¿Qué está pasando?
Manasés sucede a Ezequías como rey de Judá, y es el peor de todos. Reconstruye los santuarios paganos que Ezequías había derribado, erige altares a Baal y a Aserá dentro del templo de Dios, quema a su hijo en esos altares, consulta a nigromantes, asesina a inocentes y hace que Israel caiga en un estado peor que el que tenían cuando entraron por primera vez en la tierra (2 Reyes 21:9, 11). No es casualidad que el nombre de Manasés signifique «olvidadizo». Israel ha olvidado al Dios que lo salvó, y ha olvidado todo aquello para lo cual Dios lo salvó. Así que Dios «olvida» su gracia anterior y determina llevar a Judá al exilio y poner fin a su relación con ella (2 Reyes 21:14).
Pero Josías, el nieto de Manasés, no se parece en nada a su abuelo (2 Reyes 22:2). Es el único hombre de quien la Escritura dice que cumplió la ley de Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas (2 Reyes 23:25). Repara el templo que su abuelo había dejado en ruinas (2 Reyes 22:5). Y cuando descubre una copia perdida de la Palabra de Dios, se da cuenta de la magnitud de los pecados de Judá y se lamenta (2 Reyes 22:11). Comenzando por el templo, Josías deshace la idolatría del pasado de Judá y de Israel. Desmantela los becerros de oro que Jeroboán usó para dividir el reino, y quema los huesos de los falsos profetas y sacerdotes que hicieron posible aquel culto (2 Reyes 23:15-16). Los únicos huesos que deja intactos son los del profeta sin nombre que anunció su reinado (1 Reyes 13:2; 2 Reyes 23:17). Y entonces, por primera vez desde que Josué gobernó, Israel celebra la Pascua (2 Reyes 23:22). Israel nunca había tenido un rey como Josías.
Pero no basta (2 Reyes 23:26). La obediencia sin precedentes de un rey no deshace las atrocidades de otro, y mucho menos siglos de violencia y daño causados por el olvido de Judá (2 Reyes 23:27). Josías muere sin honores en una batalla contra Egipto. Su hijo es coronado, pero tres meses después es depuesto (2 Reyes 23:33). Y Egipto instala un rey títere dispuesto a extorsionar a su propio pueblo para pagar los gastos de otro reino (2 Reyes 23:35).
¿Dónde está el evangelio?
Josías nos muestra que la obediencia a la ley de Dios no puede revertir generaciones de olvido e idolatría. La ley de Dios es impotente para salvar al pueblo de Dios de la destrucción que se le había profetizado. El Apóstol Pablo dice que la ley encerró a las personas bajo la desobediencia para que esperaran a un Salvador Final (Gálatas 3:22). La ley de Dios no podía salvar, pero sí podía enseñarle a Israel lo que verdaderamente necesitaba. El pueblo de Dios no sería salvado por la obediencia de Josías a la ley, sino por la fe en el Rey Jesús (Gálatas 3:24).
La obediencia de Josías retrasó la destrucción de Judá, pero ese alivio duró solo mientras él vivió. Un rey fiel solo puede salvar si está en el trono. Pero a diferencia de Josías, que se levantó de su trono para morir, Jesús se levantó de entre los muertos para reinar (Romanos 8:34). Cuando confiamos en Jesús, confiamos en un Rey que nunca puede morir. ¡Y por eso la destrucción del pueblo de Dios queda retrasada para siempre! Nunca habrá exilio para los que están en el Rey Jesús (Romanos 8:1).
Dios no ha olvidado a su pueblo. Más bien, en Jesús, él olvida nuestro olvido (Hebreos 8:12). Dios no se acuerda más de nuestros pecados. Y ahora mismo nos está formando como un pueblo incapaz de olvidar su gracia y su ley (Hebreos 8:10-11). Si eres un Manasés, él quiere hacerte un Josías (2 Corintios 5:17). Él promete llenarte de sí mismo, para que puedas amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.
Compruébalo tú mismo
Que el Espíritu Santo abra tus ojos al Dios que juzga nuestro olvido. Y que veas a Jesús como nuestro Rey que no olvida y que, sin embargo, no se acuerda más de nuestros pecados.

