¿Qué está pasando?
El libro de Lamentaciones es una serie de cinco poemas acrósticos anónimos que lamentan la invasión de Israel por parte de Babilonia. En los poemas anteriores, a cada letra del alfabeto hebreo se le dedican tres dísticos para expresar una idea. Pero el cuarto poema de Lamentaciones tiene solo dos dísticos por idea, y Lamentaciones 5 tiene solo uno. Lamentaciones 5 tampoco sigue el alfabeto. Estos cambios estructurales dan la sensación de que los poemas se van deshaciendo. Es como si al autor no le quedara energía para continuar con su arte, y solo alcanzara a ver el vuelco total de la gloria que Israel tuvo en otro tiempo.
Su templo, antes tan precioso, ahora es un montón de escombros (Lamentaciones 4:2). Su capital es un lugar donde los chacales cuidan mejor de sus cachorros que las madres de Jerusalén de sus hijos (Lamentaciones 4:3). Los padres les roban la comida a sus hijos o, peor aún, los cuecen para comerlos (Lamentaciones 4:4, 10). La ropa de los que vestían con opulencia está hecha jirones y manchada de ceniza (Lamentaciones 4:5). Los príncipes, antes hermosos, están consumidos por el dolor y la deshidratación (Lamentaciones 4:7-8). Y a los que cayeron atravesados en la batalla les va mejor que a los que siguen con vida (Lamentaciones 4:9).
En parte, su situación actual se debe a los pecados de la clase dirigente de Jerusalén. Las manos de los profetas de Israel y los mantos de los sacerdotes de Dios estaban tan empapados de sangre inocente que Babilonia sintió que era su deber librar al mundo de su maldad (Lamentaciones 4:13-15). Y así, ante el doble terror de Dios y de los ejércitos de Babilonia, Israel y sus líderes caen (Lamentaciones 4:16, 19-20). No queda nada. Pero en la desolación de Jerusalén, en la ruina de su templo y en el asesinato de sus líderes, el juicio de Israel ha llegado a su fin. Ya no queda nada que Dios pueda juzgar (Lamentaciones 4:11). Sin duda, su exilio debe terminar (Lamentaciones 4:22a).
En esa esperanza severa y tenue, y por primera vez en estos cinco poemas, el pueblo de Israel habla. Juntos le piden a Dios que reconozca su sufrimiento y su agotamiento (Lamentaciones 5:1, 5). Le ruegan a Dios que vea el hambre de sus niños, la violación de sus hijas y la esclavitud de sus hijos (Lamentaciones 5:10-13). La pérdida de su rey lleva a Israel a confesar su pecado y a confesar que solo Dios es rey para siempre (Lamentaciones 5:16, 18-19). Y si Dios sigue en su trono, ¿cómo puede olvidar al pueblo que ha amado (Lamentaciones 5:20)? Aunque Dios ha rechazado a Israel con toda razón, aunque Dios tiene razón al enojarse por la maldad de Israel, y aunque Israel tiene ante sí décadas, si no siglos, de opresión y exilio, Israel de todos modos le pide a Dios que renueve y restaure su relación con ella (Lamentaciones 5:21-22).
¿Dónde está el evangelio?
El libro de Lamentaciones no registra ninguna respuesta de parte de Dios. Él deja que Israel exprese su dolor de la A a la Z, hasta que al poeta se le acaban las letras. Dios no ofrece justificaciones por sus acciones ni consuelo a los que sufren. En cierto sentido, esto le da dignidad al dolor de Israel. Si Dios diera una justificación divina de sus acciones, ellos tendrían que dejar de lamentarse. Su sufrimiento es merecido. Dios lo ha dicho. En cambio, el silencio de Dios sube el volumen del sufrimiento humano y permite que quienes sufren sean escuchados con claridad. Pero el silencio de Dios también nos hace preguntarnos si nuestro sufrimiento significa que Dios nos ha rechazado. Nos hace preguntarnos si Dios se negará para siempre a responder a nuestro dolor.
Pero Dios no solo le ha dado dignidad al sufrimiento humano, sino que pone los clamores de los desamparados en su propia boca. Al incluir el libro de Lamentaciones en la Biblia, los lamentos de Israel se han convertido en los lamentos de Dios. El dolor más profundo de su pueblo se ha convertido eternamente en la Palabra de Dios. Al permanecer en silencio y, sin embargo, incluir Lamentaciones en las Escrituras, Dios hace suyo el dolor humano. Los clamores de agonía, desesperación y preguntas que registra Lamentaciones son ahora las agonías, la desesperación y las preguntas de Dios.
Y en Jesús la voz de Dios se ha hecho humana (Juan 1:14). Los sufrimientos del pueblo de Dios no solo se pronuncian, sino que él los lleva en su cuerpo (Juan 20:27). Jesús se identifica no como un Dios silencioso por encima de su pueblo, sino como el Hijo del hombre que sufre con su pueblo. Como su pueblo, él clama a un Dios que permanece en silencio (Mateo 27:46). La nación de su pueblo muere en el exilio, así que Jesús muere en su cruz. Ya no necesitamos preguntarnos cuál es la respuesta de Dios a nuestro dolor. Él se une a nosotros en ese dolor. Y si Dios se ha unido a nosotros en nuestro sufrimiento, nuestra culpa y nuestro dolor, entonces Dios no nos ha rechazado. Dios nos ha respondido en Jesús.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que a veces guarda silencio. Y que veas a Jesús como aquel que sufre por ti para que tu sufrimiento tenga fin.


