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devocional

2 Crónicas 21-22

El linaje amenazado

En 2 Crónicas 21-22 vemos que, a pesar de los intentos homicidas de destruir al Rey prometido por Dios, Jesús es entronizado mediante su muerte y resurrección como el gobernante eterno del Reino de Dios.

¿Qué está pasando?

Dios prometió que un hijo de David gobernaría para siempre sobre un Israel unido. Pero el pueblo de Dios está dividido por una guerra civil, y el linaje de David corre peligro. Jorán, el rey de Judá, se ha casado con Atalía, la perversa hija del rey de Israel.

Bajo la influencia de su esposa, Jorán toma el trono y asesina a sus seis hermanos (y a otros posibles herederos del trono de David) para consolidar su poder (2 Crónicas 21:1-6). Al mismo tiempo, las naciones vasallas comienzan a rebelarse contra él (2 Crónicas 21:8-11). El profeta Elías le envía a Jorán una carta en la que le advierte que, si sigue imitando el ejemplo traicionero de Israel, Dios acabará con su dinastía tal como él acabó con su propia familia (2 Crónicas 21:12-16). En cuanto llega la carta, los rebeldes atacan y matan a todos sus hijos menos uno, y una enfermedad humillante acaba con la vida de Jorán. Por su relación con Israel, el pueblo no lo considera un rey verdadero de Judá, y él llega a ser el primero de varios reyes que no son sepultados en el panteón real de Judá (2 Crónicas 21:16-20). 

Solo Ocozías, el hijo menor de Jorán, sobrevive a la matanza en la que murieron el resto de sus hermanos. Es coronado rey, pero Atalía envenena también su reinado. Bajo su influencia, él invita a algunos de los consejeros reales de Israel a formar parte de su gabinete. Juntos introducen en Judá el culto a Baal y el sacrificio de niños. Ocozías se alía aún más con Israel al ir a la guerra contra su enemigo, Siria (2 Crónicas 22:1-5). Esa participación le cuesta la vida, y también la de su familia y la de sus dirigentes (2 Crónicas 22:6-10).

Al enterarse de la muerte de su hijo, Atalía actúa con rapidez para establecerse como reina de Judá (2 Crónicas 22:6-9). Asesina a cualquiera que pudiera amenazar su lugar en el trono de Judá (2 Crónicas 22:10). Pero uno de sus nietos escapa de su masacre (2 Crónicas 22:11-12). En él hay un destello de esperanza. Dios todavía no ha olvidado que le prometió a David que uno de sus hijos gobernaría para siempre sobre un Israel unido (2 Crónicas 21:7). Como lectores, podríamos esperar que el nieto de Atalía pronto la derroque. Pero por ahora, lo único que sabemos es que el intento de Jorán de unir a las tribus divididas del Reino de Dios ha hundido a Judá en el caos y el derrumbe nacional.

¿Dónde está el evangelio?

Dios prometió que el hijo de David gobernaría para siempre sobre un Israel unido. Pero el matrimonio idólatra de Jorán con Israel ha puesto en peligro las promesas de Dios y ha hundido a Judá en el caos nacional. El pueblo de Dios está ahora gobernado por una reina perversa que mata a todo hijo de David que pueda encontrar. 

Varios cientos de años después, esta misma historia se repetiría. Así como Atalía usurpó el trono de Judá, el rey Herodes gobernó ilegítimamente sobre el pueblo de Dios. Y cuando oyó de una nueva amenaza a su trono en un niño llamado Jesús, asesinó a todos los que pudieran poner en riesgo su poder (Mateo 2:16). Pero Dios seguía sin olvidar sus promesas a David. Jesús escapa y, con el tiempo, crece e inaugura el Reino que el pueblo de Dios había estado esperando (Marcos 1:14-15). Durante su vida, Jesús unió a todas las tribus divididas de Israel. Entre sus seguidores había personas descendientes tanto de Judá como de Israel (Juan 4:22-39). E incluso extranjeros que antes eran hostiles a Israel y a su Dios reconocen la realeza y la autoridad de Jesús (Mateo 27:54). Durante su vida, Jesús no solo unió a Israel, sino que invitó a todas las personas a entrar en su nuevo Reino.

Atalía pensó que la manera de asegurar el trono del Reino de Dios era mediante la violencia y el asesinato, y en cierto sentido tenía razón. Los primeros discípulos de Jesús vieron su asesinato y crucifixión no como una tragedia, sino como su entronización como Rey sobre todo el pueblo de Dios (Mateo 27:27-37). Dios cumplió su promesa a David al exaltar a su hijo, Jesús, al trono a su derecha (Hechos 2:29-36). El Jesús crucificado es el Rey prometido del pueblo de Dios, y ningún gobernante homicida podrá jamás quitarlo de su trono. El Reino de Dios tan esperado vendrá. 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que no olvida sus promesas. Y que puedas ver a Jesús como el hijo prometido de David, quien ahora gobierna un Reino eterno sobre el mundo entero. 

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