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devocional

Lamentaciones 1-2

Exilio y castigo

En Lamentaciones 1-2, vemos que Jesús es la última palabra de Dios para su pueblo que está de luto.

¿Qué está pasando?

Israel ha sido destruida por Babilonia. El libro de Lamentaciones es una serie de cinco poemas acrósticos anónimos que lamentan la invasión de Babilonia y la ruina de Israel. Son un memorial alfabético de los dolores de Jerusalén, un recuento de la A a la Z de su devastación. 

En el capítulo 1, Jerusalén es personificada como una viuda desconsolada que ha caído de la gracia, la honra y el privilegio (Lamentaciones 1:1). Sus amigos, su esposo y sus amantes la han abandonado o traicionado (Lamentaciones 1:2). Peor aún, Dios, quien una vez la liberó de la esclavitud y le dio descanso en su propia tierra, ha esclavizado a su novia a trabajos forzados bajo nuevos amos extranjeros (Lamentaciones 1:3). Sin embargo, este exilio es culpa de la señora Jerusalén (Lamentaciones 1:5). Y ella lo sabe.

Ella recuerda todos los privilegios y dones que Dios le dio en otro tiempo, y cómo, igual que una novia desagradecida, dejó que otros amantes y señores «entraran» en su lugar más sagrado y robaran todas las cosas preciosas que Dios le había dado (Lamentaciones 1:7-10). Los babilonios exponen públicamente a la señora Jerusalén por su oportunismo, su idolatría y su inmoralidad. Pero, desnuda, ella exige que Dios la mire (Lamentaciones 1:9b). Quiere que Dios vea su miseria (Lamentaciones 1:11). Y quiere que todos los que lean vean tanto su dolor como la ferocidad implacable de la justicia divina de Dios (Lamentaciones 1:12-13). La señora Jerusalén acepta su culpa, pero se niega a aceptar su sufrimiento como la última palabra de Dios para ella (Lamentaciones 1:18). Le ruega a Dios que vea su dolor y responda con justicia contra sus enemigos (Lamentaciones 1:20-22).

Pero Dios no responde. En cambio, un segundo poema pasa a la perspectiva del autor, quien reitera que todos los sufrimientos de Jerusalén vienen de la mano de Dios. Se usan veintiocho verbos para describir la justicia de Dios. Dios devora, quiebra, corta, incendia, mata, asola, rechaza, desprecia y hunde a Jerusalén por sus atrocidades (Lamentaciones 2:1-9). La justicia de Dios es total e Israel calla en su culpa (Lamentaciones 2:10). 

Rompiendo el silencio, el autor llora por la señora Jerusalén y vomita al ver la justicia, e incluso la fidelidad, en las acciones de Dios (Lamentaciones 2:11-17). Le ruega a Jerusalén que ponga fin a su silencio y clame al mismo Dios que la ha afligido, si no por ella misma, al menos por sus hijos que mueren de hambre (Lamentaciones 2:18-19). Aturdida, la única oración que la señora Jerusalén puede elevar es que Dios mire y considere. Le suplica que mire el canibalismo al que han sido reducidas las madres, que mire el terror y el costo humano de la justicia de Dios, y que considere si Dios realmente desea que su juicio sea su última acción hacia su pueblo (Lamentaciones 2:20-22). 

¿Dónde está el evangelio?

La única esperanza para la Israel culpable es que el mismo Dios que la declara culpable todavía le muestre compasión. Al principio de la historia de Israel, Dios entró en una relación especial con Israel. Él prometió proveer un reino y una tierra en su presencia, e Israel prometió escuchar y obedecer las leyes de Dios a cambio (Éxodo 24:7). Israel firmó con su nombre este pacto y aceptó una lista de consecuencias o «maldiciones» si fallaba (Deuteronomio 28:15-68). Con un detalle desgarrador, Lamentaciones describe las maldiciones que Israel firmó con su nombre. Israel sabe que la justicia de Dios hizo bien al invitar a los babilonios. Pero Israel también sabe que, si Dios es bueno, entonces su juicio tiene que terminar en algún momento. El pueblo sabe que, si Dios es bueno, el juicio no puede ser su última palabra para su pueblo escogido, aun cuando ellos no hayan cumplido su parte del pacto. 

Y no lo fue. Dios envió su última palabra a su pueblo en Jesús. Él se hizo como Israel en su exilio. Jesús fue abandonado por sus amigos, desnudado y expuesto públicamente a las crueles manos del juicio imperial (Juan 19:23). Jesús fue profanado y reducido a la miseria como representante vivo de la culpa de Israel (Juan 1:29). Y bajo la ferocidad implacable de la justicia divina de Dios, Dios no responde cuando su propio Hijo clama de dolor (Mateo 27:46). Pero Jesús hizo todo esto porque sabía que, si la justicia de Dios lo condenaba a él, entonces la justicia de Dios tendría que mostrar misericordia a su pueblo absuelto (Juan 18:36). 

En Jesús, nuestra culpa ha sido pagada. En Jesús, las maldiciones se han agotado. En Jesús, se nos ha dado su inocencia (Romanos 5:1). La justicia de Dios ahora nos trata no como a un cónyuge infiel, sino como a una novia amada. Ahora tenemos un hogar en Dios. La última palabra de Dios para su pueblo no es el veredicto de «culpable». La última palabra de Dios para su pueblo no es el juicio. La última palabra de Dios, incluso para las personas que no han cumplido su parte del pacto, es la vida de Jesús que restaura y resucita. 

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es justo. Y que veas a Jesús como aquel que recibe la justicia de Dios por nuestra culpa, para que las promesas de Dios puedan cumplirse.

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