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devocional

Génesis 37-38

José y Judá

En Génesis 37-38 vemos que Jesús fue tratado peor que José y que descendía del pecado sexual de Judá; sin embargo, a través de todo esto, Dios lleva a cabo cada uno de Sus planes.

¿Qué está pasando?

Desde el principio, el linaje que Dios eligió para llevar Su promesa ha estado dividido entre dos ramas: la simiente de la humanidad y la de la serpiente. Estas dos ramas suelen estar representadas por dos hijos: Caín y Abel, Ismael e Isaac, Jacob y Esaú. Aquí el linaje vuelve a dividirse, pero de una manera nueva y más profunda. Esta vez ambos hermanos son hijos de la promesa, y los dos recibirán la bendición de su padre (Génesis 49). Con el tiempo, Judá y José llegarán a encabezar una nación dividida (Judá, el sur; José, el norte), una fractura que atraviesa el resto del relato de Israel. Aquí, sus historias se entrelazan y dan inicio a esa división.

Como si quisiera indicar a través de cuál de sus doce hijos continuará el linaje prometido, Jacob le regala a su hijo José una túnica de honor (Génesis 37:3). Reforzando esta señal, el propio José tiene sueños en los que sus hermanos se inclinan ante él (Génesis 37:6-9). Esos sueños evocan el reinado y el dominio sobre el mundo que Adán recibió (Génesis 1:16, 22). Sin embargo, mientras uno de los hijos queda vinculado al cumplimiento de la promesa de Dios, los demás se llenan de celos y odio (Génesis 37:4-5, 8, 11).

Es Judá quien propone la solución: venderlo (Génesis 37:26–27). Los hermanos venden a José por unas monedas de plata y le dicen a su padre que una fiera lo devoró (Génesis 37:28–33). José desciende a una cisterna, y luego a la esclavitud y al exilio: arrojado a una tumba en vida.

Entonces la cámara se dirige a Judá, aquel por medio de quien ha de venir el linaje real, y lo encuentra viviendo como el reino de la muerte. Abandona a su familia, se casa con una cananea y pierde a dos hijos impíos (Génesis 38:2–7). Le debe a Tamar, su nuera viuda, su hijo menor, para que ella pueda concebir y mantener vivo el linaje familiar, pero se lo niega y la deja atrapada, sin futuro. Agraviada y sin alternativas, Tamar corre un riesgo desesperado: se disfraza, y Judá, que iba en busca de una prostituta, engendra sin saberlo un hijo con ella (Génesis 38:14–18). Cuando se descubre el embarazo, Judá se dispone a hacer que la quemen, hasta que ella demuestra que el niño es suyo. El veredicto sale de su propia boca: «Su conducta es más justa que la mía» (Génesis 38:26). El patriarca fracasó; la viuda agraviada actuó con fe, y por medio de ella el linaje de la promesa sigue adelante. Ella da a luz a Fares, antepasado del Rey que había de venir (Génesis 38:29).

Uno junto al otro, los dos capítulos cuentan una sola historia. Judá intentó cerrarle el paso a la vida (negándole a su hijo, condenando a Tamar), y aun así esta brotó de ella. José fue arrojado a la cisterna de la esclavitud, pero Dios ya estaba obrando para sacar vida de allí. Un útero que debería haber permanecido cerrado da a luz la simiente real; una tumba que debería haber acabado con José se convierte en el camino de la salvación. La familia escogida está fracturada y es infiel, y con todo, la promesa sigue avanzando: Dios hace surgir vida de los mismos lugares que la muerte había reclamado como suyos.

¿Dónde está el evangelio?

Mucho después, Jacob bendecirá a Judá como aquel cuyo linaje sostiene el cetro: el gobernante del que vendrá el Rey (Génesis 49:10). Esa línea real pasa por Fares hasta David y, finalmente, hasta Jesús, el León de la tribu de Judá. El Rey procede precisamente del hermano que aquí fracasó, y llega gracias a la fe de la viuda a la que él agravió.

Pero Jesús es el verdadero Judá, que hace lo que este no pudo hacer. Judá se negó a entregar a su hijo al lugar de la muerte para darle vida a Tamar. Dios entregó a Su Hijo a la muerte para darle vida al mundo. Jesús entra en la tumba a la que el pecado de Su pueblo lo había desterrado, y convierte el sepulcro en un útero: hace surgir un nuevo nacimiento, una nueva creación, del lugar donde la vida parecía extinguirse. Así como la vida brotó de Tamar a pesar del pecado de Judá, la vida surge del sepulcro a pesar del pecado que llevó allí a Jesús. Lo que Sus enemigos planearon para mal, Dios lo dispuso para la salvación de muchos (Génesis 50:20; Hechos 2:23).

Y al resucitar, Jesús sana la fractura que aquí se inicia. El profeta Ezequiel vio el día en que los huesos secos del pueblo de Dios volverían a vivir, y en que las dos varas de Judá y de José se unirían en una sola en Su mano (Ezequiel 37:11–22). Ambas visiones se cumplen en la resurrección: Jesús se levanta de la tumba y reúne en una sola a la familia de Dios, dividida y dispersa. La simiente dividida de Israel queda restaurada en Él: el Rey que vino a través del linaje quebrantado para volver a unirlo, y para sacar a Su pueblo del sepulcro y llevarlo a una vida nueva.

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo te muestre al Dios que hace surgir vida de los lugares que la muerte ha reclamado. Y que puedas ver a Jesús como el verdadero Hijo de Judá, que entró en la tumba para convertirla en un útero de nueva creación, y que reúne en uno solo a Su pueblo fracturado.

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