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devocional

1 Reyes 20

Misericordia inesperada

En 1 Reyes 20 vemos que algo más inesperado que la misericordia hacia un rey impío es que Jesús murió por sus enemigos.

¿Qué está pasando?

El rey Acab está en guerra con Dios, con sus profetas y con Siria. Dios confrontó, humilló y mató a los falsos profetas de Acab en el monte Carmelo. Elías ha retenido la lluvia sobre la tierra de Israel, reseca por la sequía. Y Siria, junto con una coalición de 32 reyes, ha exigido la rendición de Acab. En lugar de entrar en una batalla que probablemente perdería, Acab cede temporalmente (1 Reyes 20:3-4). Demasiado confiado en su victoria, Ben Adad, el rey de Siria, cambia los términos de la rendición en el último momento (1 Reyes 20:6). Pero, al no tener ya nada que perder, Acab rechaza la oferta de Siria. Ambos bandos se preparan para la guerra (1 Reyes 20:9, 12).

Un profeta anónimo le dice a Acab que Dios ganará esta batalla y le mostrará que él es el Señor (1 Reyes 20:13). Aunque está en desventaja numérica, Acab tiende una emboscada y derrota a sus adversarios, pero Ben Adad escapa (1 Reyes 20:20-21). Él está convencido de que Israel ganó la batalla porque su Dios es solo el dios de las montañas, y por eso planea la batalla del año siguiente en la llanura (1 Reyes 20:23). Pero un profeta le dice a Acab que Dios no solo demostrará a las fuerzas de Ben Adad que él es el «Dios de las llanuras», sino que también se mostrará a Acab como el Señor de toda la Tierra (1 Reyes 20:28).

En una victoria asombrosa, Dios repite el milagro que hizo para Josué en Jericó (Josué 6:16). Después de siete días de espera, los muros de su ciudad, Afec, caen y el pueblo de Dios sale victorioso (1 Reyes 20:29-30). Con los papeles invertidos, Ben Adad se rinde ante Acab (1 Reyes 20:32). Pero, neciamente, Acab no actúa como Josué. No mata al enemigo del pueblo de Dios, sino que libera a Ben Adad a cambio de nuevas rutas comerciales en Siria (1 Reyes 20:34). Acab debió haber sabido que, cuando Dios concede una victoria como la de Josué, también viene con expectativas como las de Josué.

Así que un nuevo profeta se levanta, condena la desobediencia de Acab y anuncia su muerte (1 Reyes 20:42). En lugar de arrepentirse, Acab regresa a su casa enojado y malhumorado (1 Reyes 20:43). Acab sigue en guerra con Dios y no ha aprendido quién es el Señor.

¿Dónde está el evangelio?

Acab es descrito como el peor rey en la historia de Israel (1 Reyes 21:25). No solo introduce, promueve y normaliza la adoración a Baal, sino que también se aprovecha de la bondad de Dios.

Esperamos que alguien tan malvado como Acab reciba el castigo ardiente de Dios, como el que vimos en el monte Carmelo. Pero no esperamos que Dios, en su misericordia, le dé la victoria en la batalla al impío Acab. Y esperamos aún menos que Acab esté ciego ante estas demostraciones tanto del poder como de la gracia de Dios. En guerra, Acab solo ve a Dios como un obstáculo para sus ambiciones.

En ese sentido, todos somos como Acab. Pero, en lugar de profetas como Elías o de victorias inmerecidas contra los sirios, tenemos al profeta Jesús para mostrarnos quién es el Señor (Hebreos 1:2). En una demostración de gracia, Jesús va a la batalla contra enemigos a los que no tenía ninguna obligación de enfrentar: nuestro orgullo y nuestra mortalidad (2 Timoteo 1:10). Aunque la muerte y el pecado eran la cruz que nosotros debíamos cargar, él muere en la batalla contra ellos. Más inesperado que la misericordia hacia un rey impío y más impactante que el fuego que cae del Cielo, Jesús muere en lugar de sus enemigos para que sus enemigos sepan que él es el Señor (Romanos 5:10).

Y en una demostración final del poder de Dios, Jesús resucita de entre los muertos y reina como Rey clemente para siempre (1 Corintios 15:55). La muerte y la resurrección de Jesús no son solo una prueba, para los corazones incrédulos, de que él es el Señor, sino también un drama profético (Romanos 6:4). La muerte y la resurrección de Jesús no profetizan condenación y muerte, sino que anuncian vida eterna para cualquiera que reconozca el verdadero poder de Dios y se arrepienta de su orgullo.

No estamos condenados como Acab. No tenemos que estar en guerra con Dios. En Jesús sabemos quién es Dios, y él ha hecho la paz mediante la sangre de su cruz (Colosenses 1:20).

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es misericordioso. Y que veas a Jesús como el Dios que se revela clemente, incluso con sus enemigos.

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