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devocional

Daniel 3

La estatua de Nabucodonosor

En Daniel 3 vemos que la imagen de la estatua de Nabucodonosor no es rival para la imagen de un «hijo de Dios» en el fuego. Jesús es la imagen más poderosa que toda la furia de un imperio.

¿Qué está pasando?

Daniel acaba de revelar el sueño de Nabucodonosor: un meteoro que destroza una estatua gigante (Daniel 2:31, 34). Y Daniel le advierte que el sueño significa que el reino de Dios viene a destrozar todos los demás reinos (Daniel 2:44). Pero Nabucodonosor ignora la advertencia y construye una estatua (o imagen) de sí mismo de veintisiete metros de altura. Exige que todos sus funcionarios se inclinen y adoren su imagen (Daniel 3:1, 5). Quien no lo haga será quemado en su horno (Daniel 3:6). Nabucodonosor no ha entendido en absoluto el sentido de la advertencia de Daniel. Su estatua es un rechazo a aceptar el desenlace del sueño, y su exigencia de adoración es un desafío directo a Dios.

Pero los amigos de Daniel y compañeros de exilio, Sadrac, Mesac y Abednego, se niegan a inclinarse ante Nabucodonosor. A estas alturas son funcionarios de alto rango en Babilonia, y algunos babilonios de nacimiento están celosos. Aprovechándose de la vanidad del rey, le informan que estos tres judíos se niegan a adorarlo (Daniel 3:12). Nabucodonosor se enfurece y les da a Sadrac, Mesac y Abednego un ultimátum: «... si no la adoran, serán arrojados de inmediato a un horno en llamas. ¿Y qué dios podrá librarlos de mi mano?» (Daniel 3:15).

Confiados en el poder de su Dios para salvar, anuncian que preferirían confiar en Él y morir antes que inclinarse ante Nabucodonosor y vivir (Daniel 3:17-18). Lleno de ira, Nabucodonosor calienta el horno más de lo normal y los arroja dentro (Daniel 3:19-20). Pero alguien «semejante a un hijo de los dioses» camina con ellos en el fuego y los protege (Daniel 3:25). En el fuego hay una «imagen» de Dios que libra batalla contra Nabucodonosor. Y los hombres fieles a Dios son salvados por esa imagen, sin que las llamas los chamusquen (Daniel 3:27).

En respuesta, el rey los saca del fuego, bendice a su Dios y aprueba su decisión de no inclinarse ante su imagen (Daniel 3:28). Luego los promueve a un poder aún mayor, contrario a los planes de quienes conspiraron contra ellos. Y amenaza de muerte a cualquiera que hable contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abednego (Daniel 3:29-30).

¿Dónde está el evangelio?

Daniel 3 es una batalla entre imágenes: la imagen de Nabucodonosor y la imagen de Dios. Diez veces distintas se llama «imagen» a la estatua de Nabucodonosor (Daniel 3:1, 2, 3, 5, 7, 10, 12, 14, 15, 18). En aquel tiempo, los reyes marcaban su territorio con imágenes. A medida que los imperios crecían, los reyes colocaban imágenes de sí mismos en las ciudades conquistadas y en los límites de las fronteras en disputa. Cada vez que veías la imagen, sabías quién controlaba esa tierra. La imagen de oro de Nabucodonosor era la más grande jamás construida. Se suponía que era la última palabra sobre quién gobernaba el mundo. Pero la imagen de un hijo de Dios en medio de las llamas y la furia de Nabucodonosor demuestra que hay una imagen más poderosa que la estatua de Nabucodonosor. El rey Nabucodonosor no controla quién vive y quién muere; Dios sí. Y la imagen de Dios marcó su territorio justo en el corazón del poder, el orgullo y la furia babilónicos.

En el libro de Hebreos se nos dice que la imagen de Dios, quien protege de los fuegos de la muerte, es Jesús. Jesús «es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel [imagen] de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa» (Hebreos 1:3). La verdadera imagen de Dios es Jesús. Y, a diferencia de Nabucodonosor, él no exige que nos inclinemos bajo la amenaza de hornos en llamas. Al contrario, él mismo entra en el horno en llamas para rescatar a todos los que confían en él. Así que inclínate ante Jesús, la única imagen que puede salvarnos del fuego.

Compruébalo tú mismo

Que el Espíritu Santo abra tus ojos para ver al Dios que es más poderoso que toda imagen. Y que veas a Jesús como la única imagen de Dios que libra y salva.

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