¿Qué está pasando?
El pueblo de Dios fue escogido para ser como el jardín del Edén: lleno de la justicia, la bondad y la belleza de Dios, que se derramarían hacia afuera y bendecirían al mundo. Por medio de ellos, el mundo sería bendecido, conocería la paz y aprendería a amar y obedecer a Dios (Isaías 2:1-5). En un conjunto de dos profecías, Isaías contrasta un mundo exuberante y fértil convertido en un páramo tenebroso con un desierto transformado en un jardín. Este contraste le recuerda a Judá que confiar en las potencias del mundo terminará en ruina, y que solo confiando en Dios su reino cumplirá el propósito edénico que Dios tiene para ellos.
En su primera profecía, Isaías convoca a todas las naciones impías del mundo y anuncia que Dios se opone por completo a su orgullo y a su maldad (Isaías 34:1-2). Pronto, Dios destruirá sus países. La sangre de sus soldados manchará la tierra. Su era de dominio terminará. Como hojas en otoño, sus dioses y sus gobernantes caerán al suelo y nunca más se levantarán (Isaías 34:3-4). Como ejemplo concreto de este juicio universal, Isaías dice que Edom y su capital serán totalmente destruidos (Isaías 34:5-7). Desde las primeras páginas de la Biblia, Edom ha estado en guerra con Judá (Génesis 25:23; Números 20:14-21; 1 Samuel 14:47; 1 Reyes 11:1-17; 2 Reyes 8:20; 2 Reyes 14:7-10). Ellos son los antagonistas representativos de los planes de Dios para su pueblo. Su destrucción simboliza la destrucción de todas las naciones que se oponen a los planes de Dios (Isaías 34:8). Pronto, las tierras verdes de Edom se convertirán en un páramo volcánico, salpicado de pozos de brea hirviente y de grietas que arrojan humo para siempre (Isaías 34:9-10). Lo único vivo que quedará en Edom serán las zarzas y los animales que rebuscan entre sus espinos (Isaías 34:11-17). Este es el destino aterrador de quienes con orgullo se oponen a Dios y a sus planes para su pueblo.
Aunque Dios reducirá a páramos a todas las naciones malvadas que prosperan, también se propone transformar a Judá en un jardín hermoso (Isaías 35:1-2). El pueblo de Dios no debe vivir con miedo, sino con la esperanza de que Dios está de su lado. Él los salvará de sus enemigos y los restaurará al propósito edénico para el cual los escogió (Isaías 35:3-4). Antes, Dios le había dicho a Isaías que sus profecías solo dejarían a Judá impedida, ciega y sorda. Pero ahora Isaías dice que pronto los ojos ciegos, los oídos sordos y los cuerpos cojos de Israel recibirán sanidad. Los desiertos de Judá se transformarán en un oasis (Isaías 35:5-7). Los animales carroñeros serán expulsados. Las ciudades orgullosas que se volvieron pozos de brea y humo se convertirán en senderos reservados para quienes aman y obedecen a Dios (Isaías 35:8-10). Pronto, Dios salvará a su pueblo, cambiará su tristeza por gozo eterno, y el propósito edénico para el cual Dios creó a Judá se cumplirá.
¿Dónde está el evangelio?
Judá y sus reyes tienen que tomar una decisión. ¿Confiarán en las naciones del mundo, condenadas a la ruina, o confiarán en el Dios que puede transformar desiertos en jardines? El pueblo de Dios fue escogido para ser un jardín del Edén lleno de la justicia, la bondad y la belleza de Dios. Por medio de ellos, el mundo sería bendecido, conocería la paz y aprendería a amar y obedecer a Dios (Isaías 2:1-5). Sin embargo, Judá abandonó ese llamado y a diario atrajo destrucción sobre sí misma, y Dios envió a Isaías para cegar y ensordecer aún más a su pueblo (Isaías 6:9). Pero esto no fue porque Dios quisiera destruir a su pueblo; él quería sanarlo. Como un buen médico que debe realizar una cirugía dolorosa para curar a su paciente, Dios envió a Isaías para humillar a Judá y para profetizar acerca de aquel que la restauraría a plena salud.
El restaurador es Jesús, quien vino a traer la sanidad que Isaías anunció. Jesús sanó la sordera de Judá, dio vista a los ciegos e hizo caminar a los cojos (Lucas 7:22; Mateo 11:5; Marcos 7:37). Dondequiera que iba, traía sanidad a los afligidos y perdón a quienes confiaban en él (Mateo 9:1-7). Jesús vino a sanar las heridas de Judá y a transformar al pueblo de Dios para que el mundo pueda ser bendecido, conocer la paz y aprender a amar y obedecer a Dios. Y como prueba de que él es quien puede transformar desiertos en jardines, Jesús resucitó de entre los muertos. Se levantó del páramo del sepulcro, salió de su fosa y entró en un jardín, donde comisionó a su pueblo para anunciar que nada podía detener el reino de Dios (Juan 20:17). Jesús es la esperanza de Judá, y aquel de quien Isaías profetizó. Así que ahora nosotros tenemos que tomar una decisión. Podemos confiar en los jardines de este mundo, condenados a volverse páramos, o podemos confiar en el Dios que nos invita a unirnos a él mientras convierte los páramos en su reino edénico.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que restaurará a su pueblo. Y que veas a Jesús como aquel que transforma sepulcros en jardines.

