Qué está sucediendo
El rey de Asiria ha invadido Judá, ha capturado más de 40 puestos militares y ha estacionado 185.000 soldados a las afueras de Jerusalén (Isaías 36:1-3; 37:36). Al llegar, el general asirio exige que Ezequías, el rey de Judá, entregue Jerusalén. El general se jacta de que Judá no tiene ninguna esperanza de derrotar al imparable ejército asirio (Isaías 36:4-5). Ya sabe todo acerca del tratado secreto con Egipto (Isaías 36:6). Incluso se burla ofreciéndole a Judá 2000 caballos para mejorar sus posibilidades en la batalla. También le recuerda a Ezequías que fue el Dios de Judá quien le dijo a Asiria que invadiera (Isaías 36:8-10). Alzando la voz para que todos los guerreros de Ezequías pudieran oírlo, el general asirio promete que su Dios no los salvará (Isaías 36:11-16). Asiria ha conquistado decenas de naciones. Cada rey derrotado afirmó que su dios lo rescataría, y ninguno lo hizo jamás. El general se jacta de que el Dios de Judá no será diferente (Isaías 36:7, 17-22).
Con miedo, Ezequías comienza a hacer duelo por su país. Desesperado, envía a sus oficiales a buscar a Isaías y a pedir la dirección de Dios. Ezequías espera que Dios haya oído las palabras blasfemas del general asirio y que de alguna manera rescate a Jerusalén (Isaías 37:1-4). Isaías le dice a Ezequías que no tenga miedo. Dios ha oído cada palabra blasfema. Dios distraerá al rey asirio con una batalla en su tierra, y él abandonará temporalmente su ataque contra Jerusalén (Isaías 37:5-7). Tal como Isaías profetizó, el rey asirio deja atrás a su ejército para pelear otra batalla. Pero, al partir, el rey de Asiria envía una carta a Ezequías, repitiendo sus blasfemias anteriores y advirtiendo que volverá para demostrar su superioridad sobre el Dios de Judá (Isaías 37:8-13).
Pero esta vez Ezequías no tiene miedo. Lleva esa carta al templo de Dios y comienza a orar. Ahora sabe que Dios tiene el control (Isaías 37:14-17). El Dios de Judá es el Dios del Cielo, de la Tierra y de la historia, y Ezequías le pide que libre a su nación de los asirios y que demuestre su poder al mundo (Isaías 37:18-20). En respuesta, Isaías le dice a Ezequías que Dios contestará su oración. Asiria pagará por sus blasfemias. Asiria se ha atribuido victorias que Dios ha ganado (Isaías 37:21-29). Por ese orgullo, Isaías promete que el ejército de Asiria será derrotado antes del amanecer (Isaías 37:30-35). Durante la noche, un “Ángel del Señor” libra guerra contra Asiria, y por la mañana el ejército yace muerto a las afueras de Jerusalén. Poco después, el rey asirio es asesinado mientras visita el templo de su supuestamente superior dios pagano (Isaías 37:36-38).
¿Dónde está el evangelio?
Aunque la mayoría de nosotros tal vez no gobierne naciones, y aunque nuestras decisiones tal vez no afecten a ciudades enteras, eso no significa que sea más fácil confiar en Dios cuando estamos amenazados y hay mucho en juego. Lo que parece sabio es lanzarnos a actuar, activar nuestros planes de contingencia y pedir favores. Otros nos dirán, como el general de Asiria, que Dios no puede ayudarnos. Pero Dios nos llama a confiar en él y a pedirle ayuda. Ezequías confió en Dios. En lugar de confiar en la ayuda militar extranjera cuando estaba amenazado, confió en que Dios controlaba el futuro de Judá y que ningún dios ni rey podía derrotarlo. Oró para que Dios lo rescatara a él y a su pueblo, y Dios lo hizo. En respuesta a la fe de Ezequías, Dios derrotó a Asiria, salvó a Judá y demostró que él es mayor que cualquier ejército, general, rey o dios. Isaías quiere que sepamos que, si confiamos en Dios y le pedimos ayuda, él nos la dará.
Y así como Dios envió a su ángel para rescatar a Ezequías, Dios nos ha enviado a su Hijo, Jesús, para rescatarnos. Como el ángel de Ezequías, Jesús puso en fuga legiones de enemigos demoníacos (Marcos 5:1-13).
Jesús incluso les dijo a sus discípulos que, si pedían cualquier cosa en su nombre, Dios les respondería (Juan 14:13). Sin importar los poderes alineados contra ellos ni la persecución que se asomaba en el horizonte, Jesús dijo que, si pedían la ayuda de Dios, él se la daría (Juan 16:1-4, 23-24). Así como Isaías animó a Ezequías con la promesa de la victoria, Jesús también prometió que, aunque moriría, derrotaría a la muerte, resucitaría y reinaría victorioso para siempre (Juan 16:28; Marcos 9:31). Tres días después, eso es exactamente lo que sucedió. En la muerte y resurrección de Jesús, Dios demostró de manera definitiva y eterna que él es mayor que cualquier ejército, general, rey o dios. Jesús quiere que sepamos que podemos confiar en él y que, cuando le pedimos ayuda, siempre nos la dará.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es más poderoso que cualquier otro dios o rey. Y que veas a Jesús como aquel a quien siempre podemos pedir ayuda.

