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devocional

Génesis 25-27

Esaú y Jacob

En Génesis 25-27 vemos que Jesús es el que nos escogió antes de que hiciéramos algo bueno o malo, para mostrarnos su misericordia.

¿Qué está pasando?

Isaac, el hijo prometido de Abraham, se ha casado (Génesis 24). Lo que se espera es que él y su esposa sean aquellos por medio de quienes nazca una gran familia que bendiga a todas las naciones. Pero, curiosamente, es Abraham quien sigue siendo fecundo incluso después de la muerte de Sara. Con su nueva esposa, Cetura, Abraham engendra muchos más hijos, y su familia fuera de Isaac comienza a crecer sin parar (Génesis 25:1-4). Sin embargo, Abraham envía a estos parientes prósperos más hacia el oriente, lejos de la tierra que Dios había prometido. De esta manera deja claro que toda su esperanza descansa en Isaac, el hijo de la promesa (Génesis 25:5-6).

Luego Abraham mismo muere. Después de una vida plena y fecunda, es sepultado en la misma tierra que Dios juró dar a su familia (Génesis 25:7-10). Pero, cuando su cuerpo es puesto en el suelo, solo queda Isaac como único heredero de la promesa. La familia floreciente que Dios había prometido para bendecir a las naciones ahora depende de un solo hombre.

Y el contraste se vuelve más agudo cuando miramos al otro hijo de Abraham, Ismael. Sus generaciones también se multiplican (Génesis 25:12-18). Pero la descendencia de Ismael no es la familia floreciente que llenará la tierra prometida. Sus descendientes se multiplican, pero fuera de la promesa.

Finalmente llegamos a Isaac. Pero, igual que antes con Sara, Rebeca es estéril (Génesis 25:21). La promesa parece amenazada de nuevo. ¿Sobrevivirá la línea de bendición que Dios prometió, o la apagarán las naciones que están bajo el poder de la serpiente?

Isaac ora y Dios abre el vientre de Rebeca (Génesis 25:21). Pero incluso en su embarazo la amenaza continúa. Rebeca siente a los niños luchando dentro de ella, y Dios le dice que lleva dos naciones (Génesis 25:22-23). Están peleando el uno contra el otro, una imagen viva del conflicto entre la descendencia de la serpiente y la descendencia de la bendición. Y, de forma sorprendente, Dios declara que el mayor servirá al menor. Una vez más, el primogénito no llevará la línea de la promesa. Así como Set reemplazó a Caín (Génesis 4:25) e Isaac reemplazó a Ismael, el plan de Dios se cumple no por el orgullo o la tradición humana, sino por su propio poder.

Sin embargo, cuando nacen los gemelos, la bendición esperada sale mal. Esaú, el mayor, recibe los derechos del primogénito. Jacob, el menor, sale agarrado del talón: su mismo nombre significa «el que agarra» o «el que suplanta» (Génesis 25:26). Y, fiel a su nombre, Jacob obtiene lo que le pertenecía a Esaú, primero al negociar su derecho de primogenitura por un plato de guiso (Génesis 25:29-34) y después al engañar a su padre Isaac para recibir la bendición (Génesis 27:18-29).

Estos sucesos son enredados y moralmente complejos. Pero detrás de ellos está la mano de Dios cumpliendo lo que ya había declarado: la promesa pasaría por el menor, no por el mayor (Génesis 25:23). Lo que en la superficie parece frágil y conflictivo es en realidad Dios asegurando que sus propósitos avancen.

¿Dónde está el evangelio?

Esta historia deja claro que la promesa de vida y bendición no será llevada adelante por la fuerza, la sabiduría o la bondad humanas. Tanto Jacob como Esaú son profundamente imperfectos. Isaac mismo muestra favoritismo (Génesis 25:28). Nada en esta familia parece el terreno del que podría brotar una bendición para el mundo entero.

Pero el pacto de Dios nunca ha dependido de la perfección humana. Como explica Romanos 9, antes de que Jacob y Esaú nacieran, antes de que hubieran hecho algo bueno o malo, Dios escogió al menor para llevar la promesa (Romanos 9:10-12). Esto muestra que su plan no descansa en el esfuerzo humano, sino en la misericordia de Dios (Romanos 9:16).

Y esa misericordia llega a su expresión más plena en Jesús. Él es la verdadera descendencia de Abraham, el Hijo prometido que triunfa donde todos los demás fallaron (Gálatas 3:16). A diferencia de Jacob, Jesús no necesitó tomar la bendición: ya la poseía como el legítimo Hijo de Dios. Pero, en lugar de guardarla para sí mismo, Jesús la comparte. Por la fe, somos adoptados en la familia de Dios y hechos coherederos con Cristo (Romanos 8:17).

Esto significa que, aunque nos parecemos a Jacob más de lo que nos gustaría admitir —agarrando, tramando y propensos al interés propio—, la misericordia de Dios aun así nos reclama. En Jesús no solo somos escogidos, sino también transformados. Jacob, el que agarra, se convierte en Israel, el padre de una nación (Génesis 35:10). Y en Cristo, el viejo yo que hay en nosotros es hecho nuevo (2 Corintios 5:17).

Por medio de Jesús, la promesa hecha a Abraham queda finalmente asegurada. Una familia tan numerosa que nadie puede contarla, de toda nación, heredará la bendición (Apocalipsis 7:9). Una tierra de vida y florecimiento será nuestra para siempre (Apocalipsis 21:1-3). Y el poder de la serpiente para corromper y destruir será aplastado de una vez por todas (Romanos 16:20).

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te dé ojos para ver al Dios que cumple sus promesas incluso cuando su pueblo flaquea. Y que veas a Jesús como el verdadero Hijo de la promesa, que comparte su herencia contigo, haciéndote parte de la familia de Dios y heredero de su bendición eterna.

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