¿Qué está pasando?
Oseas se ha casado con una mujer adúltera, Gomer. Es un llamado de atención y una advertencia para Israel. Israel necesita despertar a la realidad de su prostitución religiosa, o correrá el riesgo de que Dios se niegue a seguir llamándola su esposa (Oseas 2:2-3).
Israel es llamada infiel porque le ha atribuido a un dios falso llamado Baal la provisión de buenas cosechas y buena salud que venía de Dios (Oseas 2:8). Es como una esposa que besa a otro hombre por unas flores que su propio marido compró. Israel incluso ha desviado observancias como el Sabbat para mostrar su amor por Baal (Oseas 2:11). Por eso, Dios dice que castigará a Israel (Oseas 2:13a). La sacará de su tierra y del templo, el lugar de su presencia. Israel ya no podrá acercarse a Dios, porque Dios se apartará de ella.
Pero por segunda vez en Oseas, Dios le ofrece esperanza a su esposa adúltera. Dice que atraerá a su pueblo de nuevo hacia sí (Oseas 2:14). Dios le hablará con ternura a su pueblo para que vuelva a amarlo. Así como una pareja puede revivir su luna de miel y renovar sus votos, Dios restaurará su relación en el desierto, el mismo lugar al que llevó a Israel después de rescatarla del faraón (Oseas 2:15). Israel volverá a llamar a Dios su esposo y nunca más confundirá su provisión con la de Baal (Oseas 2:16). Dios renovará sus votos matrimoniales con ella, la traerá de vuelta a casa y vivirá con ella para siempre en paz y amor (Oseas 2:19).
Luego, Oseas y su esposa adúltera representan este perdón y esta reconciliación (Oseas 3:1). Gomer volvió a caer en sus caminos de promiscuidad, así que Oseas la busca, paga el precio del rescate a su nuevo captor y la libera otra vez (Oseas 3:2). Después Oseas le explica a Gomer que por un tiempo no tendrán intimidad sexual (Oseas 3:3). Es otro cuadro vivo de la relación entre Israel y Dios. Es un símbolo profético de la distancia espiritual que Israel tendrá que atravesar mientras esté sin templo y sin acceso a Dios. El matrimonio de Oseas le muestra a Israel que Dios la está llevando al desierto, donde habrá un tiempo de espera, pero también un tiempo de renovación por venir.
¿Dónde está el evangelio?
El adulterio de Israel continuó hasta los días de Jesús. Igual que los oyentes de Oseas, los líderes religiosos a quienes Jesús habló habían desviado observancias como el Sabbat, convirtiéndolas en servicio para otros amantes. No servían al dios falso Baal, pero obedecían a Dios por amor a la observancia misma (Marcos 2:27). Amaban el ritual, pero no al Dios que lo ordenó.
Y Jesús pronunció juicios semejantes sobre el templo de Israel por este adulterio espiritual, tal como lo hizo Oseas. Jesús dijo que el templo sería destruido (Mateo 24:2). Como Oseas, Jesús también dio un cuadro vivo de esta destrucción cuando volcó las mesas y echó fuera a los cambistas de dentro de los muros del templo (Mateo 21:12).
Pero Jesús es también el buen esposo que Oseas prefiguró y prometió. En los días de Jesús, la gente acudía en masa al desierto para encontrarse con el novio prometido (Mateo 3:1). Él enseñó que el templo ya no sería el lugar donde la gente iría a encontrarse con Dios (Juan 4:21). Más bien, nos encontraríamos con Dios en Jesús. Él sería nuestro nuevo templo (Juan 2:21). A lo largo de su vida, Jesús cortejó y atrajo hacia sí a los necesitados como Gomer (Lucas 7:37). Y en su muerte nos habló con más ternura que cualquier otro amante (Juan 15:13). Al costo de su vida, Jesús rescató a su esposa de sus amantes falsos y de sus captores (Mateo 20:28).
Y en su resurrección tenemos acceso a Dios incluso en el desierto. Ya no hay distancia espiritual ni tiempo de andar errantes. Por medio de su Espíritu, Jesús viene a habitar en nosotros (Juan 14:23). Él nos hace su templo, y convierte nuestro desierto de espera en el lugar de la renovación.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos y veas al Dios que anhela intimidad con nosotros. Y para que veas a Jesús como aquel que nos atrae hacia sí al precio de redención de su cuerpo en la cruz.

