¿Qué está pasando?
Dios acaba de desistir de la destrucción con la que había advertido a Nínive, y Jonás está enojado (Jonás 3:10-4:1). Nínive es la capital de Asiria, una antigua superpotencia que pronto invadirá Israel y llevará a su pueblo al exilio. Pero Jonás se ha hecho de renombre en Israel al profetizar una era dorada de dominio militar (2 Reyes 14:24-25). El arrepentimiento de Nínive es una amenaza tanto para su carrera como para Israel como nación. Para Jonás, la misericordia de Dios hacia estos paganos es peligrosa.
En hebreo, Jonás llama «mala» a la misericordia de Dios. Jonás dice que el amor y la misericordia de Dios son precisamente la razón por la que huyó en un principio (Jonás 4:2). Jonás no quería ser cómplice de la salvación de Nínive. Preferiría morir antes que vivir para ver a Dios mostrar misericordia a los enemigos de Israel (Jonás 4:3). Pero Dios le pregunta si su enojo está justificado (Jonás 4:4).
Jonás desecha la pregunta, sale furioso de Nínive y se queda rumiando su enojo en una colina cercana. Espera que Dios se retracte de su misericordia y destruya la ciudad (Jonás 4:5). Pero, en cambio, Dios es misericordioso con Jonás y envía una planta para darle sombra en el día caluroso (Jonás 4:6). Se nos dice que «lo alivió de su malestar». Pero esa misma frase también puede significar «lo salvó del mal». Dios está usando la planta para dejar al descubierto el corazón lleno de odio de Jonás, que llama mala a la misericordia de Dios.
Dios envía un gusano para destruir la planta y envía un viento caliente para causarle a Jonás aún más malestar (Jonás 4:7-8). Jonás quiere morir bajo el calor de Dios y está enojado porque Dios le ha quitado la misericordia de la planta. Pero, con la esperanza de dejar al descubierto la hipocresía de Jonás, Dios le pregunta de nuevo si su enojo está justificado (Jonás 4:9a).
Jonás responde que tiene derecho a estar enojado (Jonás 4:9b). Según Jonás, él merece sombra, y Nínive merece fuego. Y por si fuera poco, Nínive y Asiria representan una amenaza militar para el pueblo de Dios. Para Jonás, no tiene ningún sentido mostrar misericordia a gente mala mientras el pueblo de Dios sufre bajo el calor. Pero Jonás no ve la ironía de su autocompasión y su orgullo.
Jonás es un profeta incrédulo, desobediente y blasfemo. Jonás ha sido enemigo de Dios desde el primer versículo de este libro. Jonás se ha negado a escuchar a Dios. Jonás ha huido de Dios. Jonás nunca se arrepiente. Y Jonás acusa a Dios de ser malo. A Jonás se le ha dado sombra del calor de Dios por pura misericordia y sin merecerla, pero le molesta la misericordia que Dios ha mostrado a Nínive, que no la merecía y sin embargo se arrepintió.
Dios pone al descubierto la hipocresía de Jonás. Jonás no cuidó ni regó su planta, así como tampoco se ganó ni se hizo digno de la misericordia de la sombra de Dios (Jonás 4:10). Así que Dios le pregunta: si Jonás está justificado al preocuparse por una planta que no se ganó, ¿no está Dios justificado al mostrar misericordia a los demás seres humanos que él creó en Nínive, que tampoco la merecen (Jonás 4:11)?
¿Dónde está el evangelio?
Nunca escuchamos la respuesta de Jonás a la pregunta de Dios. La pregunta queda sin respuesta de manera intencional, y todo lector del libro de Jonás necesita preguntarse: «¿Creemos que la misericordia de Dios es mala?». Frente a la amenaza militar y política de Nínive, ¿habríamos orado por su liberación? ¿Perdonaríamos, como Jesús, al terrorista que colgaba en la cruz junto a nosotros? Si fuéramos judíos bajo el régimen nazi, ¿le predicaríamos el evangelio a la Gestapo? ¿Y nos enojaríamos si Dios los perdonara?
Así como Dios le dio a Jonás la planta, Dios nos ha dado a Jesús para dejar al descubierto nuestra hipocresía y llevarnos al arrepentimiento. La muerte de Jesús en la cruz debería revelarnos que somos tan incrédulos, desobedientes y blasfemos como Jonás. Hemos sido enemigos de Dios desde los primeros días de nuestra vida. Nos negamos a escuchar a Dios. Huimos de Dios. Detestamos arrepentirnos. Acusamos a Dios de ser malo. Y, como Jonás, exigimos la misericordia de Dios, pensando que la merecemos, mientras nos molesta la misericordia de Dios hacia nuestros enemigos.
Pero la buena noticia es que Jesús murió solamente por pecadores y enemigos (Romanos 5:8). Con más claridad que una planta marchita, la muerte de Jesús nos da sombra del ardiente enojo de Dios contra la hipocresía y el orgullo (1 Juan 2:2). La cruz revela que Dios preferiría morir él mismo antes que permitir que se marchite un solo enemigo que no lo merece pero que se arrepiente. Nuestro enojo nunca está justificado cuando Dios perdona a los enemigos, porque eso significaría que Dios no está justificado al perdonarte a ti y a mí (Romanos 3:25-26). Así que, como Nínive, deja que la misericordia de Dios te lleve a arrepentirte y a ser salvo.
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo te abra los ojos para ver al Dios que es misericordioso. Y que veas a Jesús como aquel que nos da sombra para que su pueblo sea salvo.

