tenido miedo de acercarse al arca de Dios. Pero las promesas increíblemente clementes de Dios le han dado valor para acercarse a Dios una vez más y recibir lo que le ha sido prometido. Ahora que está aquí, lo único que pide es que Dios siga siendo fiel y haga todo lo que ha prometido (1 Crónicas 17:25-27).

¿Dónde está el evangelio?

Cuando David intentó por primera vez llevar el arca de Dios a Jerusalén, quebrantó una de las leyes de Dios y, como resultado, uno de sus hombres murió. Desde ese momento, David tuvo miedo de acercarse demasiado al arca de Dios. David hizo muchas cosas grandes para Dios: preparó sacerdotes, ofreció sacrificios, llevó el arca de Dios a Jerusalén e incluso quiso edificarle a Dios un templo. Pero debajo de todas estas buenas acciones había un temor: que Dios todavía estuviera enojado con él y que él no fuera digno de acercarse al Dios contra quien había hecho lo malo. 

Pero el temor de David era innecesario. Dios estaba planeando para David algo mucho más grande de lo que David podría jamás edificar para Dios. Dios quería prometerle a David una dinastía eterna en la que uno de sus hijos reinaría para siempre. David probablemente supuso que Dios estaba hablando de su hijo Salomón y que esta dinastía «eterna» sería una sucesión ininterrumpida de hijos en el trono de Israel. Pero Dios nunca dice que Salomón sea el hijo al que se refiere, ni que con «eterna» quisiera decir una línea ininterrumpida de reyes. Lo que Dios dice es que el hijo de David sería el Hijo de Dios, y que este Hijo divino y davídico reinaría para siempre (1 Crónicas 17:13). Dios le estaba hablando a David acerca de Jesús. Y aunque David quizá no lo comprendió del todo, la promesa de Dios prevaleció sobre su temor, y David entró de nuevo en la presencia de Dios. 

Aún más que David, nosotros no tenemos que temer que nuestros errores del pasado nos impidan estar cerca de Dios. A pesar de nuestros errores, el Hijo que Dios le prometió a David se ha acercado a nosotros en Jesús. Jesús asumió la responsabilidad por todas las formas en que hemos quebrantado los mandamientos de Dios. Murió separado de Dios, como deberíamos estarlo nosotros. Pero Jesús resucitó de entre los muertos y ahora está sentado en un trono en el Cielo. Y desde su trono nos ofrece algo mucho más grande de lo que jamás podríamos ganar con toda una vida de obediencia: una cercanía con Dios inquebrantable y sin temor. 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para que veas al Dios que hace y cumple sus promesas a David. Y que veas a Jesús como el Hijo de David que nos acerca a Dios para siempre. 

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