¿Qué está pasando?
En este punto de las profecías de Oseas contra Israel, llegamos al centro de su adulterio espiritual: la infidelidad del pueblo hacia Dios era de carácter político.
Esto se debe a que Israel ha establecido reyes y príncipes que Dios no designó (Oseas 8:4). Busca seguridad en los ejércitos de Egipto (Oseas 10:13) y cree que una costosa alianza con Asiria lo librará de convertirse en el próximo blanco de esta. Israel está poniendo en peligro su lealtad exclusiva a Dios con tal de beneficiarse de gobiernos poderosos (Oseas 8:9). Y parece dar resultado. La nación vive un auge económico que el pueblo atribuye a su propia astucia política. Creen que los dioses falsos de sus aliados les proporcionan cosechas abundantes y vientres fecundos (Oseas 10:1). Pero el Señor afirma que el desastre se cierne sobre Israel como un ave de rapiña (Oseas 8:1). Lo cierto es que Dios ha sido clemente a pesar de su desobediencia; a diferencia de ellos, Él es fiel a Su pacto.
Israel no logra ver el problema. Insiste en que ha mantenido intacta su relación con Dios (Oseas 8:2) y sigue celebrando todas las fiestas y ofreciendo los sacrificios que Él ordenó en la ley. Pero la verdad es que Israel simplemente lleva en el dedo el anillo de bodas que el Señor le dio mientras se acuesta con otros hombres (Oseas 9:1). El pueblo ha entrelazado tanto la política con su adoración que ya no alcanza a ver lo escandaloso de sus actos. Ha destronado a su verdadero rey, pero mantiene la apariencia de obediencia religiosa para tranquilizar su conciencia.
Puesto que Israel ha quebrantado tan gravemente su matrimonio con Dios, Él le quitará las bendiciones de cosechas abundantes y vientres fecundos que ha estado atribuyendo a los dioses falsos de sus aliados políticos (Oseas 9:11). Los gobiernos en los que el pueblo confió serán su ruina (Oseas 9:6). Las potencias extranjeras que, según creían, salvarían a la nación serán las fuerzas que Dios utilizará para arrastrarlos al exilio (Oseas 9:3). Y, peor aún, Él ya no aceptará sus sacrificios (Oseas 9:4). El único lugar al que podían haber acudido en busca de ayuda les será arrebatado (Oseas 10:2). Y, sumido en una desesperación suicida, Israel pedirá a las montañas que lo aplasten (Oseas 10:8).
¿Dónde está el evangelio?
Israel seguía teniendo este problema en los días de Jesús. Algunos, como los saduceos, obtuvieron poder político aliándose estrechamente con Roma. Otros, como los zelotes, reunieron a numerosos seguidores prometiendo violentas revueltas contra los romanos en el nombre de Dios. Uno de estos insurrectos se llamaba Barrabás (Lucas 23:18-19). Las multitudes presentes en el juicio de Jesús prefirieron que se liberara a ese hombre en vez de a Él. Eligieron a un líder político en lugar de a su Dios (Lucas 23:25). Optaron por un poder mundano para que los salvara y enviaron a Jesús a la cruz.
No es de extrañar que, mientras se acercaba a la cruz, Jesús citara las palabras de Oseas ante un grupo de mujeres que lloraban (Lucas 23:28-30). La misma destrucción que el profeta había anunciado se avecinaba sobre ellas (Lucas 23:30). De hecho, toda civilización se encuentra bajo esa misma amenaza. Todos en el mundo confían más en la fuerza política de sus líderes, partidos y ejércitos que en Dios, y por eso pronto llegarán a su fin.
Pero la buena noticia es que Jesús se levanta de debajo del poderío de los ejércitos de Roma y del poder de la Muerte. Él mostró a las Hijas de Jerusalén cómo vencer a los poderes políticos y religiosos que las oprimían y que pronto las perseguirían aún más. No es alzándose en insurrección y rebelión. Tampoco es aliándose con los poderes del Estado ni jurándoles lealtad. Al contrario, es muriendo bajo su dominio como te levantas triunfante sobre ellos. Con Su muerte y resurrección, Jesús abrió un camino para que todos los que sufren bajo la opresión política y espiritual lo sigan a través de la tumba hasta la vida que hay al otro lado.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y puedas ver a Dios como el rey que exige nuestra lealtad. Y que puedas ver a Jesús como el rey que murió para mostrar que nuestra lealtad a Él nunca será en vano.

