¿Qué está pasando?
La novia está en la cama, probablemente despertando de un sueño. Mira hacia el lugar donde debería estar durmiendo su amado, y solo descubre que ya no está (Cantares 3:1).
De inmediato salta de la cama, sale corriendo de la casa y empieza a buscarlo desesperadamente por las calles de la ciudad (Cantares 3:2). Pero dos veces escuchamos este estribillo desalentador: «Lo busqué, pero no lo encontré».
Acude a los centinelas, los guardias de la ciudad, cuyo trabajo es ver quién anda por las calles y quién entra y sale (Cantares 3:3). Pero no le sirven de ayuda. Pasa corriendo junto a ellos y por fin encuentra a su novio (Cantares 3:4a). Lo abraza y no lo suelta hasta que están de nuevo juntos en la cama (Cantares 3:4b).
Como ya ocurrió antes en el cántico, en el punto más alto de la pasión, la novia se dirige a sus damas de honor solteras y les advierte que no se entreguen a la intimidad sexual hasta que ellas también estén casadas (Cantares 3:5).
Y el siguiente cántico que escuchamos trata de la boda de la novia (Cantares 3:11).
Ella compara a su esposo, avanzando hacia el altar, con el ejército más grandioso del rey más grandioso de Israel: Salomón (Cantares 3:7). El novio es como Salomón, que viaja en una carroza hecha con los materiales más lujosos (Cantares 3:9-10).
Luego, casi como si fueran sus votos matrimoniales, el novio se deshace en elogios por la belleza de su novia (Cantares 4:1a). Alaba su hermosura de la cabeza a los pies (Cantares 4:1b). Concluye que ella es completamente hermosa, sin un solo defecto (Cantares 4:7).
El cántico llega a su punto culminante cuando el esposo y la esposa se invitan mutuamente a consumar por fin su matrimonio (Cantares 4:16).
¿Dónde está el evangelio?
La búsqueda desesperada de la novia durante la noche, tras su esposo ausente, es una imagen de lo que siente nuestro corazón cuando aquellos a quienes más amamos están lejos de nosotros. Haremos cualquier cosa por encontrarlos y estar de nuevo con ellos.
De manera un poco sorprendente, Jesús parece citar a la novia mientras habla a las multitudes en Jerusalén acerca de su identidad y su autoridad. Dice: «Me buscarán, pero no me encontrarán» (Juan 7:34). Se refiere a que, después de su resurrección, ascenderá de nuevo al Cielo y sus discípulos lo extrañarán (Juan 7:33).
Como la novia en las calles, nosotros anhelamos y esperamos el regreso de Jesús (Mateo 25:6).
Pero Jesús hace por nosotros algo que el esposo de la novia no hizo. Nos da la presencia de Dios en el Espíritu Santo (Juan 16:7). Así como la novia se aferra al novio, el Espíritu Santo se aferra a nosotros hasta que nos lleve a casa para estar con Jesús, nuestro novio (Efesios 1:13-14).
Jesús volverá con mucho más esplendor que Salomón o cualquier otro rey (Mateo 12:42).
Su regreso será como un día de bodas (Apocalipsis 21:2). Él será el novio y nosotros seremos la novia (Apocalipsis 19:7). Jesús nos mirará de la cabeza a los pies, atravesando corazón y alma, y no hallará defecto alguno en nosotros (Apocalipsis 19:8). Estaremos vestidos, no con un traje de novia hecho por nosotros mismos, sino con la hermosura y la bondad de Jesús mismo, quien compró nuestro vestido sin mancha por medio de su muerte en la cruz (Efesios 5:25-26).
Compruébalo tú mismo
Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que viene a su novia que lo busca. Y para que veas a Jesús como el novio que viene y que nos ha hecho perfectamente hermosos.

