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devocional

Salmos 120-124

La travesía fuera del exilio

En los Salmos 120-124, vemos que Jesús descendió a nuestra violencia y muerte para mostrarnos cómo ascender a su hogar para siempre.

Lo que sucede

Los Salmos 120-134 forman un cancionero llamado «Los Cánticos de Ascenso». Jerusalén, donde estaba el templo de Dios, se ubicaba en un monte al que los adoradores ascendían para estar en la presencia de Dios. Después de que el pueblo de Dios fue exiliado de Jerusalén a naciones impías, comenzaron a regresar en peregrinaciones a esta ciudad montañosa de la presencia de Dios. Los Cánticos de Ascenso los cantaban los viajeros que subían a Jerusalén saliendo del exilio y también quienes anhelaban ascender fuera de las naciones. Estos 15 salmos están organizados en grupos de cinco. Los primeros cinco salmos, 120-124, cuentan la historia de la travesía de un peregrino fuera del exilio y hacia Jerusalén. 

El Salmo 120 presenta a un peregrino atrapado en la zona de guerra del exilio, anhelando volver a la paz de Jerusalén. Durante demasiado tiempo, su hogar ha sido como esos lugares desiertos conocidos por la violencia y la guerra (Salmo 120:5-6). A su alrededor, los enemigos abren la boca como bestias voraces para calumniarlo a él y a su Dios (Salmo 120:2). Por eso le pide a Dios en oración que lo rescate (Salmo 120:1). Ha intentado llevar la paz de Jerusalén a las naciones violentas que lo esclavizan, pero cuanto más lo intenta, más guerrean ellas contra él (Salmo 120:7). 

En el Salmo 121, el deseo del peregrino por Jerusalén lo lanza a una travesía a través del exilio hacia la morada de Dios. El peregrino levanta sus ojos por encima de la violencia de las naciones que lo rodean para ver el monte de Jerusalén a lo lejos (Salmo 121:1). Mientras avanza, otros exiliados pronuncian bendiciones sobre él y le aseguran que el Dios del Cielo y de la Tierra lo acompañará en su travesía (Salmo 121:2-3a). Dios guiará sus pies con seguridad por los caminos peligrosos (Salmo 121:3-4). Dios lo protegerá de la violencia de las naciones como una tienda protege al viajero de las inclemencias (Salmo 121:5-7). Dios estará con él y lo protegerá en cada paso del camino hasta llevarlo a casa a salvo (Salmo 121:8). 

En el centro de estos cinco Cánticos de Ascenso, en el Salmo 122, el peregrino se alegra porque finalmente ha llegado a Jerusalén (Salmo 122:1). Los pies que fueron protegidos durante la travesía ahora están firmes y seguros dentro de la casa de Dios (Salmo 122:2). Libre de la violencia y del mal del exilio y de las naciones, el peregrino agradecido se maravilla de cuán bien alberga esta ciudad al pueblo de Dios (Salmo 122:3-4). Dentro de los muros bien protegidos de Jerusalén, sus líderes gobiernan con justicia (Salmo 122:5). Luego se hace un llamado a todos los ciudadanos y peregrinos para que oren por la paz y la prosperidad de Jerusalén (Salmo 122:6-7). Pues la paz en la ciudad de Dios significa paz en la casa de Dios (Salmo 122:9). Cuando Dios habita con su pueblo, la paz y la justicia se extienden desde Jerusalén hacia las naciones vecinas que los oprimían (Salmo 122:8).  

Alejándonos del centro de estos cinco cánticos, en el Salmo 123, el peregrino está fuera de Jerusalén y otra vez necesitado. Levanta la mirada a Dios como lo hizo al inicio de su travesía, pero esta vez el trono de Dios no está solo en un monte en Jerusalén, sino en el Cielo (Salmo 123:1). Sabe que Dios no es una deidad local como las que las naciones adoraban en el exilio. Dios gobierna todo el Cielo y la Tierra (Salmo 121:2; 124:8). Y porque Dios tiene el control de toda la creación, todos los peregrinos pueden mirarlo en busca de ayuda como los siervos miran a su amo. En lealtad y dependencia, toman su mano y se inclinan ante él (Salmo 123:2). Han sido esclavizados y humillados por el dominio de naciones impías durante demasiado tiempo (Salmo 123:4). Así que toman la mano de Dios y le piden al amo del Cielo que los libere de los amos de las naciones (Salmo 123:3).  

