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devocional

Cantares 6:4-7:10

¡Su deseo es por mí!

En Cantares 6:4-7:10 vemos que Jesús verdaderamente nos ama y nos desea. De hecho, demostró su amor y su deseo por nosotros muriendo en la cruz.

¿Qué está pasando?

Aquí tenemos dos de los cantos más largos en los que el esposo alaba la belleza de su esposa. Los cantos rodean un breve conflicto entre el novio y otros hombres que desean a su novia.

El esposo elogia con generosidad la belleza de su esposa (Cantares 6:4). Usa metáforas vívidas para hablar de su cabello suelto, su sonrisa perfecta y sus mejillas sonrosadas (Cantares 6:7). Entre todas las demás mujeres del mundo, ella sola es perfecta para su esposo (Cantares 6:9).  

La última vez que escuchamos a la novia, estaba sola, buscando al novio que la esperaba en su jardín de amor (Cantares 6:2). Ahora la novia va a reunirse con su esposo en su jardín (Cantares 6:11).

Entonces, como salidos de la nada, oímos los llamados lejanos de otros hombres que le ruegan que deje el jardín y regrese a su vida pasada. Los hombres le ruegan que vuelva a ellos, e incluso que dance para ellos (Cantares 6:13a).  

Pero el esposo sale en su defensa (Cantares 6:13b). Vuelve a atraer su atención hacia el jardín de ambos mediante otra serie de alabanzas íntimas (Cantares 7:1). Pero ahora no solo elogia su belleza, sino que le explica su deseo por ella (Cantares 7:8).

Por fin la novia responde: «Yo soy de mi amado, y su deseo es por mí» (Cantares 7:10). Estas palabras son lo contrario de las que Dios le dijo a Eva como maldición. En aquel jardín del Edén, Dios le dijo a Eva: «Tu deseo será para tu esposo, y él te dominará» (Génesis 3:16). Pero ahora el hombre desea a la mujer y ambos son iguales (Cantares 6:3).

Esta verdad se destaca cuando a la mujer se le llama Sulamita, una versión femenina del nombre Salomón. Ambos nombres, Salomón y Sulam, provienen de la palabra Shalom, que significa paz o plenitud. Cuando las dos partes forman un todo, se encuentra el Shalom.

¿Dónde está el evangelio?

Puede ser difícil oír a Dios colmarnos de elogios y regocijarse por nosotros con cantos cuando hay tantas otras voces reclamando nuestra atención (Sofonías 3:17). Como la novia, con facilidad y de forma repentina podemos ser arrancados de los momentos con Dios por las voces de la cultura, del entretenimiento o de nuestra vida pasada.    

Esas voces nos dicen que dejemos el jardín imaginario del amor de Dios y que nos lancemos de nuevo a las viejas maneras en que encontrábamos validación y amor. Cuando Dios dice que somos hermosos, esas voces lo ahogan con comparaciones. Cuando Dios dice que nos desea, esas voces nos dicen que ese tipo de amor no existe.

Pero necesitamos escuchar la voz más verdadera de nuestro esposo, Jesús. Así como a la mujer (Sulam) se le dio el nombre de un rey (Salomón), a nosotros se nos ha dado un rey aún mayor: Jesús (Mateo 12:42).

Él es el rey de toda la Tierra y, aun así, nos llama su novia (Apocalipsis 19:7). Cuando nos llama radiantes, santos, intachables, sin mancha ni arruga ni imperfección alguna, podemos saber que su voz es más verdadera (Efesios 5:27).

Jesús revirtió la maldición al desearnos (1 Juan 4:19). Su deseo por nosotros es una buena noticia cuando nos sentimos indeseables y Dios parece estar lejos. Pero Jesús muestra su gran amor muriendo por nosotros en la cruz (Romanos 5:8). Podemos escapar de las voces del mundo y volver al jardín con Dios. Allí encontramos por fin la verdadera paz y el Shalom, porque hemos sido hechos uno con nuestro esposo Jesús (Juan 17:21).

Compruébalo tú mismo

Oro para que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que te desea. Y para que veas a Jesús como aquel cuyo deseo amoroso lo llevó hasta la cruz.

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