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devocional

2 Crónicas 10-12

El reino se divide

En 2 Crónicas 10-12 vemos que Jesús es el Rey que escucha la voz de Dios y que gobierna no con fuerza y brutalidad, sino cargando con humildad las cargas de su pueblo.

¿Qué está pasando?

El destino del pueblo de Dios depende de buscar y escuchar la voz de Dios. Los reyes David y Salomón inauguraron una era de paz y prosperidad sin precedentes para Israel porque escucharon a Dios con humildad. Pero el hijo de Salomón no escucha a Dios, y como resultado Israel se derrumba rápidamente. En lugar de coronarse en Jerusalén y en el templo de Dios, Roboán se corona en una ciudad lejana, sin ofrecer sacrificios ni oraciones a Dios (2 Crónicas 10:1). De inmediato, un antiguo jefe de Estado, Jeroboán, reúne a un grupo de esclavos descontentos y le presenta un ultimátum al nuevo rey (2 Crónicas 10:2-3). Si no alivia la carga de trabajo que Salomón les impuso, dejarán de ser leales a la dinastía de David. Roboán pide tres días para considerar ese ultimátum (2 Crónicas 10:4-5). 

Dios está probando a Roboán para ver si buscará su dirección como lo hicieron sus antepasados. Pero Roboán no lo hace, ni siquiera cuando sus consejeros reales están divididos. Los consejeros que sirvieron bajo Salomón le sugieren ceder a las demandas de Jeroboán para asegurar tanto la unidad de Israel como la lealtad de su fuerza de trabajo (2 Crónicas 10:6-7). Pero los contemporáneos de Roboán le aconsejan amenazar a esos esclavos insubordinados con cargas más pesadas hasta que se sometan (2 Crónicas 10:8-11). Roboán no le pide consejo a Dios. En cambio, se pone del lado de sus consejeros más jóvenes y amenaza con someter a latigazos a sus esclavos. Dirigidos por Jeroboán, los esclavos se rebelan (2 Crónicas 10:12-16). Diez de las doce tribus de Israel se ponen del lado de Jeroboán contra la dinastía davídica, e Israel se divide en dos (2 Crónicas 10:17-19). 

Israel se ha dividido porque Roboán no buscó ni escuchó a Dios. En un intento de recuperar el control de Israel, Roboán le declara la guerra al reino de Jeroboán. Pero antes de que pueda atacar, Dios habla por medio de un profeta y le dice a Roboán que se detenga. Sorprendentemente, él escucha. Roboán evita una guerra sangrienta y prefiere fortificar las ciudades vulnerables por todo el territorio tribal de Judá y Benjamín (2 Crónicas 11:1-12). Mientras tanto, Jeroboán construye un templo alternativo al de Jerusalén, lo dota de un becerro de oro y destierra a la tribu sacerdotal de Dios. En respuesta, la tribu de Leví abandona a Jeroboán y se une de nuevo a Roboán (2 Crónicas 11:13-17). A pesar de su fracaso anterior, el reino de Roboán queda parcialmente restaurado cuando él escucha a Dios (2 Crónicas 11:18-22).

Pero a medida que el reino de Roboán se vuelve más seguro, él deja otra vez de escuchar cuando Dios habla. El rey de Egipto ataca a Roboán y le arrebata varias de las ciudades que había fortificado recientemente (2 Crónicas 12:1-4). El mismo profeta que antes le advirtió le dice que están perdiendo ante Egipto porque han dejado de escuchar las leyes de Dios (2 Crónicas 12:5). Pero, como antes, Roboán escucha. Entonces Dios contiene a Egipto y le permite gobernar su mitad de un Israel dividido por otros doce años (2 Crónicas 12:6-12). Aunque Roboán escucha a Dios en ocasiones, el no haber buscado la dirección de Dios ha dividido permanentemente a su país (2 Crónicas 12:14).

¿Dónde está el evangelio?

El cronista quiere que sus lectores entiendan que el destino del pueblo de Dios depende de un rey del linaje de David que busque y escuche la voz de Dios. La primera historia del libro de Crónicas recuerda cómo el primer rey de Israel no escuchó a Dios, fue derrotado en batalla y se quitó la vida (1 Crónicas 10:1-13). Ahora Roboán no busca de manera constante la dirección de Dios, e Israel comienza de inmediato su largo y lento descenso hacia el suicidio nacional. El destino del pueblo de Dios depende de un rey que siempre busque y escuche la voz de Dios.

Ese rey que escucha es Jesús (Juan 5:19-20). Al igual que Roboán, Jesús fue probado con ultimátums parecidos por parte de los que tenían el poder en Jerusalén. Los fariseos exigían respuestas a preguntas imposibles, con la esperanza de dividir a los seguidores de Jesús y atraparlo con sus propias palabras (Mateo 17:24-27). En otras ocasiones, le exigían a Jesús cumplir con dobles estándares imposibles de cumplir (Mateo 11:17-18). Pero, a diferencia de Roboán, que prometió una carga más pesada y una mano más violenta, Jesús prometió con gentileza y humildad una carga más ligera para su pueblo y descanso para sus almas (Mateo 11:28-30). Jesús es el Rey que viene a sus súbditos rebeldes y no los somete a latigazos, sino que con gentileza toma sobre sí mismo sus cargas.

Dios sabía que la única manera de unir para siempre a su pueblo era que Jesús asumiera la responsabilidad por las cargas de su pueblo y muriera bajo el peso del pecado de su pueblo (Filipenses 2:8). Pero en respuesta, Dios resucitó a Jesús de la tumba y lo sentó en un trono por encima de todo otro poder (Efesios 2:6, 13). El destino del pueblo de Dios ya está determinado. El destino del pueblo de Dios es vida eterna, paz y prosperidad, porque Jesús es el Rey del linaje de David que ha escuchado la voz de Dios. 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que habla a su pueblo. Y que veas a Jesús como aquel que toma sobre sí mismo la carga de su pueblo.

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