¿Qué está pasando?
Jotán, el siguiente rey de Judá, ha subido al trono. Él ama a Dios y obedece sus mandamientos, a diferencia de su padre idólatra y desobediente. Judá va en rápido declive moral, espiritual y político (2 Crónicas 27:1-2). Sin embargo, Jotán logra restaurar algo del esplendor que Judá alcanzó durante los reinados de sus más grandes reyes, David y Salomón. Reconstruye los muros alrededor de Jerusalén y vuelve a fortificar los puestos militares de Judá (2 Crónicas 27:3-4). Al final de su reinado, el cronista casi no tiene nada negativo que decir de Jotán (2 Crónicas 27:5-9). Es un rey fiel que trae paz a un Judá infiel al obedecer los mandamientos de Dios de amarlo a él y amar a los demás.
Pero Acaz, el hijo de Jotán, es una trágica inversión tanto de su padre como de las intenciones de Dios para su pueblo. Dios le encomendó a Israel la misión de eliminar varios cultos bárbaros de su tierra prometida y hacer de ella un lugar donde reinara el amor a Dios y el amor a los demás (2 Crónicas 28:3-4). Pero el reino del Norte de Israel abandonó esa misión. Y al igual que el idólatra Israel del norte, Acaz ahora conduce a Judá a adorar a las antiguas deidades sedientas de sangre de la tierra e incluso les sacrifica a sus propios hijos (2 Crónicas 28:1-3). En un giro irónico, Dios envía al idólatra Israel para eliminar el culto bárbaro en el que Judá se ha convertido (2 Crónicas 28:4-5).
Pero durante esta guerra, Israel va demasiado lejos. Israel masacra a 120,000 soldados de Judá. Ejecuta al hijo del rey y a sus consejeros, y esclaviza a unas 200,000 mujeres y niños (2 Crónicas 28:6-8). Un profeta anónimo le dice a Israel que lo que ha hecho es malo. Si quieren evitar una derrota semejante para ellos mismos, deben enviar a sus rehenes de regreso a sus casas (2 Crónicas 28:9-11).
A lo largo del libro de Crónicas, Israel ha rechazado constantemente a Dios, sus leyes y sus profetas, pero en este momento Israel escucha (2 Crónicas 28:12-13). Visten a los prisioneros que habían despojado, les dan de comer y atienden sus heridas; después los montan en burros y los acompañan hasta Jericó, la ciudad fronteriza (2 Crónicas 28:14-15). En una inversión inesperada, Israel escoge amar a Dios y amar a los demás como Judá debería haberlo hecho. Pero nada de esto mueve a Acaz a cambiar de rumbo. Al contrario, roba el oro del templo de Dios para contratar mercenarios (2 Crónicas 28:17-20). Construye más y más santuarios a más y más dioses con la esperanza de que lo protejan, pero ninguno lo hace (2 Crónicas 28:21-25). Acaz murió en desgracia por haber abandonado a Dios y sus leyes.
¿Dónde está el evangelio?
Fue algo inesperado que el notoriamente pagano Israel escuchara a Dios mientras el pueblo escogido de Dios en Judá se negaba a hacerlo. Historias como esta buscan dejar al descubierto la infidelidad del pueblo de Dios y, al mismo tiempo, recordarles que Dios será misericordioso con todos los que escuchen y obedezcan sus leyes.
Durante el ministerio de Jesús, Judá estaba dirigida por hombres muy parecidos a Acaz. No adoraban ídolos, pero adoraban su identidad como judíos y sus tradiciones religiosas. En una ocasión, un experto en la ley que se creía justo le preguntó a Jesús cuál de las leyes de Dios era la más importante. Jesús dijo que la ley más importante era amar a Dios, y la segunda, amar a los demás (Lucas 10:27). Luego, como ilustración de alguien que verdaderamente ama a Dios, le cuenta al experto en la ley una historia no sobre un buen judío, sino sobre un buen samaritano (los samaritanos son los descendientes del Israel pagano). Un hombre que va camino a Jericó es brutalmente golpeado. Sacerdotes y hombres piadosos judíos pasan a su lado y se niegan a ayudarlo. Pero un samaritano viste a la víctima, le da de comer, atiende sus heridas, lo monta en un burro y lo acompaña por el camino hacia Jericó (Lucas 10:30-36). La ilustración quiere mostrar que el experto en la ley es como Acaz y no es tan justo como aquellos a quienes desprecia.
Pero nuestra esperanza en este pasaje no descansa únicamente en la disposición de Jesús a criticar la hipocresía religiosa. Nuestra verdadera esperanza viene del hecho de que Jesús es el buen samaritano por excelencia. A un enorme costo para sí mismo, viene a personas golpeadas y atrapadas por sus propios pecados y sana sus heridas. Muestra el amor de Dios a las víctimas del odio de otros. Venda nuestros corazones quebrantados y nos lleva a su reino. Jesús es nuestro buen samaritano, lo cual significa que no debemos ser como Acaz. Al contrario, debemos amarlo y amar a los demás de buena voluntad y con alegría.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que gobierna a su pueblo con amor. Y que veas a Jesús como el buen samaritano que nos sana y nos lleva al reino de Dios.

