¿Qué está pasando?
En el jardín, Dios quería hacer madurar a la humanidad hasta Su propia gloria. Adán y Eva fueron creados para crecer en el conocimiento del bien y del mal y alcanzar la plenitud de la imagen de Dios, pero como un regalo que se recibe esperando en Él, no como algo que se toma con la propia mano. En cambio, ellos lo arrebataron, intentando llegar a ser como Dios a su manera y a su propio ritmo. Desde entonces, este ha sido el reflejo deformado del corazón humano: apoderarse de las promesas divinas en lugar de esperar a que Él las forme en nosotros. Abram, llamado a llevar de nuevo la imagen de Dios, enfrentará la misma prueba.
Dios le había prometido a Abram una descendencia tan incontable como las estrellas (Génesis 15:5). La promesa no se refería sólo a la cantidad, sino también a la gloria. Las estrellas eran las huestes celestiales, brillantes y resplandecientes: seres gloriosos que gobernaban la creación de Dios junto con Él desde el principio (Job 38:7). Los hijos de Abram llegarían a ser como ellos: la humanidad que por fin alcanzaría el resplandor de la imagen de Dios. Pero Abram y Saray eran ancianos, y ella era estéril (Génesis 11:30). La multitud resplandeciente que Dios prometió tendría que surgir de un linaje muerto y sin hijos.
Así que Dios afianzó Su palabra mediante un pacto. En el mundo antiguo, los pactos se sellaban con sangre: se partían animales por la mitad, y ambas partes caminaban entre los pedazos, comprometiendo su propia vida en garantía de la promesa (Génesis 15:10). Pero al caer la noche, Abram observó cómo sólo Dios pasaba entre las mitades del sacrificio en forma de una hornilla humeante y una antorcha encendida (Génesis 15:17). Él pasó solo por dos razones. Primero, la vida prometida era algo que Abram jamás podría producir; únicamente Dios podía hacer surgir hijos de un útero estéril. Y segundo, un pacto dura tanto como viven quienes lo establecen. Si Abram hubiera pasado, la promesa habría muerto con él. Como Dios pasó solo, la promesa es tan inmortal como Él. Dios no puede incumplir Su palabra, porque no puede morir.
Sin embargo, Abram y Saray no pudieron esperar. En lugar de confiar en que Dios traería la vida prometida a Su tiempo, intentaron alcanzarla con sus propias fuerzas, tal como Adán y Eva habían extendido la mano hacia el fruto. Saray le entregó a Abram a su esclava Agar, y esta concibió (Génesis 16:2-4). Aquel arrebato trajo conflicto, y Agar huyó al desierto. Pero Dios no la abandonó. Salió a su encuentro allí, la vio en su sufrimiento y le prometió que su hijo también llegaría a ser una gran nación (Génesis 16:10-13). Ismael no sería el hijo de la promesa: era el hijo del arrebato, una vida producida por el esfuerzo humano. Aun así, incluso frente al fracaso de Abram para esperar, Dios permaneció fiel.
¿Dónde está el evangelio?
La promesa que Dios le hizo a Abram no podía morir, porque Él mismo la sostenía. Y en Jesús, la cumple plenamente.
Jesús es la descendencia que hace lo que ni Adán ni Abram pudieron hacer: lleva la imagen de Dios sin arrebatarla, recibiendo la gloria de Su Padre en lugar de apoderarse de ella (Filipenses 2:6). Y asume nuestra humanidad precisamente para darnos lo que jamás podríamos obtener por nuestra cuenta: formar Su propia imagen en nosotros y hacernos madurar hasta la gloria resplandeciente de Dios que siempre estuvimos destinados a compartir.
Lo hace tal como Dios siempre ha obrado: haciendo surgir vida de la esterilidad. Pablo afirma que la historia de Sara y Agar muestra dos maneras de vivir (Gálatas 4:23-24). Ismael representa la vida según la carne: la promesa de Dios arrebatada por el esfuerzo del hombre. Isaac representa la vida según la promesa: la vida que sólo Dios concede donde únicamente había muerte. La tumba es el útero estéril del mundo, y de ella Dios produce el nacimiento imposible. Cuando nos unimos a Jesús en Su muerte, Él hace lo que nadie puede hacer por sí mismo: trae vida de entre los muertos, un nuevo nacimiento desde el sepulcro estéril.
Así es como por fin nace esa multitud incontable y resplandeciente. Quienes mueren con Jesús y resucitan en Él son transformados en las imágenes brillantes de Dios que las estrellas de Abram anunciaban: no porque arrebaten la gloria antes de tiempo, sino porque son formados para ella por el Dios que asumió nuestra humanidad y no permitirá que Su promesa muera.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que hace surgir vida de un linaje estéril y muerto, y cuya promesa jamás puede morir. Y que puedas ver a Jesús como aquel que asume tu humanidad, forma Su imagen en ti y te levanta para que brilles como las estrellas que Él prometió.