En el Salmo 124, el final del primer grupo de los Cánticos de Ascenso, los peregrinos se alegran de que Dios ha respondido a sus oraciones y los ha rescatado de las naciones violentas del exilio (Salmo 124:2). Dios ha cerrado las bocas voraces de las naciones que se abrieron contra el peregrino al comienzo de los cánticos (Salmo 124:3,6). Los peregrinos casi se ahogaron en la inundación del dominio de las naciones en el exilio, pero Dios los sacó justo a tiempo (Salmo 124:4,7). La única razón que se da para este rescate es que Dios estaba de su lado (Salmo 124:1). El Dios de Israel puede rescatarlos por quién es él: el Hacedor y Gobernante, no solo de Jerusalén, sino del Cielo y de la Tierra (Salmo 124:8). 

¿Dónde está el evangelio? 

Estos primeros cinco Cánticos de Ascenso siguen la peregrinación del pueblo de Dios desde la violencia del exilio hasta un hogar de paz con Dios. Como le ocurrió a Israel en su pasado, los peregrinos comienzan como esclavos exiliados, son llevados a través del desierto, cubiertos por la sombra de una tienda, y traídos a la fortaleza de paz en Jerusalén, desde donde servirán a Dios para bendecir a todas las naciones. En Jesús, nosotros también podemos cantar estos cánticos de peregrinos.

Jesús mostró a su pueblo cómo ascender fuera del exilio y entrar en su Reino celestial de paz. Como el peregrino, Jesús estuvo rodeado de naciones violentas que querían destruirlo. Cuanto más hablaba de paz, más guerreaban contra él. Cuando Jesús levantó sus ojos hacia Jerusalén y viajó allí en una peregrinación de paz, los gobernantes dentro de la ciudad no actuaron con justicia ni con paz (Lucas 22:47-54). Al contrario, actuaron como las naciones y exiliaron a Jesús a la muerte. Pero Jesús, como verdadero siervo, puso sus ojos en el Dios del Cielo y confió en que él lo levantaría de las aguas desbordadas y de las bocas voraces de sus enemigos, de las naciones y de la tumba (Lucas 23:46). Y porque Dios estaba con él, Jesús ascendió de la tumba al trono más alto en el Cielo. Desde esta ciudad celestial de paz, Jesús gobierna con justicia y extiende su reino por toda la Tierra. 

Jesús es ahora nuestro Cántico de Ascenso. Ascenderemos a nuestro hogar con él siguiendo su camino fuera del exilio. No solo estamos rodeados por la violencia de las naciones, sino que en realidad contribuimos a ella. Pero cuando levantamos los ojos a Jesús, él nos saca del exilio y nos cubre con la sombra de su presencia, llenándonos del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16). Jesús lleva a sus peregrinos a la fortaleza de una nueva ciudad de paz: la Iglesia. Desde esta ciudad santa, gobernamos con paz y justicia, extendiendo el hogar de Dios por el Cielo y la Tierra. Y un día, la nueva Jerusalén celestial bajará del Cielo y habitará en la Tierra para siempre. Los mares caóticos de las naciones que amenazan con tragarnos ya no existirán (Apocalipsis 21:1-3). Entonces tomaremos la mano de Jesús como siervos en su hogar eterno, donde toda oración por rescate será respondida. 

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que está con nosotros para sacarnos de nuestro exilio. Y que veas a Jesús como aquel que descendió a nuestra violencia y muerte para mostrarnos cómo ascender a su hogar para siempre. 

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