¿Qué está pasando?
Gran parte de Proverbios está compuesta por dichos individuales o pequeñas colecciones de dichos pensados para disfrutarse de forma aislada de los versículos que los rodean. Pero también resulta valioso tomar distancia y reunir todo lo que Proverbios enseña sobre un tema en particular. Hoy veremos el orgullo y la humildad.
El libro de Proverbios es tajante en cuanto al orgullo: Dios lo aborrece (Proverbios 6:16-17). Dios se dedica a derribar las casas de los orgullosos con la misma ferocidad con la que protege a los humildes (Proverbios 15:25). Salomón advierte a sus lectores que Dios castigará a los orgullosos (Proverbios 16:5).
Dios aborrece el orgullo porque el orgullo nunca es privado. El orgullo lleva inevitablemente a la violencia (Proverbios 21:24). Y esa violencia normalmente se dirige contra los débiles, los tímidos y los desfavorecidos. Por eso algunos proverbios contrastan la destrucción que Dios trae sobre los orgullosos con su protección de los desamparados (Proverbios 16:18-19).
El antídoto contra el orgullo es la humildad. Salomón dice que recibimos tanto la humildad como la sabiduría cuando tememos al SEÑOR (Proverbios 1:7, 22:4). De hecho, la humildad precede a la sabiduría, tal como el orgullo precede a la caída (Proverbios 11:2).
Proverbios nos dice que la humildad consiste en negarnos sabiamente a confiar en nuestras propias afirmaciones sobre lo bueno y lo malo, dejando esas determinaciones por completo en manos de Dios (Proverbios 3:5-7). Cuando aceptamos con humildad las palabras y las instrucciones de Dios por encima de las nuestras, recibimos honra y evitamos la vergüenza (Proverbios 15:33).
¿Dónde está el evangelio?
Jesús, en uno de sus enfrentamientos con los fariseos, denuncia su enorme orgullo. Ese orgullo los lleva a descuidar a los pobres; incluso se manifiesta en la forma en que se sientan a la mesa (Lucas 14:7; Proverbios 25:6-7). Así que Jesús cuenta la historia de una boda donde un invitado da por sentada su relación con el novio y se sienta a la mesa de la familia, solo para quedar avergonzado y humillado cuando le piden que se siente en otro lugar (Lucas 14:9).
Nosotros somos igual que los fariseos orgullosos. Damos por sentado nuestro lugar en la historia. Suponemos que nuestra inteligencia, o alguna otra credencial o experiencia de vida, nos concede la autoridad para sentarnos donde queramos. Y nuestro asiento favorito normalmente es el que decide entre la sabiduría y la insensatez, entre lo bueno y lo malo. Pero tanto Jesús como el libro de Proverbios nos advierten que eso es como sentarse en la silla del novio en una boda: todos mirarán mientras nos sientan en el lugar que verdaderamente nos corresponde.
Los que se exaltan a sí mismos serán humillados. Pero Jesús también dice que los que se humillan serán exaltados (Lucas 14:11). En la cruz, Jesús toma el asiento más bajo y humillante de la mesa (Filipenses 2:8). Jesús sufrió una muerte vergonzosa por crímenes que no cometió; por un orgullo que no tenía. Pero Dios levanta a Jesús de entre los muertos y sienta al Jesús humilde en el lugar de honra. Él garantiza la recompensa final de la humildad (Lucas 14:10). Cuando nos humillamos, se nos promete que experimentaremos honra en lugar de vergüenza, pues Dios nos levanta de nuestros lugares bajos y nos sienta a su derecha en las regiones celestiales (Efesios 2:6).
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es humilde. Y que veas a Jesús como aquel a quien le fue confiada la sabiduría de Dios, para que nosotros podamos recibir su honra.

