¿Qué está pasando?
Dios quería edificar a Israel hasta convertirlo en un gran reino que llevara bendición y vida al mundo. Sin embargo, Israel se ha dividido por una guerra civil. El Israel del norte está siendo atacado por Asiria, y el rey de Judá en el sur está ocupado haciendo tratados con Egipto para reforzar sus defensas. En tres lamentos, Isaías se duele del cinismo político y del mal entre los líderes de Israel. Sin embargo, Isaías interrumpe cada lamento con una promesa de esperanza. Dios ha puesto entre su pueblo un fundamento que no puede ser destruido. Pronto, Dios reemplazará a los líderes corruptos de Israel, transformará el corazón de su pueblo y establecerá personalmente un Reino eterno para los suyos.
En su primer lamento, Isaías se duele de que el Israel del norte y el Judá del sur se han vuelto como reinos gobernados por borrachos orgullosos (Isaías 28:1). Están demasiado ciegos por su bebida para ver la tormenta que Dios está formando contra su mal (Isaías 28:2). De igual manera, los sacerdotes y los profetas no llaman a Israel a arrepentirse y a confiar en Dios, sino que arrastran las palabras y balbucean tonterías acerca de preceptos y reglas (Isaías 28:7-10). Por su infidelidad incoherente, Dios dice que enviará un ejército extranjero. Así como ellos balbucean tonterías a Israel, la lengua extranjera de Asiria balbuceará en sus oídos (Isaías 28:11-13). Pronto, el Israel del norte será pisoteado y destruido como una flor en el camino (Isaías 28:3-4). Entonces Isaías cambia el enfoque y lamenta que los gobernantes del Judá del sur están tan borrachos y ciegos como sus parientes del norte. Judá ha escogido la mentira en lugar de la verdad. Creen falsamente que los tratados con Egipto los salvarán de Asiria. La verdad es que solo Dios puede salvarlos, lo cual significa que, en esencia, han hecho un tratado con la Muerte (Isaías 28:14-15). Asiria viene en camino. Su falsa confianza en Egipto quedará al descubierto. La politiquería cínica solo acelerará la muerte de Judá, y la única esperanza para su reino es confiar en Dios (Isaías 28:17-22).
El segundo y el tercer lamento de Isaías tienen que ver con Jerusalén y sus líderes. Jerusalén es bien conocida por sus fiestas religiosas, pero estas se han convertido en farsas. En lugar de adorar a Dios, esas fiestas son ocasiones para que los hombres poderosos impongan sus agendas (Isaías 29:1, 11-14). Por esta hipocresía, Dios enviará al gran ejército asirio a sitiar Jerusalén. En lugar de celebraciones ruidosas, Jerusalén se llenará de los lamentos fantasmales de los muertos (Isaías 29:1-4). Los líderes de Judá están convencidos de que Dios no tiene poder para salvarlos, y por eso conspiran con dignatarios extranjeros para asegurar su reino (Isaías 29:15). Pero esto es exactamente al revés: las naciones son las que no tienen poder, y Dios es su Hacedor y Rey (Isaías 29:16). Los líderes de Judá deberían confiar en que Dios salvará su reino, y no en las promesas de los hombres.
Estos tres lamentos describen una situación trágica, pero Isaías interrumpe cada uno con una promesa de esperanza. Dios no abandonará al Israel del norte después de la invasión de Asiria. Al contrario, reemplazará a sus líderes impíos y él mismo gobernará a su pueblo con perfecta justicia (Isaías 28:5-6). Los líderes ciegos y los jueces corruptos de Judá serán humillados, mientras que aquellos a quienes oprimen experimentarán la salvación de Dios (Isaías 29:17-19). El cinismo político será transformado en confianza, y la corrupción en santidad (Isaías 29:20-24). Un día, muy pronto, Dios destruirá a todos los enemigos de Judá, y Jerusalén tendrá paz (Isaías 29:5-10). A pesar de la infidelidad de su pueblo, Dios está poniendo en Israel el fundamento de un Reino eterno. El pueblo de Dios debe abandonar los tratados extranjeros y confiar en que el Reino de Dios vendrá pronto (Isaías 28:16).
¿Dónde está el evangelio?
Dios puso entre su pueblo un fundamento que nunca podría ser destruido. Su propósito era edificar a Israel hasta convertirlo en un gran Reino que llevara bendición y vida al mundo. Isaías profetizó que Dios sería fiel a esas promesas a pesar de la infidelidad de Israel. Él reemplazaría a los líderes corruptos de Israel, transformaría el corazón de su pueblo y establecería su Reino eterno. Estas promesas comenzaron a cumplirse cuando Dios vino a gobernar a su pueblo en Jesús.
Una de las maneras favoritas del Nuevo Testamento de hablar de Jesús es como fundamento o piedra angular (Efesios 2:20; 1 Corintios 3:11; 1 Pedro 2:4-8). En Jesús vemos una demostración perfecta de la fidelidad de Dios a su pueblo. Jesús vino a destruir el mal, a sanar a los ciegos y a los sordos, y a establecer el Reino de Dios en la Tierra (Lucas 4:19; Mateo 11:2-6). Igual que Isaías, Jesús profetizó que quitaría a los corruptos de Jerusalén, reduciendo la ciudad a cenizas, enviando al exilio a sus líderes corruptos y comenzando de nuevo (Mateo 13:1-2, 24:1-14). Por estas declaraciones, Jesús fue asesinado por los sacerdotes impíos de su tiempo. Sin embargo, ni siquiera su infidelidad y su maldad pudieron impedir que Dios fuera fiel a la promesa que había hecho. Dios levantó a Jesús de la tumba y ahora Jesús está sentado en el Cielo y está edificando su Reino eterno en la Tierra. Jesús es la piedra angular del pueblo de Dios, y al confiar en él nos unimos a su Reino. Y aunque nuestro corazón muchas veces es tan cínico y corrupto como el de los líderes del antiguo Israel, Jesús promete que eso no le impedirá ser fiel a nosotros. Tal como se lo prometió a Isaías, él transformará fielmente nuestro cinismo en confianza y nuestra corrupción en santidad. La fidelidad de Dios hacia nosotros ha quedado demostrada en Jesús. Él es nuestro fundamento, y podemos estar firmes sobre él y confiar en él.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos y veas al Dios que es fiel. Y que veas a Jesús como el fundamento del Reino de Dios en la Tierra.

